miércoles, 17 de septiembre de 2014

El anarquismo comunista - Errico Malatesta

El texto a continuación, fue elaborado a partir de diversos artículos de Errico Malatesta publicados en la prensa anarquista de principios de siglo pasado, y corresponde a un fragmento del capítulo I del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios a cargo del compilador Vernon Richards. Para más información, referencias y citas, pueden consultar el libro haciendo clic aquí  

Hemos sido (en 1876), como somos todavía, anarquistas comunistas, pero esto no quiere decir que hagamos del comunismo una panacea y un dogma y no veamos que para la realización del comunismo se requieren ciertas condiciones morales y materiales que es necesario crear. 

La fine dell’ Anarchismo de Luigi Galleani... (es) en sustancia una exposición clara, serena y elocuente del comunismo anárquico, según la concepción kropotkiniana: concepción que yo personalmente encuentro demasiado optimista, demasiado fácil y confiada en las armonías naturales, pero que no por ello deja de ser la contribución más grande que se haya aportado hasta ahora a la difusión del anarquismo.

También nosotros aspiramos al comunismo como a la más perfecta realización de la solidaridad social, pero debe ser comunismo anárquico, es decir, libremente querido y aceptado, y medio para asegurar y acrecentar la libertad de cada uno; pero consideramos que el comunismo estatal, autoritario y obligatorio es la más odiosa tiranía que alguna vez haya afligido, atormentado y obstaculizado la marcha de la humanidad.

Estos anarquistas que se dicen comunistas -y me ubico entre ellos- son tales no porque deseen imponer su modo especial de ver o crean que aparte de éste no haya ninguna salvación, sino porque están convencidos, hasta que se pruebe lo contrario, de que cuanto más se hermanen los hombres y más íntima sea la cooperación de sus esfuerzos en favor de todos los asociados, tanto mayor será el bienestar y la libertad de que podrá gozar cada uno. El hombre, piensan ellos, aunque esté liberado de la opresión de los demás hombres quedará siempre expuesto a las fuerzas hostiles de la naturaleza, que él no puede vencer por sí solo, aunque ayudado por los demás hombres puede dominarlas y transformarlas en medios de su propio bienestar. Un hombre que quisiera proveer a sus necesidades materiales trabajando por sí solo, sería esclavo de su trabajo. Un campesino, por ejemplo, que quisiera cultivar por sí solo su trozo de tierra, renunciaría a todas las ventajas de la cooperación y se condenaría a una vida miserable: no podría concederse períodos de reposo, viajes, estudios, contactos con la vida múltiple de los vastos agrupamientos humanos... y no siempre lograría calmar su hambre.

Es grotesco pensar que anarquistas, aunque se digan comunistas y lo sean, deseen vivir en un convento, sometidos a la regla común, a la comida y al vestido uniforme, etcétera; pero sería igualmente absurdo pensar que quieran hacer lo que les plazca sin tener en cuenta las necesidades de los demás, el derecho de todos a gozar de una libertad igual.

Todo el mundo sabe que Kropotkin, por ejemplo, que se contaba entre los anarquistas más apasionados y elocuentes propagadores de la concepción comunista, fue al mismo tiempo un gran apóstol de la independencia individual y quería con pasión que todos pudieran desarrollar y satisfacer libremente sus gustos artísticos, dedicarse a las investigaciones científicas, unir armoniosamente el trabajo manual y el intelectual para llegar a ser hombres en el sentido más elevado de la palabra.

Además los comunistas (anarquistas, se entiende) creen que a causa de las diferencias naturales de fertilidad, salubridad y ubicación del suelo, sería imposible asegurar, individualmente a cada uno iguales condiciones de trabajo, y realizar, si no la solidaridad, por lo menos la justicia. Pero al mismo tiempo se dan cuenta de las inmensas dificultades que implica practicar, antes de un largo período de libre evolución, ese comunismo voluntario universal que ellos consideran como ideal supremo de la humanidad emancipada y hermanada. Y llegan, por lo tanto, a una conclusión que podría expresarse con la siguiente fórmula: en la medida en que se realice el comunismo será posible realizar el individualismo, es decir, el máximo de solidaridad para gozar del máximo de libertad.

El comunismo aparece teóricamente como un sistema ideal que sustituiría en las relaciones humanas la lucha por la solidaridad, utilizaría de la mejor manera posible las energías naturales y el trabajo humano y haría de la humanidad una gran familia de hermanos dispuestos a ayudarse y amarse. Pero ¿es esto practicable en las actuales condiciones morales y materiales de la humanidad? ¿Y dentro de qué límites?

El comunismo universal, es decir, una comunidad sola entre todos los seres humanos, es una aspiración, un faro ideal hacia el cual hay que tender, pero no podría ser ahora, por cierto, una forma concreta de organización económica. Esto, naturalmente, para nuestra época y probablemente por algún tiempo futuro: quienes vivan en el porvenir pensarán en tiempos más lejanos.

Por ahora sólo se puede pensar en una comunidad múltiple entre poblaciones vecinas y afines que tendrían además relaciones de diverso tipo, comunitarias o comerciales; y aún dentro de estos límites se plantea siempre el problema de un posible antagonismo entre comunismo y libertad, puesto que, incluso existiendo un sentimiento que favorecido por la acción económica impulsa a los hombres hacia la hermandad y la solidaridad consciente y voluntaria, y que nos inducirá a propugnar y practicar el mayor comunismo posible, creo que así como el completo individualismo sería antieconómico e imposible, también sería ahora imposible y antilibertario el completo comunismo, sobre todo si se extiende a un territorio vasto.

Para organizar en gran escala una sociedad comunista sería necesario transformar radicalmente toda la vida económica: los modos de producción, de intercambio y de consumo; y esto sólo se podría hacer gradualmente, a medida que las circunstancias objetivas lo permitieran y la masa fuera comprendiendo las ventajas de tal sistema y supiese manejarlo por sí misma. Si en cambio se quisiese, y se pudiese, proceder de golpe por la voluntad y la preponderancia de un partido, las masas, habituadas a obedecer y servir, aceptarían el nuevo modo de vida como una nueva ley impuesta por un nuevo gobierno, y esperarían que un poder supremo impusiese a cada uno el modo de producir y midiese su consumo. Y el nuevo poder, al no saber o no ser capaz de satisfacer las necesidades y deseos inmensamente variados y a menudo contradictorios, y no queriendo declararse inútil y proceder a dejar a los interesados la libertad de actuar como deseen y puedan, reconstruiría un Estado, fundado como todos los Estados en la fuerza militar y policial, Estado que, si lograse durar, sólo equivaldría a sustituir los viejos patrones por otros nuevos y más fanáticos. Con el pretexto, y quizás con la honesta y sincera intención de regenerar el mundo con un nuevo Evangelio, se querría imponer a todos una regla única, se suprimiría toda libertad, se volvería imposible toda iniciativa; y como consecuencia tendríamos el desaliento y la parálisis de la producción, el comercio clandestino o fraudulento, la prepotencia y la corrupción de la burocracia, la miseria general y, en fin, el retorno más o menos completo a las condiciones de opresión y explotación que la revolución se proponía abolir.

La experiencia, rusa no debe haber ocurrido en vano.

En conclusión, me parece que ningún sistema puede ser vital y liberar realmente a la humanidad de la atávica servidumbre, si no es fruto de una libre evolución.

Las sociedades humanas, para que sean convivencia de hombres libres que cooperan para el mayor bien de todos, y no conventos o despotismos que se mantienen por la superstición religiosa o la fuerza brutal, no deben resultar de la creación artificial de un hombre o de una secta. Tienen que ser resultado de las necesidades y las voluntades, coincidentes o contrastantes, de todos sus miembros que, aprobando o rechazando, descubren las instituciones que en un momento dado son las mejores posibles y las desarrollan y cambian a medida que cambian las circunstancias y las voluntades.

Se puede preferir entonces el comunismo, o el individualismo, o el colectivismo, o cualquier otro sistema imaginable y trabajar con la propaganda y el ejemplo para el triunfo de las propias aspiraciones; pero hay que cuidarse muy bien, bajo pena de un seguro desastre, de pretender que el propio sistema sea único e infalible, bueno para todos los hombres, en todos los lugares y tiempos, y que se lo deba hacer triunfar con métodos que no sean la persuasión que resulta de la evidencia de los hechos.

Lo importante, lo indispensable, el punto del cual hay que partir es asegurar a todos los medios que necesitan para ser libres.


Errico Malatesta 


Hacia el Anarquismo - Errico Malatesta

Es una opinión general que nosotros, porque nos denominamos revolucionarios, esperamos que el Anarquismo llegue de golpe — como resultado inmediato de una insurrección que ataque violentamente todo lo que existe y que reemplace todo con  instituciones realmente nuevas. Y a decir verdad, esta idea tampoco falta entre algunos compañeros quienes también conciben la revolución de tal modo.

Este prejuicio explica por qué tantos honestos oponentes creen que el Anarquismo es algo imposible; y también explica por qué algunos compañeros, disgustados con la condición moral presente del pueblo y viendo que al Anarquismo no puede llevarse a cabo pronto, ondulan entre un dogmatismo extremo que les ciega a las realidades de la vida y un oportunismo que prácticamente les hace olvidar que son Anarquistas y que por el Anarquismo han de luchar.

Por supuesto que el triunfo del Anarquismo no puede ser la consecuencia de un milagro; no puede llegar a ser en contradicción con las leyes del desarrollo (un axioma de la evolución acerca de que nada ocurre sin causa suficiente), y nada puede cumplirse sin los medios adecuados.

Si hemos de desear sustituir un gobierno por otro, esto es, imponer nuestros deseos sobre los demás, solo sería necesario combinar las fuerzas materiales necesarias para resistir a los actuales opresores y ponernos en su lugar.

Pero no queremos esto; queremos Anarquismo, que es una sociedad basada en el libre y voluntario acuerdo — una sociedad en la que nadie puede forzar sus deseos sobre otro y en la que todos pueden hacer lo que les plazca y juntos todos contribuirán voluntariamente al bienestar de la comunidad. Pero debido a esto, el Anarquismo no habrá triunfado definitiva y universalmente hasta que todos no solamente no quieran ser mandados sino que no quieran mandar; ni tampoco el Anarquismo habrá tenido éxito a menos que se haya comprendido la ventaja de la solidaridad y se sepa cómo organizar un plan de vida social en la que ya no habrá más trazos de violencia e imposición. Y a medida que la conciencia, la determinación, y la capacidad humana se desarrollen continuamente y hallen medios de expresión en la modificación gradual del nuevo entorno y en la realización de los deseos según la proporción en que se  formen y se tornen imperiosos,  así es también con el Anarquismo; el Anarquismo no puede llegar si no es poco a poco, pero por seguro, creciendo en intensidad y extensión.

Por ende, el tema no es si es que logramos el Anarquismo hoy, mañana, o en diez siglos más, sino que caminemos hacia el Anarquismo hoy, mañana, y siempre.

El Anarquismo es la abolición de la explotación y la opresión del humano por el humano, es decir, la abolición de la propiedad privada y el gobierno; el Anarquismo es la destrucción de la miseria, de las supersticiones, del odio. Por lo tanto, cada bofetada a las instituciones de la propiedad privada y al gobierno, toda exaltación de la conciencia humana, toda irrupción de las condiciones presentes, toda mentira desenmascarada, todo asunto de la actividad humana que le sea despojado al control de las autoridades, todo aumento del espíritu de solidaridad y de iniciativa, es un paso hacia el Anarquismo.

El problema yace en saber escoger la ruta que realmente se acerca a la realización del ideal y en no confundir el progreso real con reformas hipócritas. Pues con el pretexto de obtener mejorías inmediatas, estas falsas reformas tienden a distraer a las masas de la lucha contra la autoridad y el capitalismo; sirven para paralizar sus acciones y les hace tener esperanzas en que algo puede lograrse por medio de la amabilidad de los explotadores y los gobiernos. El problema está en saber usar el poco poder que tenemos para que sigamos logrando, en el modo más económico, más prestigio para nuestra meta.

Hay en cada país un gobierno que, con la fuerza bruta, impone sus leyes sobre todos; obliga a todos a someterse a la explotación y a mantener, ya sea así lo quieran o no, las instituciones existentes. Prohíbe a los grupos minoritarios impulsar sus ideas, e impide que las organizaciones sociales en general se modifiquen a sí mismas de acuerdo a, y con, las modificaciones de la opinión pública. El curso normal y pacífico de la evolución es frenado mediante la violencia, y por ende con violencia es necesario reabrir ese curso. Es por esta razón que queremos una revolución violenta hoy; y hemos de quererla siempre — mientras la humanidad esté sometida a la imposición de asuntos contrarios a sus deseos naturales. Retiren la violencia gubernamental y la nuestra no tendrá razón de existir.

No podemos aún derribar el gobierno prevalente; quizás mañana desde las ruinas del gobierno presente no podamos prevenir el surgimiento de otro similar. Pero esto no nos impide, ni lo hará mañana, resistir toda forma de autoridad, negándonos siempre a someternos a sus leyes toda vez posible, y constantemente usando la fuerza para oponernos a la fuerza.

Todo debilitamiento de todo tipo de autoridad, todo incremento de libertad será un progreso hacia el Anarquismo; siempre ha de ser conquistada — nunca solicitada; siempre debe hacernos considerar al Estado como un enemigo con el que nunca debemos hacer la paz; siempre debe hacernos recordar bien que la disminución de los males producidos por el gobierno consiste en la disminución de sus atributos y poderes, y los términos resultantes deben ser determinados no por quienes gobernaron sino por quienes eran gobernados. Con gobierno nos referimos a toda persona o grupo de personas en el Estado, país, comunidad, o asociación que tiene el derecho a hacer leyes e infligirlas sobre quienes no las desean.

No podemos aún abolir la propiedad privada; no podemos regular los medios de producción, lo que es necesario para trabajar libremente; quizás no seamos capaces de hacerlo en el siguiente movimiento insurreccional. Pero esto no nos previene ahora, ni lo hará en el futuro, de continuar oponiéndonos al capitalismo o a cualquier otra forma de despotismo. Y cada victoria, por pequeña que sea, obtenida por los trabajadores contra sus explotadores, cada disminución del lucro, cada poco de riqueza tomada de los propietarios y puesta a disposición de todos, ha de ser un progreso — un paso adelante hacia el Anarquismo. Siempre debe servir a agrandar el clamor de los trabajadores y a intensificar la lucha; siempre debe ser aceptado como una victoria sobre un enemigo y no como una concesión por la que debamos estar agradecidos; siempre debemos permanecer firmes en nuestra resolución a tomar con fuerza, tan pronto como sea posible, aquellos medios que los propietarios privados, protegidos por el gobierno, han robado a los trabajadores.

Habiendo desaparecido el derecho a la fuerza, habiendo sido puestos los medios de producción bajo el manejo de quienes quieran producir, el resultado debe ser el fruto de una evolución pacífica.

El Anarquismo no podría ser, ni nunca será, si no fuese por aquellos pocos que lo desean y lo desean solo en aquellas cosas que pueden lograr sin la cooperación de los no-anarquistas. Esto no significa necesariamente que el ideal del Anarquismo tendrá poco o nada de progreso, pues poco a poco sus ideas se extenderán a más personas y a más cosas hasta que haya abarcado a toda la humanidad y a todas las manifestaciones de la vida.

Habiendo derribado al gobierno y a todas las peligrosas instituciones existentes que con la fuerza defiende, habiendo conquistado la libertad completa para todos y con ella todos los medios para regular el trabajo sin los cuales la libertad sería una mentira, y mientras luchamos por llegar a ese momento, no pretendemos destruir aquellas cosas que nosotros poco a poco reconstruiremos.

Por ejemplo, funciona en la sociedad presente el servicio de suministro de alimentos. Esto se hace muy mal, caóticamente, con gran pérdida de energía y material y con intereses capitalistas en vista; pero después de todo, de un modo u otro debemos comer. Sería absurdo querer desorganizar el sistema de producción y distribución de alimentos a menos que podamos sustituirlo por algo mejor o más justo.

Existe el servicio postal. Tenemos miles de críticas que hacer, pero por mientras lo usamos para enviar nuestras cartas, y seguiremos usándolo, sufriendo todas sus fallas, hasta que seamos capaces de corregirlo o reemplazarlo.

Hay escuelas, pero tan mal que funcionan. Pero no por esto dejamos que nuestros niños permanezcan en la ignorancia — rehusándonos a que aprendan a leer y escribir.

Mientras tanto esperamos y luchamos por un momento en que seamos capaces de organizar un sistema de escuelas modelo para acomodarlos a todos.

De esto podemos ver que, para llegar al Anarquismo, la fuerza material no es lo único para hacer la revolución; es esencial que los trabajadores, agrupados de acuerdo a las diversas ramas de producción, se pongan en la posición que asegurará el apropiado funcionamiento de su vida social — sin la asistencia o la necesidad de capitalistas ni gobiernos. 

Y vemos además que los ideales Anarquistas están lejos de entrar en contradicción, como claman los “socialistas científicos”, con las leyes de la evolución enunciadas por la ciencia; son una concepción que se adecua a estas leyes perfectamente; son el sistema experimental traídos desde el campo de la investigación al de la realización social. 

Errico Malatesta  


Texto traducido por Adrian desde la versión en inglés disponible en The Anarchist Library   como Towards Anarchism



domingo, 14 de septiembre de 2014

La sustancia ideal - Teresa Claramunt


La Anarquía no es una abstracción, una quimera. No es la imagen milagrosa colocada en un Santuario para que en las gradas de su altar depositen sus ofrendas los que en compacta peregrinación invocan un beneficio celestial por no haber sabido obtenerlo en la tierra. Bienestar que su debilidad les niega.
 
La Anarquía tampoco es un dogma, un sistema que estreche en sus pliegues, en sus códigos y en sus reglamentos las voluntades de todos y cada uno de los individuos.

La Anarquía es la práctica de la vida, la obra de cada uno, de todos; se vive en ella a todas horas, a todos instantes, en todas ocasiones, siempre que los hombres hayan sabido desprenderse de esas mentiras, hipocresías y perjuicios que infectan el organismo social presente.

Por el hecho mismo de que la Anarquía es la obra de todos, de la total humanidad, rechaza ser el ideal de una sóla clase, no refleja una aspiración sectaria, ni tiende a perpetuar las luchas homicidas, dividendo a los hombres con esa crueldad ejercida por todos los sistemas políticos y religiosos, y, en virtud de ellos, no podemos ni debemos limitar nuestra esfera de acción a un solo punto dado. 

A todos oprime, enferma y mata el medio social existente. Así en la cabaña del pobre como en el palacio del rico, en la miseria de los unos y en el lujo de los otros, superviven los vicios, los despotismos, las tiranías.

Héroes, mártires y desinteresados han brillado como soles en todas las clases. Avaros, ruines, déspotas y soberbios han engendrado igualmente los grandes y pequeños, los ricos y los pobres.

La esclavitud afecta a todos los órganos, ya que no sólo se vive de pan, sino que necesariamente también de amores. La miseria económica y la miseria moral igualmente nos hará incapaces de vivir la vida cuyo albor rosado describe nuestra mente. Si esto es cierto, y nosotros hemos dividido nuestros esfuerzos en lo falso. Nada robustece tanto la resistencia contra lo que no tiene razón de ser, como la acción adecuada al concepto o ideal renovador que se defiende, y nosotros hemos abandonado, en mucha parte, esa integridad, sugestionados por el principio justo de que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos.

Este principio es justo, pero ante la magnitud del problema social, cuya solución afecta a todos los órdenes de la vida, es comprimido, parcial. Revela un sentimiento admirable; pero no es completo, no es perfecto.

Para que nuestras energías no sufran alteraciones, es necesario desarrollarlas en ambientes más puros, más sanos, más estrictos, inscribiéndolas en nuestros libros, en nuestros periódicos, en nuestras hojas.

La redención moral, intelectual y económica de la humanidad ha de ser obra de los hombres libres, de los anarquistas íntegramente.

Teresa Claramunt

Tribuna Libre, Gijón, 22-V-1909


Texto tomado del Libro Teresa Claramunt, la virgen roja barcelonesa,(pag 155) el cual pueden consultar completo haciendo clic aquí.

La igualdad de la Mujer - Teresa Claramunt


Esta serie de artículos aparecidos en Bandera Social con el título «La igualdad de la mujer» (2/16/2-X-1886 y 25-XI-1886) no llevan firma pero son atribuidos a Teresa Claramunt, ya que su lectura denota las características de su estilo. Sobre esta cuestión se puede consultar: ÁLVAREZ JUNCO, José: La ideología política del anarquismo español (1868-1910). Ed. Siglo XXI, Madrid, 1991, p. 303.
La mujer es inferior al hombre. Sus facultades físicas e intelectuales lo prueban superadamente.
Tal es la afirmación que imperturbablemente lanzan los burgueses siempre que se habla de los derechos de la mujer.
¿Decís que la mujer es inferior al hombre? Eso será verdad, quizá, en esta innoble sociedad en que vivimos. Por la dependencia material a que está sujeta, separada de todas las funciones que no son serviles, reducida a un salario insuficiente, obligada a venderse en casamiento a cambio de una protección a menudo ilusoria o alquilarse para un concubinato en el que sabe ha de ser despreciada, la mujer es, en efecto, inferior al hombre, que goza de monstruosos privilegios.
Imponiéndola una verdadera servidumbre moral, declarándola hecha para someterse exclusivamente a él, ordenándola una sumisión incondicional, que, por consiguiente, le arrebata toda iniciativa, se la reduce al estado de máquina o se la convierte en un objeto.
Pero ¿creéis, señores burgueses, que este estado de servilismo en que mantenéis a la mujer prueba su inferioridad? Os alabáis de una pretendida superioridad física e intelectual, citándonos triunfalmente las conclusiones de vuestros psicólogos y fisiólogos, conclusiones basadas principalmente en el género de vida tan diferente en que se desarrollan el hombre y la mujer.
¿Creéis, pues, que se puede declarar inferior un ser por el sólo hecho de que difiera de otro, sobre todo cuando esta diferencia proviene de la facultad que le distingue, determinando su función en la vida?
Y bien; yo soy mujer, me considero perfectamente igual a vosotros, mis facultades tan nobles como las vuestras y mis órganos tan útiles en la evolución general del gran todo humano.
Si la mujer es inferior al hombre respecto a fuerza, en cambio, como reproductora de la especie, es el primer obrero de la humanidad. Por otra parte, se exagera en exceso la inferioridad muscular de la mujer. Históricamente, la mujer ha sido siempre la principal bestia de carga, y en la actualidad comparte con el hombre los trabajos más penosos.
Porque la fuerza física de la mujer no sea exactamente igual a la del hombre, no se deduce lógicamente que no pueda gozar iguales derechos. ¡Hay en la especie animal tantos seres superiores al hombre! Y dentro de la misma escala racional hay tantos hombres superiores en fuerza física unos a otros, que si hubiera de tomarse dicha fuerza como regulador de los derechos, habría quien tuviera una gran cantidad de ellos y quien no poseyera ninguno.
Esto, apenas se enuncia, demuestra una notoria injusticia que si ha podido pasar en el ayer de la humanidad, cuando la fuerza era el distintivo de la razón; si todavía hoy sobrevive merced a las raíces que las costumbres bárbaras han echado en la sociedad, mañana, ese mañana tan suspirado para todos los que tienen sed de justicia, sólo servirá de afrentoso recuerdo.
Ninguna imaginación que no está obstruida por la aberración más crasa, ningún criterio que no esté ofuscado por el embrutecimiento más inconcebible, puede suponer siquiera que el ser, por ser más fuerte, por tener desarrollado en mayor grado su sistema muscular, ha de gozar de mayores preeminencias, tener mayores goces y disfrutar de mayores prerrogativas.
Que si esto no pugnara abiertamente con las más rudimentarias reglas de justicia, reñido estaría desde luego con el espíritu de igualdad que cada vez más, hasta que llegue a definitivo auge, va informando el modo de ser y las relaciones sociales.
Los partidos reaccionarios y aun muchos de los que se llaman demócratas, republicanos y revolucionarios en cierto grado, son los que fomentan con más ahínco la inferioridad de la mujer y se oponen sistemáticamente a que ésta ocupe en la sociedad el rango que le pertenece.
Y no obstante esta aberración de entendimiento, los reaccionarios, mejor dicho, la clerecía ha conseguido, dominando a la mujer, tener bajo su férula a la sociedad. Así se comprende su tenacidad porque ésta no se ilustre; pues una vez ilustrada y al tanto de lo que son en resumen todas las farsas religiosas, terminaríase ese modus vivendi, merced al cual los zánganos de las religiones chupan sin cesar el jugo de la colmena social.
¿Cómo es posible que el día que la mujer sepa, por lo que acredita la ciencia, que su hijo, lejos de ganar algo con lo primero a que le obliga la iglesia, el bautismo, se halla en inminente riesgo de, entre otras afecciones, perder la vista, de lo cual hay buen número de ejemplos, le lleve a bautizar?
Pues para que no desaparezca esta gabela, una de las más importantes que recibe la iglesia, se hace necesario que la mujer sea un zote; educadla y las pilas bautismales criarán telarañas de no usarse, y los recién nacidos se desarrollarán tan frescos y robustos con su pecado original encima, debajo, dentro o fuera, que para el caso es lo mismo.
Bandera Social, Madrid, 2-X-1886

II Parte
Los límites de un periódico semanal son poco a propósito para tratar el complejo problema de la igualdad de la mujer.
Las preocupaciones, arraigadas al cabo de tantos siglos, han constituido, por decirlo así, una segunda naturaleza y, dolorosamente, sufre gran retardo en su camino la marcha del progreso.
Pero algo ha de hacerse, y aunque no nos quepa a nosotros la gloria de ser los iniciadores en un problema tan racional, lógico y humano, no por eso hemos de cruzarnos de brazos; todo al contrario, dada la trascendencia del asunto y la necesidad imprescindible de que la razón se abra paso, allá vamos con nuestro óbolo, con nuestra piqueta revolucionaria, a horadar la muralla que interpone el absurdo privilegio a la luz de la libertad, de la igualdad y de la ciencia.
Torpes por demás han andado en este asunto todos los que, llamándose revolucionarios, han relegado la cuestión de la mujer a un completo olvido, desconociendo la importancia que este primer e importante factor ejerce en los destinos humanos.
Las religiones, habremos de repetirlo, más ilustradas en lo que a su beneficio pecuniario atañe, más experimentadas por sus íntimos conocimientos, han dejado hacer a los hombres de pelo en pecho, y seguramente se han reído sus secuaces cuando los oían gritar ¡viva la libertad! Sabiendo perfectamente que más o menos pronto, aquellos alardes serían dominados por ellos, con fingida mansedumbre, desde el confesionario, y sus prerrogativas no serían cercenadas.
Pudiera aquilatarse la fuerza que la mujer, sin darse cuenta de ello, ha arrojado en el lado de la balanza de la reacción, y muchos, que quizá toman este asunto cual cosa baladí, vendrían a ponerse a nuestro lado, reconociendo paulatinamente, que no es posible una sociedad libre e instruida allí donde la mujer sea esclava e ignorante.
Además de esto, existe una cuestión de derecho en este asunto.
Ha sido tal la necesidad de nuestros antepasados y aun la de muchos que en la actualidad viven para juzgar acerca de la mujer, que parece ciertamente que se han incubado, plantas exóticas, fuera del seno materno. Ciertamente que oyendo a muchos discurrir a este propósito se pregunta, no el hombre pensador, no el filósofo, sencillamente el que tiene despejado el cerebro: ¿habrá tenido este energúmeno madre?
Y como, salvo mamá Eva, que ya saben ustedes aquello de la costilla es muy difícil haya existido hijo sin madre, que más fácil existiera sombra sin luz, y como la sociedad se compone de todos estos hijos con madre, no se explica a satisfacción el que los hijos cometan parricidio moral de negar a la autora de sus días, a la que los tuvo en su regazo. Los besó cuando niños, los alimentó con la fuerza creadora de su sangre, la igualdad y la libertad que para sí reclaman.
Cosas absurdas hay en verdad en este mundo que parece vaciado en el crisol de la aberración, pero ésta es de las más piramidales.
¡Y todo debido a la maldita ignorancia, a la deficiente enseñanza, a la involucración sistemática y constante de las puras fuentes de la razón y la ciencia!
Porque esos mismos a quienes decís ¿tú eres partidario de la igualdad de la mujer? Y os contestan, sin pararse un momento a reflexionar, y con la misma prisa que se daba aquel aragonés para alcanzar a su burro, a quien, para que corriera, metió una guindilla en mala parte, introduciéndose otra él en el mismo sitio; pues bien esos mismos que dicen, blasfemando disparates, que la mujer debe encerrarse en su casa, cuidar sus pucheros, y cuando más saber mal leer y escribir, porque hoy la mayor parte de los que leemos lo hacemos por antonomasia, no están conformes con lo que dicen, o mejor dicho, no saben lo que se dicen.
Conviene, aunque seamos un poco difusos en este punto, sentar algunos ejemplos.
Supongamos el enemigo más enemigo de los derechos de la mujer.
Decidle: ¿crees tú que tu madre, sin la coacción que ejerce el matrimonio, hubiera sido honrada y cumplido fielmente los deberes que se impuso al unirse con tu padre? Quizá nos os deje acabar sin responder afirmativamente.
Insistid en la pregunta. Luego si tú supones, fundadamente, que tu madre no necesitaba sino su libérrima voluntad para el cumplimiento de su deber, ¿Por qué las demás no se encontrarían en el mismo caso y, por lo tanto, huelga el cohibirlas y es ridículo el matrimonio, que tiene todo el carácter de una imposición y de una intrusión, en asuntos meramente de conciencia, de personajes a quienes no conocéis, y que a no ser la costumbre, todas esas ceremonias servirían de argumento para un sainete?
Aquí es seguro ya no os conteste tan deprisa. Cuando más, y después de rascarse la oreja, balbuceará como chico que une letras: «Hombre, mi madre, sí; pero las demás..., mira el casamiento es conveniente porque fulano abandonó a zutana estando casado; con que ¿qué hubiera hecho si no está casado?»
Este modo de raciocinar (de algún modo hemos de llamarle) es privativo de los constantes obstruccionistas a los derechos de la mujer, y demuestra por sí únicamente los serios fundamentos en que se apoyan los mantenedores del statu quo en materia de derechos femeniles.
Creemos haber demostrado que, de todos los despotismos, no hay ninguno tan inconcebible como el del hijo que sostiene que la mujer, en cuya voz colectiva se cuenta la que le dio el ser, debe permanecer relegada al estado de cosa.
¡El hijo, que no hubiera sido sin su madre, negando sus derechos a la que debe la existencia!
Bandera Social, Madrid, 16-X-1886

III Parte
Parece que tal exabrupto sólo debiera ocurrírsele a la burguesía, que ni ve, ni oye, ni entiende, ni reconoce otros lazos que los que le proporcionan aumentar algo más el capitalito ganado a fuerza de trabajos y sudores de otros.
Pero aún hay más: hemos presentado el ejemplo del hijo y la madre, porque así debía ser si habíamos de comenzar por el principio.
Dejemos a un lado hermanas y demás, para venir a la cuestión capital: marido y mujer.
Demos de barato que el hijo a quien antes encontramos en su camino vuelve a aparecer para ayudarnos a dar cima a nuestro trabajo.
Es natural suponer no se ha convencido, pues es sabido que el error se aprende con tanta facilidad como es difícil a la razón abrirse paso.
Así, pues, nuestro hombre, si así puede llamarse, sigue en sus trece, sino ha llegado ya a veintiséis o más.
Está casado, como Dios manda, lo cual es una desgracia en los tiempos burgueses que corremos.
Por consiguiente, tiene mujer; es suya (pues no queremos pensar mal), como mandan los cánones.
Ha pasado eso que se llama luna de miel cuando la volvemos a encontrar.
Después de la cortesía del saludo, tratamos de explorar su voluntad en distinta forma que lo hicimos anteriormente.
Al efecto damos comienzo a la información.
—¿Te has casado?
—Sí.
—¿Y qué tal es, no tu futura, sino tu presente?
—Hasta ahora no marcha mal.
—¿Es instruida?
—Hombre, nacida de padres que apenas tenían para comer con lo que trabajaban, tuvieron que ponerla a oficio desde muy niña: así que sólo ha aprendido a guarnecer botas.
—¿De modo que de enseñanza?
—Solamente ha aprendido lo que enseñaban en una escuela dominical, que es poco o nada.
—Y mañana, cuando tenga hijos ¿qué les va a enseñar?
—Ella nada. Yo haré todo lo posible porque vayan a una escuela.
—¿Del ayuntamiento?
—Claro; no tengo medios.
—¿Y no sabes que en esas escuelas lo que aprenden, según están montadas, es muchas cosas de las que no debían aprender?
—No tengo otro remedio. Harto lo siento.
—Aunque no soy rencoroso, voy a recordarte lo que me decías ha ya tiempo al preguntarte si eras partidario de que la mujer tuviera los mismos derechos que el hombre.
—¿Y qué tiene que ver eso con mis hijos?
—Lo verás. Cuando yo te preguntaba eso, no te quería decir lo que generalmente se entiende por igualdad de la mujer. Los anarquistas creemos que ésta, mitad o más del género humano, no debe ser una bachillera, que, como hoy se practica en muchas vecindades, se lleva todo el día de aquí para allá charlando como un sacamuelas y abandonando, por esa hidrofobia de exhibirse, sus atenciones para con la familia y sus deberes como esposa y como madre.
—Pues, ¿qué queréis entonces?
—Queremos que, en lugar de eso que piensan muchos cerebros obtusos, la mujer tenga mucha instrucción, con lo cual no es temible la libertad; queremos, que así como hoy tiene que enviar sus hijos a la escuela al cuidado de maestros más atentos a cobrar su asignación (salvo alguna rarísima excepción) que a alumbrar la inteligencia de 40 o 50 niños, que asisten a las escuelas por término medio, pueda educar a sus hijos en los primeros pasos de la vida y prepararlos a mayores estudios; queremos que habiendo desarrollado sus conocimientos, no sólo sea el pedagogo del niño, sino el galeno provisional que, merced a su ilustración, pueda, con ayuda de manuales especiales, atender a los cuidados primeros que requiere la salud del pequeñuelo cuando ésta se quebrante.
—Eso me parece bien; pero lo creo mucho.
—No tal, puesto que nuestra pretensión no es que posea en absoluto todas las ciencias, sino que aquella cuyos prematuros cuidados maternales le impidan adquirirlos en mayor extensión, tenga rudimentarios principios de cuanto es necesario que la mujer que ha de constituir familia necesita. De ese modo no cabe duda que será buena hija, buena esposa y buena madre.
—Hasta ahí estamos de acuerdo: pero yo he oído hablar de amor libre y de no sé cuántas cosas más.
—Iremos llegando poco a poco. Lo primero que hemos convenido es que es conveniente que la mujer sepa algo más que barrer, remendar, espumar el puchero, y no tenga otras luces que las que se necesitan para conversar con las vecinas, que como también carecen de conocimientos, sus conversaciones, tarde o temprano, han de degenerar en eso que vulgarmente denominan chismes de vecindad, originados por lo común a disgustos sin cuento. Que si tuvieran más luces, quizá aprovecharían el tiempo en cosa más útil, por ejemplo, en excogitar los medios de venir en ayuda de la vecina cuyo hijo, hermano o padre se encontrara en el lecho del dolor, o en instruir a los niños que hoy, después de ir a clase, sólo viven en la calle, o en el patio, oyendo lo que no debieran de oír.
—Eso lo entiendo. Pero deseo me orientes respecto a los otros puntos que te he preguntado.
Bandera Social, Madrid, 23-X-1886

IV Parte
—Pues esa hipocresía y falsedad no es transitoria e individual, sino permanente y casi general.
Si fuera fácil descubrirle todas las miserias que se ocultan en esos hogares donde moran los grandes personajes. Si pudieras sorprender los secretos de esas familias encopetadas cuyos blasones deslumbran. Si penetras en lo íntimo, en lo que se oculta a nuestra vista tras adamascados cortinajes, es seguro vencieras la repugnancia que, al parecer, sientes hacia lo que, por lo mismo que es la encarnación de la justicia, hacen tanta oposición los que tienen el corazón podrido por la inmoralidad.
La alta burguesía es una clase desenfrenada, sin humanidad, sin cariño ni otro lazo que el interés.
Huera en materia de virtudes, exhausta de todo noble sentimiento, envilecida en la malicie más repugnante, no hay freno que la contenga, y así mancha el tálamo nupcial como perpetra en sus orgías y bacanales los más repugnantes vicios, los extremos de goces más inverosímiles y contrarios a la naturaleza.
Según eso, el adulterio es la norma a que se ajustan los que nos predican con la palabra moralidad.
¡El adulterio! Para nuestros burgueses, el adulterio es una frase inodora. Es un señor a quien saludan respetuosamente si le encuentran de paso y de quien se burlan en cuanto ha traspuesto la esquina.
Mejor dicho, el adulterio es visita de las casas aristocráticas, visita tan constante, que se ha familiarizado ya con los cónyuges. Ni él exige nada, ni éstos le guardan otros respetos que los de la etiqueta más frívola.
Esto te lo explicarás fácilmente si observas que, a pesar de ser tan grande el número de burgueses y burguesas que, por rendir tributo a la nota y al buen tono, cambian con frecuencia de consorte, apenas si oyes se haya celebrado un divorcio.
El adulterio entre los grandes es un mito en el que no reparan las gentes de alta alcurnia. Cuando más, algunos maridos suelen aprovecharse de él para convertirle en elemento cotizable.
Si la cara mitad es rica, apronta una cantidad como precio a esta libertad, y el tolerante esposo se aprovecha de este dinero para jugar y profanar santidades que aparecen respetables.
Suele acontecer que la fiel esposa, cansada de comprar tan caro el secreto, niegue alguna vez lo solicitado por su indisoluble consorte. Éste se enfurece y la amenaza con que el escándalo va a ser tan mayúsculo que se van a enterar hasta las naciones extranjeras.
Y ya ves, por desarrollada que sea una mujer en el vicio, esto la atemoriza y sigue soltando jugo.
Que es lo que realmente desea el envilecido eunuco para poder satisfacer a su devoción los múltiples caprichos de un ser estragado física y moralmente.
Algo de eso tengo yo oído cuando tenía relaciones con la doncella, pero no me negarás ahora, que si bien eso es cierto en cambio destruye vuestras pretensiones de que a la mujer le es suficiente con ilustrarse para que pueda ser un dechado de moral.
Por lo general, la burguesía es instruida, tiene medio de educarse. Sus hijos frecuentan las universidades, los ateneos, los centros del saber, en fin; sus hijas van a los colegios, no solamente españoles sino extranjeros.
Afinas la puntería, a lo que parece, y quizás sin quererlo, aduces argumentos que no se le hubieran ocurrido a Santo Tomás, gran dechado en teología.
Sin embargo, voy a tratar de probar como esas, que a simple vista parecen razones de peso, sólo tienen una falsa apariencia de doblé.
Desde luego yo no puedo asegurarte, porque no he penetrado siquiera en uno de esos colegios de jesuitas a donde va a parar la flor y nata de nuestros burguesitos, cuál es en detalle la educación que reciben.
Pero a juzgar por las manifestaciones exteriores y lo que la razón indica, puede conjeturarse en parte que ésta no es muy lúcida.
Tú bien conoces que esos sayas negras saben perfectamente donde les aprieta el zapato: habida cuenta de esto, no he de esforzarme mucho para demostrarte que lo que para ellos (las sotanas) desean es que se prolongue la estancia de los muchachos, puesto que éstos pagan por manutención, residencia y educación sumas crecidas que aumentan el tesoro de los hijos de Loyola.
Así, ya puedes figurarte si pondrán de su parte todos los recursos imaginables para que no se les acabe la bicoca.
Esto de una parte, y de otra ¿qué ilustración puede adquirirse en unos antros donde a porfía se ponen todos los medios para extraviar la razón y hacerla refractaria a las luces de la investigación científica; donde la libertad se subordina al fanatismo; donde, en fin, existe una atmósfera mefítica que emponzoña en su nacimiento las ideas más puras y los sentimientos más nobles?
¿Por ventura este género de educación sui generis, sólo concretada al servicio de una clase egoísta, puede proporcionar beneficios a la humanidad en general?
Bandera Social, Madrid, 25-XI-1886

Fuente: Eviado al email