viernes, 28 de febrero de 2014

Los fines y los medios - Errico Malatesta


El texto a continuación fue elaborado a partir de diversos artículos de Errico Malatesta publicados en la prensa anarquista a principios de siglo pasado, y corresponde a un fragmento del capítulo II del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios a cargo del compilador Vernon Richards. Para más información, referencias y citas pueden consultar el libro haciendo clic aquí  

El fin justifica los medios. Se ha execrado mucho esta máxima, pero en realidad es la guía universal de la conducta. Sin embargo, sería mejor decir: cada fin requiere sus medios, puesto que la moral hay que buscarla en el fin; el medio es fatal. Establecido el fin al que se desea llegar, por voluntad o por necesidad, el gran problema de la vida consiste en encontrar el medio que, según las circunstancias, conduzca con mayor seguridad y del modo más económico al fin prefijado. De la manera en que se resuelva este problema depende, en la medida en que puede depender de la voluntad humana, que un hombre o un partido logre o no su fin, que sea útil a su causa o sirva sin quererlo a la causa enemiga.

Haber encontrado el buen medio: en esto reside todo el secreto de los grandes hombres y de los grandes partidos que dejaron sus huellas en la historia. El fin de los jesuitas es, para los místicos, la gloria de Dios; para los otros es la potencia de la Compañía. Los jesuitas deben entonces esforzarse por embrutecer a las masas, aterrorizarlas y someterlas. El fin de los jacobinos y de todos los partidos autoritarios que se creen dueños de la verdad absoluta es imponer las propias ideas a la masa de los profanos. Ellos deben por lo tanto esforzarse por apoderarse del poder, someter a las masas y constreñir a la humanidad en el lecho de Procusto de sus concepciones.

En cuanto a nosotros, la cosa es distinta: como nuestro fin es muy diferente, también deben serlo nuestros medios.

Nosotros no luchamos para llegar a ocupar el lugar de los explotadores y de los opresores de hoy, ni siquiera por el triunfo de una abstracción vacía. No somos de ninguna manera como aquel patriota italiano que decía: “¡Qué importa que todos los italianos mueran de hambre siempre que Italia sea grande y gloriosa!”; ni siquiera como aquel compañero que confesaba que le era indiferente que se masacraran las tres cuartas partes de los hombres, siempre que la humanidad fuese libre y feliz.

Según nosotros, todo lo que está dirigido a destruir la opresión económica y política, todo lo que sirve para elevar el nivel moral e intelectual de los hombres, para darles la conciencia de sus propios derechos y de sus propias fuerzas y para persuadirlos de que defiendan ellos mismos sus propios intereses, todo lo que provoca el odio contra la opresión y suscita el amor entre los hombres, nos acerca a nuestra finalidad y por lo tanto es un bien, sujeto solamente a un cálculo cuantitativo para obtener con determinadas fuerzas el máximo de efecto útil. Y es por el contrario un mal porque está en contradicción con nuestra finalidad, todo lo que tienda a conservar el Estado actual, todo lo que tienda a sacrificar, contra su voluntad, a un hombre al triunfo de un principio. 

Deseamos el triunfo de la libertad y del amor. Pero ¿deberemos por esto renunciar al empleo de los medios violentos?. De ninguna manera. Nuestros medios son los que las circunstancias nos permiten e imponen. Por cierto, no querríamos arrancar un cabello a nadie; desearíamos enjugar todas las lágrimas sin hacer verter ninguna. Pero es forzoso luchar en el mundo tal como el mundo es, so pena de no ser más que soñadores estériles. 

Vendrá un día –lo creemos firmemente– en el cual será posible hacer el bien de los hombres sin dañarse ni a sí mismo ni a los demás; pero hoy esto es imposible. Aun el más puro y dulce de los mártires, el que se hiciera arrastrar al patíbulo por el triunfo del bien sin ofrecer resistencia, bendiciendo a sus perseguidores como el Cristo de la leyenda, incluso ése haría mal. Aparte del mal que se haría a sí mismo, que no obstante no es cosa despreciable, haría verter lágrimas a todos los que lo amaran.

Se trata por lo tanto siempre, en todos los actos de la vida, de elegir el mínimo mal, de tratar de hacer el menor mal logrando la mayor suma de bien posible. Evidentemente la revolución producirá muchas desgracias, muchos sufrimientos; pero aunque produjese cien veces más que los que produce, sería siempre una bendición si se la compara con los dolores que causa hoy la mala constitución de la sociedad.

Hay, y ha habido siempre en todas las luchas político–sociales, dos clases de personas que embotan y aletargan las fuerzas. Existen los que encuentran que nunca se ha llegado a una madurez suficiente, que se pretende demasiado, que hay que esperar y contentarse con avanzar poco a poco, a fuerza de pequeñas e insignificantes reformas... que se obtienen y se pierden periódicamente sin resolver nunca nada. Y están los que simulan desprecio por las cosas pequeñas, y piden que nadie se mueva sino para obtener el todo y que, al proponer cosas quizá bellísimas pero imposibles de realizar por falta de fuerzas, impiden, o tratan de impedir, que se haga por lo menos lo poco que se puede hacer.

Para nosotros la importancia mayor no reside en lo que se consigue, pues el conseguir todo lo que queremos, es decir, la anarquía aceptada y practicada por todos, no es cosa de un día ni un simple acto insurreccional. Lo importante es el método con el cual se consigue lo poco o lo mucho.

Si para obtener un mejoramiento en la situación se renuncia al propio programa integral y se cesa de propagarlo y de combatir por él, y se induce a las masas a confiar en las leyes y en la buena voluntad de los gobernantes, más bien que en su acción directa, si se sofoca el espíritu revolucionario, si se cesa de provocar el descontento y la resistencia, entonces todas las ventajas resultarán engañosas y efímeras y en todos los casos cerrarán los caminos del porvenir. Pero si en cambio no se olvida el propósito final que uno persigue, si se suscitan las fuerzas populares, si se provoca la acción directa y la insurrección, aunque se consiga poco por el momento se habrá dado siempre un paso adelante en la preparación moral de las masas y en la realización de condiciones objetivas más favorables.

Lo óptimo, dice el proverbio, es enemigo de lo bueno: hágase como se pueda, si no se puede hacer como se querría, pero hágase algo.

Otra dañina afirmación, que en muchas personas es sincera pero en otras constituye una excusa, es la de que el ambiente social actual no permite una actitud moral, y, por consiguiente, es inútil realizar esfuerzos que no pueden lograr éxito y es mejor extraer lo más que se pueda para sí mismo de las circunstancias presentes, sin preocuparse por los demás, salvo de cambiar de vida cuando cambie la organización social. Por cierto todo anarquista, todo socialista comprende las fatalidades económicas que hoy limitan al hombre, y todo buen observador ve que es impotente la rebelión personal contra la fuerza prepotente del ambiente social. Pero es igualmente cierto que sin la rebelión del individuo, que se asocia con los otros individuos rebeldes para resistir al ambiente y tratar de transformarlo, este ambiente no cambiaría nunca.

Todos nosotros, sin excepción, nos vemos obligados a vivir más o menos en contradicción con nuestros ideales, pero somos socialistas y anarquistas porque sufrimos esta contradicción, y en la medida en que la sufrimos y tratamos de reducirla al mínimo posible. El día en que llegásemos a adaptarnos al ambiente, se nos pasaría naturalmente el deseo de transformarlo y nos convertiríamos en simples burgueses: burgueses quizá sin dinero, pero no por ello menos burgueses en los actos y en las intenciones.

Errico Malatesta

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