martes, 8 de noviembre de 2016

Las implicaciones de IIRSA en Venezuela y el Arco Minero del Orinoco

A continuación compartimos un escrito elaborado y presentado por Revista Arpillera durante la Jornada Por La Tierra y Contra el IIRSA, celebrada el pasado domingo 6 de noviembre de 2016 en Santiago de Chile.


Hace dos días se cumplieron tres años y ocho meses del asesinato, por parte de mafias ganaderas y del Estado venezolano, del cacique yukpa Sabino Romero Izarra. Desde que llegué a Chile me ha impresionado notar que el interés de la izquierda e incluso de un sector del movimiento libertario -cuando se trata de Venezuela- se limita a asuntos de mera gobernabilidad en aquella región y pasan por alto cualquier atención sobre los movimientos populares o comunidades indígenas que resisten a aquellas políticas de gobierno enmarcadas en el más crudo capitalismo.

No es casual que suceda de este modo, pues dentro de las estrategias políticas que sostienen un proyecto macroeconómico como el IIRSA se encuentra el invisibilizar e incomunicar a las personas que constituimos territorios, para sobreponer a ellos todo el despojo planificado. Se sobrepone también un discurso latinoamericanista que enfoca su atención no en la integración de las luchas sino en la confluencia de políticas de gobierno. Y así, vimos elevarse y opacarse toda una corridilla de gobiernos progresistas que fueron los encargados de hipnotizar a las masas, empeñar los territorios en ese acuerdo firmado en el año 2000 y servir la mesa a gobiernos abiertamente neoliberales. 

De este modo, en la región argentina o chilena siempre supimos quién era Chávez y cuántas canciones podía cantar en una alocución de dos horas, pero jamás nos enteramos de que existía una comunidad indígena en geografía venezolana que exigía autodemarcación territorial al gobierno de aquel militar y que por el sólo hecho de ejercer la acción directa y atreverse a recuperar parte de su territorio, estaba siendo criminalizada y aniquilada. Me refiero, por supuesto, a la comunidad yukpa que hoy agoniza en la Sierra de Perijá y que fue una de las primeras víctimas notorias de la puesta en marcha del IIRSA en Venezuela, pues el territorio que ocupan es la más grande fuente de carbón conocida en aquella geografía.

Asumiendo el llamado “Socialismo del siglo XXI”, el gobierno venezolano firmó, junto a los gobiernos del resto de Sudamérica, este macroproyecto para el nuevo modelo de acumulación capitalista que favorece a las burguesías nacionales y transnacionales. Tal determinación fue a su vez avalada en los planes nacionales y así el más concreto “legado de Chávez”, el Plan Patria, supuso en su tercer objetivo histórico “convertir a Venezuela en Potencia” gracias al despliegue de planes íntegramente extractivistas que desde ningún punto de vista podrían soportarse bajo el término lastimero de la minería ecosocialista. ¿En cabeza de quién cabe que pueda ser ecológica la extracción de oro con base en el uso de cianuro?

Hoy, los movimientos populares, golpeados por una sensación de derrota histórica y una crisis económica aguda, intentan hacer frente al Arco Minero del Orinoco, un proyecto igualmente hermanado a los planes de extracción de recursos que contempla el IIRSA y el Plan Patria de la Venezuela chavista.

El Arco Minero del Orinoco compromete el 12% del territorio nacional, unos 111.843,70 kilómetros (esto implica un proyecto casi 36 veces más grande que Pascualama) para el usufructo de diamantes, oro, coltán, bauxita y otros minerales, durante 40 años y para el beneficio de unas 150 empresas mineras entre las cuales destaca Barrick Gold. Y es que ante la caída de los precios del petróleo, el gobierno venezolano promete que este megaproyecto contribuirá a elevar los ingresos de la nación. Sin embargo, en lo concreto, sucede que para sacar adelante este proyecto, las empresas mixtas -ese armatoste creado por el gobierno y en las que confluyen capitales públicos, privados y transnacionales- deberán solicitar créditos y endeudarse.

La exploración de los territorios del Arco Minero incidirá de manera directa en los territorios indígenas de los pueblos yekuanas, piaroas, pemón, arawak, piapoco, entre otros. Muchos de ellos ya se han manifestado en contra el proyecto aprobado vía decreto presidencial, por considerar que estas explotaciones devastarían sus territorios. Si ya la minería artesanal trae consecuencias catastróficas para estas comunidades, la amenaza megaminera se impone como una sentencia de muerte. 

Ante todo este panorama, corresponde fortalecer organizaciones dispuestas a la defensa territorial sobre la base de principios como la autonomía, la acción directa, la horizontalidad y el apoyo mutuo. Y es que una de las debilidades que hoy caracteriza a muchos movimientos populares por la defensa de los territorios es que suelen ceder ante liderazgos, se vuelven susceptibles al financiamiento de instituciones no gubernamentales que a su vez responden a los mismos intereses de las grandes empresas extractivistas. Esto se traduce no sólo en discursos empañados de ideología ciudadanista que apela a un extractivismo cuidadoso, responsable, ecológico, de beneficio social, etc. Sino más concretamente al quiebre de las luchas y más dramáticamente al asesinato de muchos activistas.

Si Sabino Romero no vive, fue también gracias al quiebre de su determinación por la organización autónoma, porque fue convencido por el discurso del ciudadano chavista, de que debía hacer parte de mecanismos estructurales dispuestos por el gobierno para poder ganar espacio y proyección de su voz. Cuando Sabino iba rumbo a entregar sus principios de autonomía, fue cercado por los disparos. La lección ha sido contundente para quienes conocimos de cerca la lucha yukpa. 

Y es así como atendiendo a la necesidad de informarnos y resistir contra el Arco Minero del Orinoco, podemos sugerir un documental como “Extractivismo en Venezuela: Las venas continúan abiertasbajo la férrea advertencia de que Provea -financista del documental- es una ONG que recibe a su vez financiamiento de Open Society, fundación encabezada por George Soros, uno de los principales accionistas de la Barrick Gold. 

He querido ofrecer una breve perspectiva en relación con este tema que hoy nos convoca. Y sólo me resta invitarles a romper el cerco comunicacional que se nos impone y buscar fuentes de información no comprometidas con intereses gubernamentales y/o empresariales. Son pocas, pero son. Los compañeros de Gargantas Libertarias, con todas sus limitaciones materiales, hacen un esfuerzo desde las poblaciones más pobres de la región mirandina, capital venezolana, por difundir la necesidad de una organización verdaderamente autónoma y libertaria que haga frente a estas políticas mineras que encuentran en el despecho venezolano el mejor contexto para el despojo.

Revista Arpillera

domingo, 6 de noviembre de 2016

What the f**k is social reproduction? An introduction by Plan C


La débil crítica de Eric Hosbawn al pensamiento anarquista

Hasta hace un año no conocía la obra de Eric Hosbawm, no soy un ferviente lector ni el más rápido tampoco, por lo que me tardo mucho. Sin embargo, llegó a mis manos, por recomendación de un amigo, uno de sus ensayos sobre el anarquismo. Gran decepción para mí el no encontrar mucho en este texto. Hay esbozos de una crítica interesante a mitad de él, pero se desvanece de inmediato a medida uno avanza.

En un principio pensé que sería por la época en que fue escrito (1969), pero aún para ser 1969 está bastante desinformado, u omite bastante de lo que resulta ser el movimiento anarquista posterior a la primera guerra mundial. Parece ser que Hosbawm no busca o prefiere omitir todo lo relacionado al anarquismo de esta época, aclarando que hasta la reedición de este texto no se hizo una revisión de las afirmaciones de Hosbawm, me parece una irresponsabilidad viniendo de un historiador tan afamado en el mundillo intelectual de izquierda.

Primero Hosbawm afirma que, salvo Kropotkin, no existieron, en la primera época del anarquismo, intelectuales destacables o innovadores que dieran madurez intelectual al anarquismo o que acercase a los no anarquistas a esta corriente de pensamiento. Y desplaza al anarquismo a un simple desvarío de artistas y bohemios. Quien esté habituado al anarquismo no le será difícil encontrar una suma importante de propagandistas, teóricos y artistas que ofrecen un interés real para quien no es anarquista.

Su siguiente punto se enfoca en que el principal atractivo del anarquismo no era tan especial como se piensa, esto es el anti-autoritarismo. No es de extrañar que Hosbawm por su formación marxista se dedique a dar más merito a los teóricos marxistas no-oficiales o los detractores del socialismo (me atrevería a decir que a los liberales en este caso).

"Ni siquiera el arma más poderosa del arsenal intelectual de los anarquistas, su sensibilidad a los peligros de dictadura y burocracia implícitos en el marxismo, les era exclusiva. Esta clase de crítica la hacían con iguales resultados y con mayor elaboración intelectual los marxistas “no oficiales” y los adversarios de todo tipo de socialismo".[1]

Este párrafo evidencia lo que digo. Al decir implícitos en el marxismo, Hosbawm admite una posición de comodidad. Al marxismo no le falta la crítica a la burocracia y la dictadura, la lleva implícita porque es perfecta. Pero son los mismos anarquistas antes que él, y que no se dedicó a investigar, quienes rebatieron esto. Basta darse una vuelta por los escritos de Luigi Fabbri, Emma Goldman o Rudolf Rocker para evidenciarlo, pero el señor Hosbawm no se toma el tiempo para analizarlos, incluso Malatesta, conocido más por su faceta de propagandista, le dedica unos párrafos (véase la compilación de Vernon Richards).

El antiautoritarismo no fue un mero sentimentalismo ético, como una especie de buena voluntad o de caridad cristiana, de poner la otra mejilla o de una empatía. Sino que es una nueva dirección con respecto a cómo funcionan las relaciones individuales y colectivas. Dicho eje se trató de aplicar a todas las formas en las que se relaciona el individuo, en nuevas formas de ecología, de pedagogía, psicología, economía o incluso el arte. Principios que utilizaron psicólogos como Otto Gross o Paul Goodman (contemporáneo de Hosbawm), pedagogos como Sutherland Neill o Paul Robin.

Sigue un párrafo para la risa. Y este texto tiene varios que dan para tomarse la cabeza. Y, como he señalado, Hosbawm sólo ve lo que le conviene y cuenta lo que le conviene contar, aún si tiene que manipular o desinformar a su lector, quien por supuesto no se tomará el tiempo de comprobar lo que lee. Es una lástima saber que un reputado historiador se dedique de esa manera a desinformar. Examinemos el siguiente párrafo:

“Quien haya estudiado o haya tenido algo que ver con el movimiento anarquista real se habrá sentido afectado por el idealismo, el heroísmo, el espíritu de sacrificio y la santidad que tantas veces ha engendrado, junto a la brutalidad de la Majnovchina ucraniana o de los fanáticos pistoleros e incendiarios de iglesias de España.”

Es interesante que Hosbawm hable de la brutalidad de la majnovchina, y estoy muy seguro de que es por esgrimir el supuesto antisemitismo de la que se le acusó en su momento, acusación que los majnovistas tuvieron que afrontar y desmentir. Makhnó escribió sobre ello e incluso solicitó la ejecución de conocidos antisemitas de la época. En el seno mismo de la majnovchina se trató de un problema menor, y no un supuesto principio antisemita.

Sobre los incendiarios de iglesias no se niega, de hecho desde siempre, con excepciones notables como la de Tolstoi y el anarquismo de corte más pacífico, se ha declarado un anticlericalismo y la intolerancia contra las acciones reaccionarias de la Iglesia, la misma que apoyaba el rapar a las mujeres del bando republicano en la guerra civil y que las hizo limpiar los recintos una vez terminada la contienda. Cabe recordar que esa misma iglesia fue la que dio su incondicional apoyo al bando franquista y ni hablar de los beneficios que obtuvo de ello.

“El mismísimo extremismo del rechazo ácrata del Estado y de la organización, lo absoluto de su entrega a la causa de la subversión de la presente sociedad, no podían por menos de despertar admiración, salvo quizás entre quienes tenían que ir políticamente de la mano de los anarquistas y sentían la dificultad casi insuperable de colaborar con ellos.”

Otra de esas perlitas que suelta Hosbawm. El anarquismo jamás ha rechazado totalmente la organización, gran parte del mismo la encuentra necesaria, con la diferencia de que el centro de la organización no puede ser otro que el individuo asociado en libertad, y en completa afinidad. Si una organización se llamase anarquista y su centro de acción no fuesen sus militantes, entonces mucha diferencia con las organizaciones más autoritarias no tendría.

Y no fueron los aliados del anarquismo quienes tuvieron que soportar esta unión, sino quienes terminaron traicionándolos. La UGT y parte del POUM no enfrentaron problemas, incluso hubo una colaboración regular con pocas diferencias destacables (recomendable son los trabajos de Vernon Richards, Frank Mintz y José Peiráts sobre el tema) entre lo que duró el proceso, pero claro, Hosbawm no está interesado en ver esa parte.

Me atrevería a decir que el anarquismo no ha sido idea para el fracaso, sino en base al fracaso. Fracaso mediante, ha ido tomando la fuerza que lo caracteriza, y mucha de su nueva vitalidad se la debe a los fracasos de los proyectos marxistas, tanto en la vía revolucionaria como en la vía reformista. Gracias a los fracasos del marxismo es que el anarquismo se ha hecho valer con toda su crítica más radical. Y no es raro que ciertos sectores no-oficiales del marxismo vayan acercándose mucho más al anarquismo, y no por cierto desvarío. Wilhem Reich o Erich Fromm no se habrían volcado a una posición más libertaria si la influencia de Otto Gross no hubiese estado presente, tampoco es raro ver similitudes entre la obra de Paulo Freire con la obra pedagógica de Paul Goodman, Sutherland Neill, Fauré, Robin o el mismo Francisco Ferrer.

No pondré en duda la calidad de la obra de Gerald Brenan sobre la actividad revolucionaria en España y la comparación que establece Hosbawm que es bastante nefasta, sobre todo porque estudios posteriores y no negaré que más orientados al anarquismo, han demostrado su verdadera importancia. Nuevamente invito a remitirse a los autores señalados, además agregaría las acotaciones hechas por Manuel Villar.

Otro punto que me produce mucho más ruido del ensayo del señor Hosbawm es su desconfianza a lo que el llama pequeñas comunidades autogobernadas, lo que me hace pensar que su idea de estas comunidades es similar a la concepción hippie. Sin embargo cabe destacar que estas comunidades al buscar ser autosuficientes no rechazan la tecnología sino ver a la misma como un objeto de discusión de ver sus límites y la forma en que pueda ayudar a facilitar la vida. La idea de una democracia directa, de una asociación voluntaria y un federalismo está en el mismo individuo y su afinidad con sus pares, si dicha afinidad no existe es necesaria una solución o una división. Es el punto principal del principio federativo, y no la obligación de pertenecer donde no se siente una unión. La expulsión de una comunidad no depende sino de casos de extrema discordia, y es precisamente una de las preguntas que como anarquistas tenemos que responder a diario, en cualquier momento.

Respecto al tema de la economía y la tecnología, al verse más a fondo y de manera mucho más detenida no representa realmente un problema una vez que dichas comunidades y posteriores federaciones se hayan establecido. Los medios de producción están ahí, lo único que habría de sufrir la producción es una disminución y una reestructuración de lo que se produce y cómo se producirá. Notable es que Hosbawm piense la economía como un entramado complejo sólo saneable por el Estado y/o organizaciones más grandes, ese pensamiento respecto a la economía no es diferente del de Von Misses. La discusión sobre tecnología y anarquismo se ha dado y no en menor grado, que Hosbawm no le haya dado siquiera un vistazo a la obra de Lewis Mumford, Colin Ward o el libro La ciencia moderna y la anarquía de Kropotkin, no es problema del anarquismo, sino que fue problema de su falta de información. Y si él ve posibles nexos entre el capitalismo de Friedman y la escuela de Chicago, y el pensamiento que el anarquismo puede generar en la economía y la tecnología, entonces el desvarío no es más que de él.

“Si los socialistas desean teorías sobre el presente y el futuro, tendrán que seguir buscándolas en otra parte; en Marx y sus seguidores y, probablemente también, en los anteriores socialistas utópicos, como Fourier. O, para mayor precisión: si los anarquistas desean hacer alguna contribución significativa, deberán desarrollar un pensamiento mucho más serio que el que la mayoría de ellos ha desarrollado recientemente.”

Este párrafo nos tira de vuelta a su gran profeta, a Marx, al genio y figura que puede dar aportes mucho más interesantes según él. Si los socialistas necesitan teorías del aquí y ahora, búsquenlas en sus seguidores. En Lysenko que llevó a la peor hambruna en la Unión soviética, en el Che Guevara y su teoría del hombre nuevo, en Lafargue y sus constantes plagios a los anarquistas a quienes también denunció a la policía española, a Trotsky y su brillante comunismo de guerra. ¿Para qué buscar las aportaciones ecológicas de Kropotkin, de Reclus o de Mumford? ¿Quién necesita los aportes que nos pueda entregar la pedagogía libertaria cuando con Paulo Freire podemos adoctrinar más fácilmente a los niños y hacerlos militantes activos del partido? A la mierda la autonomía y libertad del niño a la hora de aprender. ¿A quién le importa la revolución anti-psiquiátrica que inició Otto Gross y continuaron David Cooper y Ronald Laing o la innovación en la terapia Gestalt de Paul Goodman, cuando se tiene a Wilhelm Reich o a Marcuse y sus “grandiosas aportaciones”?



Diezcorrientes



[1] Eric Hobsbawm: Reflexiones sobre el anarquismo

sábado, 5 de noviembre de 2016

Santiago: Jornada Por La Tierra y Contra el IIRSA (Audio + reseña)

El intenso calor de Santiago no fue impedimento para que el pasado sábado 5 de noviembre, un concurrido encuentro atendiera al llamado del Grupo de Difusión y Propaganda Anarquista AUKAN, para dialogar sobre las problemáticas sociales y ambientales en torno al IIRSA.

La jornada se desarrolló en un grato ambiente de camaradería y apoyo mutuo. Destacó claramente el interés por las luchas en defensa del territorio. Tal eje de reflexiones contó con la colaboración de diversas organizaciones: el Grupo Novena Ola, Revista Mingako, Colectivo La Savia y Revista Arpillera, entre otras.

La actividad comenzó con la proyección del documental «IIRSA: La infraestructura de la devastación», resultado del trabajo de un proyecto colectivo autogestionado orientado a informar y potenciar las luchas en defensa de la tierra y contra la devastación de los territorios.


Luego de ello, se desarrolló el foro con la participación titulada «Intervención de la IIRSA en la región chilena y latinoamericana», facilitada por Revista Mingako. Continuó con la exposición, a cargo de Revista Arpillera, sobre «Las implicaciones de IIRSA en Venezuela y el Arco minero del Orinoco». La actividad prosiguió con «Una perspectiva Anarquista por la defensa del territorio y los ecosistemas», exposición defendida por el Grupo Anarquista Novena Ola. Finalmente, se narró una «Experiencia territorial por la defensa de los Ríos», por parte del Colectivo La Savia.

Tras esto se sucedieron interesantes preguntas y reflexiones de las asistentes, lo que trajo como resultado una estimulante retroalimención que complementó las cuatro exposiciones iniciales. Tanto las exposiciones como las intervenciones del público, podrán escucharlas íntegramente en los siguientes vínculos:



miércoles, 2 de noviembre de 2016

A las hijas del pueblo: folletos anarquistas para mujeres

Por Mabel Bellucci*
En 1895, en ese Buenos Aires tan atónito como fascinado por la polifonía inmigratoria de ultramar, aparece la publicación Propaganda anarquista entre las mujeres, que consta de una serie de folletos impresos bajo el sello Biblioteca de la Questione Sociale. Por cierto, los editores tienen muy en claro sus propósitos y lo expresan en la introducción: "Con el objeto de propagar las ideas emancipadoras entre nuestras compañeras de trabajo y de miseria, la redacción de La Questione Sociale se propone publicar una serie de folletos especiales para la propaganda entre las mujeres, en los que se tratarán todas aquellas cuestiones que tienen relación directa con la emancipación económica, política y religiosa de la mujer. Dichos folletos se repartirán gratis y serán costeados por suscripción voluntaria, cuyas listas se insertarán en La Questione Sociale… Los que simpaticen con nuestra iniciativa pueden desde ahora abrir una suscripción voluntaria remitiendo las cantidades de nuestra administración o a cualquier periódico anarquista. ¡Manos a la obra compañeros! Buenos Aires, abril de 1895.”


Se pide esta colaboración solidaria para la serie de proyectos culturales, que sin el apoyo del activismo y de los simpatizantes no podrían sostenerse en el tiempo. Estas entregas, como tantas otras publicaciones posteriores, suponen ser cajas de herramientas para incitar a través de la palabra la participación femenina, una de las grandes obsesiones de los cuadros anarquistas de ese entonces. Al centrar la atención en las mujeres, emerge un perfil novedoso y necesario de analizar: durante este período, pesa más la preocupación de las vanguardias masculinas sobre la condición de subalternidad de las mujeres que la de las propias afectadas. Si bien hubo excepciones que no se pueden soslayar y, más aún, que se celebran con algarabía, como es el caso del periódico La Voz de la Mujer (1896-1897)[1], no obstante, el grueso de los artículos y manifiestos que desfilan por nuestros lares están escritos por anarquistas europeas y no por nativas. Es más, la mayoría son recopilados y traducidos al castellano por figuras masculinas. De allí que en el Río de la Plata, las cuestiones cruciales que hacen al debate de la discriminación y exclusión de las féminas están impulsados por militantes e intelectuales varones, los cuales van armando una estrategia fundada en agitar un periodismo de mujeres para mujeres.


En tanto, la tirada de esta tanda de folletos sería de alrededor de dos mil a tres mil ejemplares, distribuidos por los cientos de activistas que viven en Buenos Aires hacia finales del siglo XIX. Con seguridad, donde se consiguen es en la Librería Sociológica, ubicada en la avenida Corrientes, entre Ayacucho y Junín. “Justamente su dueño, Fortunato Serantoni, los edita y portan el sello La Questione Sociale, que además es el nombre de la revista que, desde 1894, y en italiano y en castellano, está a su cargo suyo.”[2] Este espacio dispone de todo tipo de textos - libros, folletos, revistas y periódicos- en diferentes idiomas que provienen del exterior a causa de las migraciones y los intercambios internacionales.


La necesidad de repetición enunciativa no es azarosa: en Europa La Questione Sociale representa un símbolo emblemático, en el cual se identifican todas aquellas producciones de cuño ácrata y librepensador. Errico Malatesta, uno de los grandes teóricos del anarquismo moderno cuya reputación cruza los océanos, había elegido el mismo nombre para sus publicaciones aparecidas tanto en Buenos Aires como en Florencia.

Propaganda anarquista entre las mujeres, bajo el subtítulo A las proletarias, es el primero de esta serie. Está firmado por la utopista, partidaria de Charles Fourier y también librepensadora, Ana María Mozzoni (1837- 1920). Tras la unificación de Italia en 1870, ella impugna fuertemente los modos discriminatorios hacia las mujeres que se refuerzan en el naciente estado. Esta periodista y política -considerada como una de las pioneras del movimiento feminista en Italia- parte de la creencia que el nivel de la democracia deberá medirse en función de su capacidad para integrar a sus congéneres como ciudadanas y participantes en el desarrollo moral y material de la nación. Desde su perspectiva, tanto el derecho al sufragio como el ingreso a la educación agrieta el modelo del "monarcato patriarcale" (familia patriarcal). Además de constituir la Lega Promorrice degli Interessi Femminili, se incorpora al Partido de los Trabajadores que, de inmediato, se transforma en el Partido Socialista, del cual es cofundadora.


En verdad, que estos folletos aparezcan bajo su nombre genera ciertos interrogantes: por un lado, cabe la posibilidad de que Mozzoni haya pasado por Buenos Aires y se hubiera contactado con los grupos ácratas locales. Por el otro, tal vez, dicho material habría sido traducido de la lengua original al castellano por decisión de Fortunato Serantoni. Lo cierto es que tanto una como otra hipótesis no alteran la condición de su autoría. En cuanto al segundo folleto, Propaganda anarquista entre las mujeres tiene como subtítulo A las muchachas que estudian.


Claro está que ambos incursionan alrededor de la explotación inhumana de las obreras fabriles, pero también emergen, de manera iniciática, expresiones de un malestar anclado en el espacio íntimo que se adelanta al horizonte mental de la época. Así, se configura una retórica a partir de sus nuevos roles en el mundo del trabajo asalariado. Y además, hace ver las condiciones subalternas dentro del patrón familiar autoritario y patriarcal. Institución, por cierto, que influye sobre las expectativas de aquellas que integran los sectores populares, ya que tener una prole representa el proyecto central de sus vidas. En este trazado, irrumpe una mirada de impugnación contra situaciones concretas de violencia doméstica. Al respecto, Mozzoni dice: "El padre de tus hijos que un día te miraba como a la confidente y la depositaria de sus congojas, te considera hoy como el punto natural donde desahogar sus iras y malhumores (…) y si él busca en el vino y en la compañía de sus amigos una tregua a su tristeza, al regresar a casa pagarás con creces aquella tregua, con acrecentados desprecios. Si tu marido te maltrata, si te pega y te quejas al juez, éste te responderá: Id en paz, no existen los extremos legales”.


La propuesta frente a tantas injusticias estará en abrazar el ideario de la revolución como una maquinaria propia: “La anarquía defiende la causa de todos los oprimidos y por esto, y de un modo especial, defiende vuestra causa ¡Oh mujeres, doblemente oprimidas por la sociedad presente! En realidad, vosotras sois esclavas tanto en la vida social como en la privada”.


Sin paliativo alguno, estos folletos desnudan las formas de violencia a las que son sometidas por las golpizas y maltratos por parte de sus cónyuges. Uno de sus puntales significa manifestarse con un tono grandilocuente que avanza más allá de los propios límites históricos: 


"Queremos libertaros de la codicia del patrón que os explota, de las acechanzas del cura que os llena el cerebro de supersticiones, de la autoridad del marido que os maltrata, de las nefandas preocupaciones que os oprimen. Si vosotras anheláis por la completa extirpación de todas estas injusticias de las cuales vosotras, oh mujeres, sois las primeras víctimas y mártires, venid con nosotras, combatid en nuestras filas, sed nuestras compañeras de lucha y amor. Venceremos."

En líneas generales, se cruzan demandas urgentes y puntuales con intentos de revelar las costumbres machistas que imperan tanto en la fábrica como en el hogar: " En realidad vosotras sois esclavas tanto en la vida social como en la vida privada. Si sois proletarias, tenéis dos tiranos: el hombre y el patrón. Si sois burguesas, se os deja solamente la soberanía de la frivolidad y de la coquetería. El hombre - ya sea padre, ya esposo, ya hermano - no es por ley y costumbre vuestro amigo y compañero: es dentro y fuera de la familia el dueño de la mujer, aunque él, a su vez, sea esclavo de otro hombre". Es posible que, en buena medida, estas posiciones reveladoras de opresiones de género aún no visibilizadas como tales, evoquen las premisas de la socialista Flora Tristán, en su folleto, Unión Obrera, en 1843: “Se la ha educado para ser una graciosa muñeca y una esclava destinada a distraer a su dueño y a servirle.”[3]

Tomando el postulado de Beatriz Sarlo que señala que "los textos forman al actor social"[4], la aparición de estas producciones responden más a inquietudes y compromisos de Mozzoni y de su grupo de afinidad ácrata que a un movimiento de obreras organizadas, dispuestas a apropiarse del saber y de la escritura contestataria.

Al abordar Propaganda anarquista entre las mujeres, se siente de hecho el diálogo con una lectora implícita más que el fenómeno de una práctica cultural sobre las apropiaciones textuales. No cabe duda de la formación de un incipiente electorado moderno femenino, pero el grueso de sus potenciales interlocutoras está integrado por analfabetas o parciales alfabetizadas -sean inmigrantes o migrantes, obreras industriales o informales-.


En esa dirección, las diversas formas para acceder a la cultura escrita son mediante la lectura silenciosa o en voz alta, individual o colectiva, dirigida o independiente. En cuanto a la autoría de Mozzoni, hace del lenguaje una maquinaria fundamental para denunciar con argumentos reveladores las variadas opresiones de sus congéneres. Por ello, estas folleterías alcanzan un nivel crítico con vocación libertaria. En efecto: sus provocativos enunciados poco tienen que ver con esas imágenes de época de un contingente de proletarias subordinadas tanto a las lógicas del capital fabril como de la cotidianeidad doméstica, ya que la osadía de tomar para sí el uso de la palabra es lo que permite que los estudiemos en este presente.




* Activista feminista queer. Integrante del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) en el Gino Germani-UBA, de la Cátedra Libre Virginia Bolten de la UNLPlata y de la Cátedra Libre de la Campaña Nacional por el derecho al aborto de La UBA. Autora Historia de una desobediencia. Aborto y Feminismo. Capital Intelectual. 2014.





[1] La Voz de la Mujer es el primer manifiesto libertario dirigido por mujeres para mujeres en América Latina. Virginia Bolten lo sostiene económicamente con el aporte de su trabajo como aparadora de calzado. Es sumamente original por su carácter de expresión independiente al feminismo con una impronta discursiva obrerista. Es la típica publicación de época: pequeña, semiclandestina y efímera: salen sólo nueve números. Su lema lo confirma: Aparece cuando puede.
[2] Cristian Ferrer, Folletos anarquistas en Buenos Aires. Publicaciones de los grupos La Questione Sociale y La Expropiación, Edición facsimilar, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2015.p.19.
[3] Ana Miguel y Rosalía Miguel Feminismo y Socialismo. Antología Flora Tristán, Madrid, Los libros de la Cataratas, 2003.
[4]Sarlo, Beatriz, El imperio de los sentidos, Buenos Aires, Edit. Catálogos, 1985. p.58..


Fuente: Damiselas en apuros

jueves, 20 de octubre de 2016

¿Abajo el trabajo? Una breve consideración



La palabra trabajo está vinculada a la tortura, es cierto. Deriva del latín tripalium, que era una herramienta usada como instrumento de tortura. Por otro lado, la palabra escuela viene del latín schola, y éste del griego, ocio, tiempo libre, en definitiva, como señala Élisée Reclus, del recreo.

Ante esto preguntamos:

¿La escuela como la conocemos hoy tiene algo que ver con el ocio y el recreo?

Como vemos, la etimología es solo un antecedente de un término. Un antecedente importante pero no lo que determina su significado, el cual cambia con el transcurso de la historia consignada por las formas de organización existentes.

Por aquello, afirmó Bakunin, vale la pena ponerse de acuerdo sobre el uso adecuado de la palabra trabajo. Para el revolucionario de origen ruso existe, en términos generales, dos clases de trabajo. El trabajo productivo y el trabajo explotador:
“El primero es el esfuerzo del proletariado; el segundo es el de los propietarios. El que se embolsa el producto de tierras cultivadas por otro, se limita a explotar su trabajo. Y el que incrementa el valor de su capital con la industria y el comercio, explota el trabajo de otros. Los bancos que se enriquecen como resultado de miles de transacciones crediticias, los especuladores de la Bolsa, los tenedores de acciones que obtienen grandes dividendos sin levantar el dedo; Napoleón III, que se hizo tan rico que fue capaz de enriquecer a todos sus protegidos; el Kaiser Guillermo I que, orgulloso de sus victorias, se está preparando para confiscar miles de millones a la pobre y desgraciada Francia, y que ya se ha hecho rico y está enriqueciendo a sus soldados con el botín; todas esas personas son trabajadores, ¡pero qué tipos de trabajadores! ¡Salteadores de caminos! Los ladrones y los que se dedican al simple hurto son «trabajadores» en mucha mayor medida, porque a fin de enriquecerse a su manera, deben «trabajar» con sus manos. Es evidente para todos los que no estén ciegos en este tema que el trabajo productivo crea riqueza y entrega a los productores sólo miseria; mientras que el trabajo no productivo y explotador es el único capaz de otorgar propiedad. Y como la propiedad es moralidad, se deduce de ello que la moralidad, según la entienden los burgueses, consiste en explotar el trabajo de otro”.

Por nuestra parte, nos sumamos a la crítica no solo contra el trabajo asalariado, también contra el trabajo esclavo, forma de explotación que no ha sido abolida, pues aún pesa sobre millones y con mucha más fuerza y cantidad contra el cuerpo femenino en las labores de reproducción. Sin embargo, cuestionamos la crítica a toda forma de trabajo pues es un esencialismo falaz que directa o indirectamente contribuye a aplacar la conciencia como explotadas y oprimidas y, por tanto, nos aleja de la emancipación.


N&A

sábado, 17 de septiembre de 2016

Cortometraje: En la Brecha






A través de un día en la vida de un obrero afiliado a la CNT, el documental expone el funcionamiento anarcosindicalista en la organización confederal de los puestos de trabajo y la instrucción en la retaguardia. En la brecha (1937), es un cortometraje producido en plena revolución social por la Industria del Espectáculo de Barcelona, colectivizada por la CNT, y dirigido por Ramón Quadreny, que hacía aquí su debut cinematográfico (en los años 40 dirigiría largometrajes como «La alegría de la huerta», «La chica del gato» o «Ángela es así»)

viernes, 16 de septiembre de 2016

Por estos días, el patriota siente infinito placer al ver al inmigrante disfrazado de huaso o portando banderitas sobre su cuerpo. Es el placer de la conquista del otro, del cuerpo del otro, que deberá doblegarse siempre y duplicar su fuerza de trabajo a cambio de menos monedas de las que habrá de merecer cualquier connacional.

No hay nada que cause más placer a un patriota que mirar a un niño haitiano vestido de huaso para ir a la escuela chilena. Placer y morbo, a sabiendas de que los padres de ese niño seguirán barriendo las calles santiaguinas mientras el Estado chileno y su brazo armado sostienen la ocupación militar en aquel territorio de la negrura adolorida.

Lo que el artificio patriotero no podrá disfrazar es la miseria del anciano que recorre las bien barridas calles de la patria, vendiendo banderas tricolores para poder masticar el pan. A esa vergüenza, no hay poncho huaso que le quepa.

El Carnaval Autogestionado de Cerro Navia celebrará la 7° edición

«Practicando el apoyo mutuo en la población, construimos nuestra historia hacia la autogestión», se puede leer en la invitación al 7° Carnaval autogestionado de Cerro Navia, que se desarrollará el 12 y 19 de Noviembre de 2016 en la combativa Comuna del norponiente de Santiago. Conmemorado desde noviembre de 2009, comunidades, organizaciones y vecinos ya se encuentran difundiendo y coordinando la próxima edición del carnaval, para lo cual están convocando a una reunión para el domingo 25 de septiembre a las 17:00 hrs, en la plaza ubicada en Vicuña Rozas con Sofanor Parra (a 2 cuadras de Neptuno), en donde todos los que quieran apañar se pueden acercar. A continuación compartimos un texto difundido desde el evento del carnaval ¡Salud! 

Somos herederos de una larga historia de lucha, de organización y prácticas que han llevado adelante desde sus inicios los pobladores de estos territorios... hemos heredado triunfos y derrotas, aciertos y errores, prueba de ello son nuestros mismos hogares, nuestras poblaciones, que nacieron de la misma organización de la comunidad y del aguante de nuestra gente, que tuvo que soportar inviernos en campamentos; que ha tenido que soportar carencias; que ha tenido que soportar pacos y milicos, que con sus embestidas, solo en el pequeño sector que hoy llamamos Cerro Navia nos han dejado más de 50 luchadores asesinados, y ni así fueron capaces de parar la resistencia y autodefensa, se les siguió dando cara, a partir de ollas comunes y barricadas, incluso declarándose territorio autónomo en innumerables ocasiones durante la década de los 80, llevando a cabo un paro comunal el 84 y haciendo escapar al dictador en el 88.

Fue nuestra gente la que le puso el pecho a las balas y derrocó a la dictadura, para luego ser engañada por individuos que tuvieron una vida de lujo en Europa, quienes llegaron a acomodarse en el poder, creando una falsa ilusión de triunfo desplazando la figura militar por la de un gobierno democrático camuflado por un arcoíris, prometiendo soluciones a través de ayuda institucional, haciéndonos pensar que la organización ya no era necesaria, cayendo así en el asistencialismo y la comodidad. Hemos tenido que soportar la infiltración de la pasta base en nuestros territorios desde la dictadura y su incentivo durante la democracia, lo que ha arruinado la vida de innumerables niñxs y familias, todo esto provocó la desarticulación de los pobladores y la eliminación de las organizaciones.

Hemos tenido que soportar contaminación y consultorios indignos; hemos tenido que soportar la peor educación de la región metropolitana; y ahora tenemos que soportar la aparente atomización y separación de nosotrxs, ya no disfrutamos entre vecinxs... pero a pesar de todo, el apoyo mutuo siempre ha estado, a veces latente y otras claramente manifestado, y a partir de él, seguiremos luchando apelando a la organización del pueblo, pero no a la misma organización de antaño, vemos críticamente los procesos de lucha llevados a cabo a lo largo la historia, debido a sus tintes autoritarios, que reproducían lógicas paternalistas y patriarcales, que los llevaron a confiar en el Estado.

Nuestra propuesta es la auto-organización de los pobladores de manera horizontal, solidaria y autónoma. Rechazando todo tipo de jerarquías, las que se manifestaron y manifiestan en la organización pobladora principalmente de 3 maneras: la dependencia y confianza en el Estado y partidos políticos, la jerarquización de la organización, y la división de roles por género y edad. Para superar estas equivocaciones apelamos a que las decisiones sean tomadas en asamblea y que la realización de los trabajos colectivos sean realizados por los individuos según sus capacidades, gustos e intereses. Es decir desde la autogestión demostraremos que nunca bajaremos los brazos, nunca estaremos totalmente derrotados, de cada caída nos levantaremos con más fuerza... con amor, rabia y alegría transformaremos nuestra realidad y construiremos un mundo en libertad...

“Practicando el apoyo mutuo en la población, construimos nuestra historia hacia la autogestión”

Para mayor información pueden visitar el evento
7° carnaval autogestionado de Cerro Navia

 

martes, 13 de septiembre de 2016

Reflexiones contra la autoridad

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie (1530 - 1563) ya denunciaba de forma sensata el poder que tiene la costumbre en nuestra manera de pensar y comportarnos. Es cierto: cuando nos habituamos a algo, cambiarlo es realmente difícil. Sobre todo si hemos estado sujeto a aquello desde nuestro nacimiento o si ha trascendido a una o varias generaciones. Cuando esto ocurre, para la mayoría de las personas su motivo de costumbre pasa de ser una realidad a ser la realidad, algo establecido y rara vez cuestionado, formándose así los convencionalismos sociales arbitrarios y los racionales que constituyen el sentido común. Poner en duda cualquiera de estas verdades es considerado una locura, siendo que la auténtica locura reside en pensar un mundo amutable, rígido y, por consecuencia, sin historia.

Hoy en día difícilmente se permitiría que una persona fuese dueña de otra y sin embargo hubo un tiempo en que la esclavitud y la monarquía fueron vistas como algo más que aceptable, algo que debía ser. Lo normal y el sentido común, en éste y muchos casos más, no se configuran a partir de un pensamiento racional, sino que se van estructurando en la medida en que las prácticas se hacen más cotidianas y no existen las condiciones materiales para cuestionarlas y transformarlas. Es por esta razón que para muchas personas es imposible concebir un mundo sin autoridades, pues han estado presentes durante buena parte de nuestra historia conocida y durante absolutamente toda nuestra historia particular:

Desde antes de siquiera poder dar nuestros primeros pasos, somos aleccionados en cuanto a cómo debe ser nuestro comportamiento frente a una autoridad. Las autoridades –nos dicen desde siempre– deben ser respetadas y obedecidas. Este precepto daña a la humanidad de un modo tan grande y difícil de percibir, que es doblemente peligroso.

En una sociedad como la nuestra, donde la participación social es increíblemente baja, tanto en la organización sectorial como en lo electoral, vale la pena el que nos preguntemos la razón del por qué.

El respetar y obedecer a alguien tan sólo por el hecho de ser una autoridad es un sin sentido. Tal modo de vida anula el cuestionamiento y el razonamiento que llevan al ejercicio del diálogo, la reflexión y el debate, coartando las posibilidades de entendimiento. De ahí la dificultad de plantear problemáticas y que éstas sean aceptadas y asumidas por los dirigentes de un país. La autoridad viene a suplantar a la razón de igual modo como quien ante una pregunta que desconoce o que no quiere tratar, elude argumentar respondiendo “porque sí” o “porque no”; debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque sí; no debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque no.

Lamentablemente no es todo. El uso de autoridades ha llevado a las personas a tener una concepción errada de lo que es la política. Por lo general se piensa que la política es aquello que hacen los políticos y, en menor medida, los movimientos sociales.

Esta visión, compartida por muchos, hace que la población vea el ejercicio político como algo ajeno, que no le corresponde y de lo que otros deben encargarse. La mayor proximidad que sienten es al momento de votar, cosa que hacen muy de vez en cuando y sólo la pequeña parte participa del proceso electoral. El resultado es una población pasiva que delega todas las decisiones importantes a un grupo muy reducido de personas.

Lo cierto es que todo lo que una persona hace (acción) o no hace (omisión) es un acto político. La política se desarrolla en numerosos campos, planos, dimensiones o niveles de acción y tan sólo uno de ellos es el electoral; quién vota lo hace por el candidato que mejor represente sus ideas o por intereses personales o partidistas, mientras que quién no vota puede estar dando un mensaje de apatía, indiferencia o descontento con la política tradicional. También hace política la persona que prefiere usar una bolsa reutilizable a una de plástico, la junta vecinal al reunirse para tomar decisiones en torno a su sector, el sindicato que busca mejoras para sus colegas, la organización de cualquier tipo y toda forma de autogestión, etc.

No todo lo que hacemos tiene una magnitud tal que pueda ser visible ante todo un territorio país, pero eso no debe preocuparnos. El primer paso para cambiar el sentido común cuando no se controlan ni se busca controlar los medios, es lograr cambios de paradigmas a nivel local.

Una cantidad no menor de cambios han comenzado así, desde experiencias locales que se replican lo suficiente para generar un cambio en el sentido común, y no desde las llamadas autoridades, limitándose éstas últimas a ejecutar o establecer de modo formal dichos cambios que en la práctica ya se encuentran andando, y lo hacen con la sola intención de evitar el estallido que se produce cuando la presión social ya es demasiada y que les perjudicaría de gran manera. Así las mujeres han conquistado gran parte de sus derechos, así se logró abolir la esclavitud y así se arrancó a la monarquía de su puesto privilegiado. Pero para ello, primero es necesaria la comprensión de que todos y todas somos seres políticos y tomar consciencia de que nadie lo representa mejor a uno, que uno mismo.

Una vez dejemos atrás la idea de autoridad, la razón, el diálogo y la reflexión podrán recuperar su lugar natural dentro de la sociedad. 


Primavera

viernes, 9 de septiembre de 2016

A propósito de la implementación del programa “Música a un Metro” por Metro S.A.

Esta semana los usuarios de Metro nos encontramos con la puesta en marcha del programa “Música a un Metro”, programa que fue altamente cuestionado en el mes de mayo cuando hizo pública su convocatoria, entre otras cosas, porque inicialmente contenía la prohibición de interpretar obras sobre política, sociedad, medioambiente y religión, además de limitar la ejecución de obras de autoría propia. 

Los colegas de la banda “Pelusa” han publicado una carta señalando, con mucho más conocimiento de causa que yo, una serie de críticas al programa, desde su condición de músicos seleccionados para ser parte de los 60 proyectos musicales que han sido autorizados por la empresa para presentarse en horario valle en 30 estaciones de las 100 que componen las líneas que están operativas en este momento.

“Pelusa” tuvo acceso al proceso de selección y al “acuerdo de compromiso” definitivo ofrecido por Metro S.A., por lo que en su declaración se pueden leer varios detalles que indican con claridad una falta de voluntad real para dignificar el trabajo del músico callejero, dejándome -al parecer- muy poco que agregar.

Sin embargo hay algo que escapa a lo observado como músicos participantes y que me ha tocado observar como simple usuario: la campaña gráfica que ha acompañado al programa.

Me he encontrado con tres interesantes carteles de andén. Uno muestra a los 60 talentos seleccionados felices de trabajar en el Metro, otro muestra -en una extraña caracterización- a un rapero cantando en un vagón y a otro pasajero sufriendo al tratar de hablar por teléfono y el último cartel muestra a un vendedor ambulante y a una joven con cara de inseguridad. Estos carteles explican que “el Metro que queremos depende de todos” por lo que aconsejan que “no compres a vendedores ambulantes ni dones dinero a músicos al interior de los trenes”.

Me resulta más curioso aún encontrarme con al menos otros dos carteles nuevos, que buscan que los pasajeros empaticemos con los guardias porque “para ser vigilante privado de Metro hay que sentir amor por los demás” o porque otro se siente tan chileno como uno porque le gustan los asados en familia, guardias además con nombre y apellido, “reales”. Son esos mismos guardias los que sacarán al músico que suba a tocar a tu vagón. La idea entonces es que tú apoyes con toda convicción a los vigilantes.

La música ha sido convertida en un funcionario y trabaja para Metro S.A. En cambio los músicos que la ejecutan intentan seguir trabajando aunque ya no de manera independiente sino más bien en un tranquilo limbo laboral. Se comprende que accedan a esta “oportunidad”. Ya lo dijo el tremendo Luis Jara en uno de los lanzamientos del programa: “quisiera que todos reconozcan el esfuerzo de Metro por dar el espacio, como corresponde, a todos los artistas callejeros”. En fin, cada oveja con su pareja.

Personalmente sólo me falta decir que lo que hace de algo un “objeto estético” es su capacidad de llamar la atención. La espontaneidad sin rumbo claro del artista callejero, esa misteriosa autonomía, su “precariedad” en relación a lo “mediático-profesional”, su mensaje intersticial en nuestro cotidiano, es lo que le da personalidad y lo que llama nuestra atención, no su “talento”. Al comprar el cuento del “talento shileno” que nos vende Metro y que nos vienen vendiendo hace rato por televisión, vamos perdiendo nuestra capacidad de poner atención en lo que vemos o escuchamos y nos adiestramos en el triste ejercicio de valorar la música según jerarquías impuestas por empresas en vez de crear nuestra propia escala de valores. Y así pasa también con todo lo demás… Ojo ahí…


Por Dr. Pez

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La jornada sueca de seis horas: una demanda histórica del anarcosindicalismo


Desde hace un tiempo circula la celebrada noticia de que en Suecia se adoptó la jornada laboral de seis horas. Así, el pueblo productor de aquella región, concretamente en Gotemburgo, experimentó disponer de más tiempo para tareas domésticas, ocio y descanso. Matthias Larsson, de 33 años (foto), aseguró a NY Times que gracias a la jornada de seis horas "puede pasar más tiempo con sus hijos, cocinar, limpiar e ir a hacer las compras". Erika Hellstrom (34 años), quien después de años de cumplir jornadas interminables comenzó a trabajar en una de las empresas suecas que está experimentando turnos de seis horas al día, declaró a la BBC:

"Para mí es absolutamente fantástico, tengo más tiempo libre para hacer deporte, salir al aire libre mientras todavía es de día o para hacer trabajos en mi jardín"

La iniciativa ha sido acogida como un gran avance, digna de estudiar e imitar. La demanda no es nueva, sin embargo. Los y las anarcosindicalistas hace largas décadas vienen levantando tal consigna. El apartado de disminución de la jornada de trabajo, del III Congreso de la organización anarcosindicalista de la región ibérica, C.N.T., celebrado en Madrid del 11 al 16 de junio de 1931, sostenía:

«Los perfeccionamientos técnicos, al intensificar la producción, permiten el mismo rendimiento con una jornada menor. No existe ninguna posibilidad técnica ni económica que impida la implantación de la jornada de seis horas.
Mientras nosotros preparamos la revolución, no podemos tolerar que el capitalista español obtenga beneficios exagerados haciendo un mínimo de inversiones y estrujando en cambio, el esfuerzo del trabajador.

Antes de tolerar ese criminal egoísmo, exigiríamos, no la jornada de seis horas, sino la de cuatro, si fuese necesario; y si para ello los beneficios del patrono bajan del 30 al 15%, tanto mejor, puesto que así sería facilitada la expropiación definitiva»
(1)

Dos años antes, la demanda era acordada en el congreso constituyente de la organización anarcosindicalista latinoamericana, ACAT, Asociación Continental Americana de Trabajadores. Reunión internacional conmemorada en Buenos Aires, Argentina, en 1929. Así quedó consignado en el documento confederal:
 
«Después de un largo debate, el Congreso Continental Americano resuelve hacer suya la resolución sobre las seis horas adoptada en el tercer congreso de la A.I.T. celebrado en Lieja». (2) 

La finalidad principal de la jornada de seis horas nos explica Ángel Cappelletti era la de encontrar un remedio parcial a la desocupación obrera provocada por la crisis económica. 

Vemos así como demandas históricas erigidas desde el anarquismo han sido paulatinamente recogidas, con sus ventajas y defectos, en el comportamiento social y por los marcos institucionales pertinentes. La influencia en las sociedades de las ideas anarquistas es algo constante en la historia de la humanidad. Anarquistas fueron quienes en el Chicago de 1886 levantaron el movimiento por las ocho horas. Anarquistas fueron quienes en la región chilena fundaron la FECH, organización universitaria que por momentos marca la pauta en las discusiones del país. Anarquistas fueron quienes ejercieron tempranamente el nudismo en España como una práctica de
liberación y en rechazo a «un sistema de valores obsoleto e hipócrita». Anarquistas fueron también quienes a principio de siglo pasado proclamaron la escuela libre de Francisco Ferrer i Guardia, sin premios ni castigos, sin exámenes ni discriminación por la casualidad del sexo al nacer.

En el siguiente vídeo, Federica Montseny, explica otros ejemplos de ideas anarquistas de “uso común” en la sociedad:









1- III Congreso de la CNT 

2- Acuerdos y resoluciones del congreso constituyente de la ACAT – AIT (1929)


N&A

martes, 6 de septiembre de 2016

La idea y la acción - Piotr Kropotkin

Los siguientes fragmentos corresponden a los capítulos II (La Idea) y III (La Acción), del libro «La Gran Revolución Francesa» de Piotr Kropotkin (Libros de Anarres, 2015, Colección Utopía Libertaria, basada en la traducción de Anselmo Lorenzo, realizada para «La Escuela Moderna» de Francisco Ferrer i Guardia). La Gran Revolución, obra que contó con el apoyo de James Guillaume y Ernest Nys, fue publicada originalmente en 1909 y constituye el fruto de más de 20 años de investigación. Para consultar el libro íntegro pueden hacer clic aquí. ¡Salud y buena lectura! (N&A)



CAPÍTULO II


LA IDEA 

Para comprender bien la idea que inspiró a la burguesía de 1789, hay que juzgarla por sus resultados, los Estados modernos.


Los Estados organizados, tal como los observamos hoy en Europa, sólo se bosquejaban al final del siglo xviii. La centralización de poderes que se advierte en nuestros días no había alcanzado aún la perfección ni la uniformidad actuales. Ese mecanismo formidable que, mediante una orden dada desde una capital, pone en movimiento todos los hombres de una nación dispuestos para la guerra, y los lanza a la devastación de los campos y a causar duelo en las familias; esos territorios cubiertos por una red de administradores cuya personalidad es totalmente borrada por su servidumbre burocrática y que obedecen maquinalmente las órdenes dictadas por una voluntad central; esa obediencia pasiva de los ciudadanos a la ley y ese culto a la ley, al Parlamento, al juez y a sus agentes, que se practica hoy; ese conjunto jerárquico de funcionarios disciplinados; esas escuelas distribuidas por todo el territorio nacional, sostenidas y dirigidas por el Estado, donde se enseña el culto al poder y la obediencia; esa industria cuyos engranajes trituran al trabajador que el Estado entrega a discreción; ese comercio que acumula riquezas inauditas en manos de los monopolizadores de la tierra, de la mina, de las vías de comunicación y de las riquezas naturales, y que sostiene al Estado; esa ciencia, en fin, que aunque emancipa el pensamiento y centuplica las fuerzas de la humanidad, pretende al mismo tiempo someterlas al derecho del más fuerte y al Estado; todo eso no existía antes de la Revolución.

Sin embargo, mucho antes de que la Revolución se anunciara por sus rugidos, la burguesía francesa, el Tercer Estado, había entrevisto ya el organismo político que iba a desarrollarse sobre las ruinas de la monarquía feudal. Es muy probable que la Revolución Inglesa contribuyera a anticipar la idea de la participación que la burguesía iba a tener en el gobierno de las sociedades. Es cierto que la revolución en América estimuló la energía de los revolucionarios en Francia; pero también lo es que desde el principio del siglo xviii y por los trabajos de Hume, Hobbes, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Mably, D’Argenson, etcétera, el estudio del Estado y de la constitución de las sociedades cultas, fundadas sobre la elección de representantes, se había convertido en el estudio favorito, al que Turgot y Adam Smith unieron el de las cuestiones económicas y el de la significación de la propiedad en la constitución política del Estado. 


He aquí por qué, mucho antes de que la Revolución estallara, ya fue entrevisto y expuesto el ideal de un Estado centralizado y bien ordenado, gobernado por las clases poseedoras de propiedades territoriales o industriales o dedicadas a las profesiones liberales, y hecho público en numerosos libros y folletos, de donde los hombres activos de la Revolución sacaron después su inspiración y su energía razonada.

Es por esto que la burguesía francesa, en el momento de entrar, en 1789, en el período revolucionario, sabía bien lo que quería. Ciertamente no era republicana –¿lo es hoy?–, pero estaba harta del poder arbitrario del rey, del gobierno, de los príncipes y de la Corte, de los privilegios de los nobles que monopolizaban los mejores puestos en el gobierno, sin saber nada más que saquear al Estado, como saqueaban sus inmensas propiedades sin valorizarlas. Era republicana sólo en sus sentimientos y quería la sencillez republicana en las costumbres, como en las nacientes repúblicas de América; pero quería también el gobierno para las clases poseedoras.

Sin ser atea, la burguesía era librepensadora, pero de ninguna manera detestaba el culto católico; lo que detestaba era la Iglesia, con su jerarquía, sus obispos, que hacían causa común con los príncipes, y a sus curas, convertidos en dóciles instrumentos en manos de los nobles.

La burguesía de 1789 comprendía que en Francia había llegado el momento –como había llegado ciento cuarenta años antes en Inglaterra–, en el que el Tercer Estado iba a recoger el poder que caía de manos de la monarquía, y sabía lo que quería hacer con él.

Su ideal consistía en dar a Francia una constitución modelada sobre la constitución inglesa; quería reducir al rey al simple papel de funcionario registrador, poder ponderador a veces, pero encargado principalmente de representar simbólicamente la unidad nacional. En cuanto al verdadero poder, elegido, había de ser entregado a un parlamento en el que la burguesía instruida, representando la parte activa y pensante de la nación, dominaría al resto. Al mismo tiempo se proponía abolir los poderes locales o parciales que constituían otras tantas unidades autónomas en el Estado; concentrar toda la potencia gubernamental en manos de un ejecutivo central, estrictamente vigilado por el Parlamento, estrictamente obedecido en el Estado, y que lo englobase todo: impuestos, tribunales, policía, fuerza militar, escuelas, vigilancia policíaca, dirección general del comercio, ¡todo!; proclamar la libertad completa de las transacciones comerciales, dando al mismo tiempo carta blanca a las empresas industriales para la explotación de las riquezas naturales, lo mismo que a los trabajadores, a merced en lo sucesivo de quien quisiera darles trabajo.

Todo debía ponerse bajo la intervención del Estado, que favorecería el enriquecimiento de los particulares y la acumulación de grandes fortunas, condiciones a las que la burguesía de la época atribuía necesariamente gran importancia, ya que la misma convocatoria de los Estados Generales tuvo por finalidad hacer frente a la ruina financiera del Estado.

Desde el punto de vista económico, el pensamiento de los hombres del Tercer Estado no era menos preciso. La burguesía francesa había leído y estudiado a Turgot y Adam Smith, los creadores de la economía política; sabía que sus teorías habían sido ya aplicadas y envidiaba a sus vecinos, los burgueses del otro lado del Canal de la Mancha, su poderosa organización económica, así como les envidiaba su poder político; aspiraba a la apropiación de las tierras por la grande y pequeña burguesía, y a la explotación de las riquezas del suelo, hasta entonces improductivo en poder de los nobles y del clero, teniendo en esto por aliados a los pequeños burgueses rurales, ya fuertes en los pueblos aun antes de que la Revolución multiplicase su número; ya entreveía el desarrollo rápido de la industria y la producción en masa de las mercancías con ayuda de las máquinas, el comercio exterior y la exportación de los productos industriales al otro lado de los océanos: los mercados de Oriente, las grandes empresas y las fortunas colosales.

La burguesía comprendía que, para llegar a su ideal, ante todo debía romper los lazos que retenían al campesino en su aldea; le convenía que estuviera libre de abandonar su cabaña e incluso obligado a emigrar a las ciudades en busca de trabajo, para que, cambiando de patrón, aportara dinero a la industria en lugar del tributo que antes pagaba al señor, el que, aun siendo muy oneroso para él, era de escaso beneficio para el amo; se necesitaba, en fin, poner orden en la hacienda del Estado e impuestos de pago más fácil y más productivo.

En resumen, se necesitaba lo que los economistas han llamado libertad de la industria y del comercio, pero que significaba, por una parte, liberar la industria de la vigilancia meticulosa y mortal del Estado, y por otra, obtener la libertad de explotación del trabajador, privado de libertades. Nada de uniones de oficio, de asociaciones gremiales, de jurandes (3), ni maestrías que puedan poner freno a la explotación del trabajador asalariado; nada de vigilancia del Estado que pueda molestar al industrial; nada de aduanas interiores ni de leyes prohibitivas. Libertad entera de comercio para los patrones y estricta prohibición de asociarse entre los trabajadores. “Dejar hacer” a unos, e impedir coaligarse a los otros. 


Tal fue el doble plan concebido por la burguesía. Así, en cuanto se presentó la ocasión de realizarlo, fuerte con su saber, con claridad en sus propósitos, habituada a los “negocios”, la burguesía no dudó en trabajar en el conjunto y sobre los detalles para implantar esos propósitos en la legislación; y trabajó con una energía tan consciente y sostenida que, por no haber concebido y elaborado un ideal en oposición al de los señores del Tercer Estado, el pueblo jamás había tenido.

Sería injusto decir que la burguesía de 1789 fue guiada sólo por objetivos estrechamente egoístas. Si así hubiera sido, sus tareas no hubieran tenido éxito, porque siempre es necesaria una chispa de ideal para no fracasar en los grandes cambios. Los mejores representantes del Tercer Estado habían bebido, en efecto, en el manantial sublime de la filosofía del siglo xviii, que contenía en germen todas las grandes ideas que surgirían después. El espíritu eminentemente científico de esa filosofía, su carácter esencialmente moral, aun cuando se burlara de la moral convencional; su confianza en la inteligencia, la fuerza y la grandeza que podría tener el hombre libre cuando viviera rodeado de iguales; su odio a las instituciones despóticas; todo eso se hallaba en los revolucionarios de la época. ¿De dónde sino habrían sacado la fuerza de convicción yla generosidad de las que dieron pruebas en la lucha? También ha de reconocerse que entre los mismos que trabajaban más para realizar el programa de enriquecimiento de la burguesía, los había que creían con sinceridad en que el enriquecimiento de los particulares sería el mejor medio de enriquecer la nación en general, ¿no lo habían predicado así, con total convicción y con Smith a la cabeza, los mejores economistas?

Pero por más elevadas que hayan sido las ideas abstractas de libertad, de igualdad, de progreso libre en que se inspiraban los hombres sinceros de la burguesía de 1789-1793, debemos juzgarlos por su programa práctico, por las aplicaciones de la teoría. ¿En qué hechos se traduciría la idea abstracta en la vida real? He ahí lo que ha de darnos la verdadera medida.

Si bien es justo reconocer que la burguesía en 1789 se inspiraba en ideas de libertad, de igualdad (ante la ley) y de emancipación política y religiosa, tales ideas, en cuanto tomaban cuerpo, se traducían en el doble programa que acabamos de bosquejar: libertad para utilizar las riquezas de todo tipo en el enriquecimiento personal, libertad para explotar el trabajo humano sin ninguna garantía para las víctimas de esa explotación, y organización del poder político, en manos de la burguesía, para asegurarle esas libertades.

Pronto veremos que terribles luchas se entablaron en 1793, cuando una parte de los revolucionarios quiso pasar por encima de ese programa.



CAPÍTULO III

LA ACCIÓN



Y el pueblo, ¿qué idea tenía?

También el pueblo había sufrido en cierta medida la influencia de la filosofía del siglo. Por mil canales indirectos se habían filtrado los grandes principios de libertad y de emancipación hasta los suburbios de las grandes ciudades, desapareciendo el respeto a la monarquía y a la aristocracia. Las ideas igualitarias penetraban en los medios más oscuros; los resplandores de revuelta atravesaron los espíritus, y la esperanza de un cambio próximo hacía latir con frecuencia los corazones más humildes.

“No sé qué va a suceder, pero va a suceder algo, y pronto”, decía en 1787 una anciana a Arthur Young, que recorría Francia en la víspera de la Revolución. Ese “algo” había de traer un consuelo a las miserias del pueblo.

Se ha discutido últimamente si el movimiento que precedió a la Revolución, y la Revolución misma, contenían elementos de socialismo. La palabra “socialismo” no formaba parte de ellos seguramente, puesto que data de mediados del siglo xix. La concepción del Estado capitalista, a la que la fracción socialdemócrata del gran partido socialista trata de reducir hoy el socialismo, no dominaba como domina hoy, puesto que los fundadores del “colectivismo” socialdemócrata, Vidal y Pecqueur, escribieron entre 1840 y 1849; pero no se pueden releer las obras de los escritores precursores de la Revolución sin sentirse sorprendido por la manera en que aquellos escritos están imbuidos de las ideas que forman la esencia misma del socialismo moderno.


Dos ideas fundamentales: la de la igualdad de todos los ciudadanos en su derecho a la tierra, y la que conocemos hoy con el nombre de comunismo, encontraban ardientes partidarios entre los enciclopedistas, lo mismo que entre los escritores más populares de la época, tales como Mably, d’Argenson y muchos otros de menor importancia. Es muy natural que estando aún la industria en pañales, y siendo la tierra –el capital por excelencia– el instrumento principal de explotación del trabajo humano y no la fábrica, entonces apenas constituida, el pensamiento de los filósofos, y posteriormente el de los revolucionarios del siglo xviii, se dirigiera hacia la posesión en común del suelo. Mably, que, mucho más que Rousseau, inspiró a los hombres de la Revolución, ¿no demandaba, en efecto, desde 1768 (Doutes sur l’ordre naturel et essentiel des sociétés) la igualdad para todos en el derecho a la tierra y su posesión comunista? Y el derecho de la nación a todas las propiedades territoriales y a todas las riquezas naturales: bosques, ríos, saltos de agua, etcétera, ¿no era la idea dominante de los escritores precursores de la Revolución, lo mismo que la del ala izquierda de los revolucionarios populares durante la tormenta misma?

Por desgracia esas aspiraciones comunistas no tomaron una forma clara y concreta en los pensadores que querían la felicidad del pueblo. Mientras que en la burguesía instruida las ideas de emancipación se traducían por un programa completo de organización política y económica, al pueblo las ideas de emancipación y de reorganización económicas no se le presentaban más que bajo la forma de vagas aspiraciones, y frecuentemente no eran más que simples negaciones. Los que hablaban al pueblo no trataban de definir la forma concreta en que podrían manifestarse aquellas aspiraciones o aquellas negaciones. Hasta se creería que evitaban toda precisión. Conscientemente o no, parece como si se hubieran dicho: “¡Para qué decir al pueblo cómo se organizará después! Enfriaría su energía revolucionaria. Que tenga solamente la fuerza de ataque para el asalto a las viejas instituciones. Después se verá cómo arreglar todo”.


¡Cuántos socialistas y anarquistas proceden todavía de la misma manera! Impacientes por acelerar el día de la revuelta, tratan de teorías adormecedoras toda tentativa de aclarar lo que la Revolución ha de plantear.

Hay que decir también que la ignorancia de los escritores, en su mayoría habitantes de ciudades y hombres de estudio, tenía mucho que ver con esto. En toda aquella reunión de hombres instruidos y prácticos en los “negocios” que constituyó la Asamblea Nacional –hombres de leyes, periodistas, comerciantes, etc.–, había sólo dos o tres legistas conocedores de los derechos feudales, y es sabido que en aquella Asamblea hubo muy pocos representantes de los campesinos, familiarizados con las necesidades rurales por su experiencia personal.

Por esas diversas razones la idea popular se expresaba principalmente por simples negaciones. “¡Quememos los registros en que se consignan las redevances(4) feudales! ¡Abajo los diezmos! ¡Abajo madame Veto(5)! ¡A la linterna(6) los aristócratas!” ¿Pero a quién correspondía la tierra libre? ¿A quién la herencia de los aristócratas guillotinados? ¿A quién la fuerza del Estado que caía de las manos de monsieur Veto(7), pero que en las de la burguesía se convertía en una potencia mucho más formidable que bajo el antiguo régimen?

Esa falta de claridad en las concepciones del pueblo sobre lo que podía esperar de la Revolución marcó su huella en todo el movimiento. En tanto que la burguesía marchaba con paso firme y decidida a la constitución de su poder político en un Estado que trataba de moldear conforme con sus intenciones, el pueblo vacilaba. En las ciudades principalmente parecía no saber al principio qué hacer con el poder conquistado para utilizarlo en su ventaja. Y cuando comenzaron, después, a precisarse los proyectos de ley agraria y de igualación de las fortunas, se estrellaron contra los prejuicios respecto a la propiedad de los que estaban imbuidos los mismos que habían adoptado con sinceridad la causa del pueblo.

El mismo conflicto se produjo en las concepciones sobre la organización política del Estado, conflicto que se manifestó en la lucha que se entabló entre los prejuicios gubernamentales de los demócratas de la época y las ideas que se desarrollaban en el seno de las masas sobre la descentralización política y sobre el carácter preponderante que el pueblo quería dar a sus municipios, a sus secciones en las grandes ciudades y a las asambleas rurales. De ahí toda la serie de conflictos sangrientos que estallaron en la Convención y también la incertidumbre de los resultados de la Revolución para la gran masa popular, excepto en lo concerniente a las tierras de las que se despojó a los señores laicos y religiosos y a las que se declararon libres de los derechos feudales.


Pero si las ideas del pueblo eran confusas desde el punto de vista positivo, eran, por el contrario, muy claras en sus negaciones respecto de ciertas relaciones.


Ante todo, el odio del pobre contra la aristocracia ociosa, holgazana, perversa que lo dominaba, cuando la miseria negra reinaba en los campos y en los sombríos callejones de las grandes ciudades. Después el odio al clero, que pertenecía por sus simpatías más a la aristocracia que al pueblo que lo mantenía. El odio a todas las instituciones del antiguo régimen, que hacían la pobreza mucho más pesada, puesto que negaban los derechos humanos al pobre. El odio al régimen feudal y a sus tributos, que reducían al campesino a un estado de servidumbre respecto del propietario territorial, aun cuando la servidumbre personal hubiera sido abolida. Y, por último, la desesperación, cuando en aquellos años de escasez se veía la tierra inculta en poder del señor o sirviendo de recreo a los nobles mientras el hambre reinaba en las aldeas.


Ese odio, que fermentaba hacía mucho tiempo, a medida que el egoísmo de los ricos se afirmaba cada vez más en el curso del siglo xviii, y esa necesidad de tierra, ese grito del campesino hambriento y rebelde contra el señor que le impedía el acceso a ella, suscitaron el espíritu de rebeldía desde 1788. Y ese mismo odio y esa misma necesidad –junto con la esperanza de salir adelante–, sostuvieron durante los años 1789-1793 las incesantes rebeldías de los campesinos, lo que permitió a la burguesía derribar el antiguo régimen y organizar su poder bajo un régimen nuevo, el del gobierno representativo.

Sin esos levantamientos, sin esa desorganización completa de los poderes en las provincias, producida a consecuencia de los motines renovados sin cesar; sin esa prontitud del pueblo de París y de otras ciudades en armarse y marchar contra las fortalezas de la monarquía, cada vez que los revolucionarios apelaron al pueblo, el esfuerzo de la burguesía hubiera fracasado. Pero a esa fuente siempre viva de la Revolución –al pueblo, siempre dispuesto a tomar las armas– los historiadores de la Revolución no le han hecho todavía la justicia que le debe la historia de la civilización.





Piotr Kropotkin
 




3 - Así se denominaban en Francia, bajo el Antiguo Régimen, a agrupamientos profesionales autónomos, con personería jurídica propia y disciplina colectiva estricta, cuyos miembros se encontraban unidos bajo juramento (de ahí su nombre). [N. de E.] 

 4 - Conjunto de prestaciones monetarias o en especie que tributaban al señor los que habitaban su señorío. [N. de E.] 

 5 - María Antonieta. [N. de E.]

6 - Durante las sangrientas jornadas de la Revolución se ahorcaron a muchos aristócratas en los faroles del alumbrado público. De ahí la frase “los aristócratas a la linterna” del Ça irá. [N. de E.]

7 - Luis XVI. [N. de E.]