sábado, 27 de septiembre de 2014

Mujeres, globalización y movimiento internacional de mujeres - Silvia Federici


Las imágenes de mujeres agarrando firmemente a sus hijos entre las ruinas de lo que una vez fueron sus hogares, o luchando por entretenerlos bajo las tiendas de los campos de refugiados, trabajando en las maquilas, en los burdeles o como empleadas domésticas en países extranjeros, han supuesto durante años la esencia de noticias e informes. Y las cifras estadísticas apoyan la historia de victimización descrita por esas imágenes, tanto que la «feminización de la pobreza» se ha convertido en una categoría sociológica. Aun así, los factores que motivan tal deterioro dramático de las condiciones de vida de las mujeres ―y que coincide irónicamente con la campaña de las Naciones Unidas para mejorar la situación de las mujeres1― no se entienden correctamente en Estados Unidos, ni siquiera en los círculos feministas. Las sociólogas feministas están de acuerdo en que las mujeres de todo el mundo están pagando un «precio desproporcionado» por la «integración en la economía global» de sus países. Pero las causas de esta miseria, de estos problemas, no se discuten, o se atribuyen al sesgo patriarcal de las agencias internacionales que gobiernan la globalización. Por ello, algunas organizaciones feministas han propuesto una nueva «marcha sobre las instituciones» con el objetivo de influir sobre el desarrollo global y hacer que agencias financieras como el Banco Mundial sean «más sensibles respecto al tema del género».2 Otras organizaciones han empezado a presionar a los Gobiernos para que implementen las resoluciones de la ONU, convencidas de que la mejor estrategia es «la participación».

Sea como sea, la globalización es especialmente catastrófica para las mujeres y no porque la controlen agencias dominadas por hombres, que no son conscientes de las necesidades de las mujeres, sino por los objetivos que se ha marcado la globalización.

El objetivo primordial de la globalización es proporcionar al capital el control total sobre el trabajo y los recursos naturales y para ello debe expropiar a los trabajadores de cualquier medio de subsistencia que les permita resistir un aumento de la explotación. Y dicha expropiación no es posible sin que se produzca un ataque sistemático sobre las condiciones materiales de la reproducción social y contra los principales sujetos de este trabajo, que en la mayor parte de los países son mujeres.

Se victimiza a las mujeres también por ser culpables de los dos principales crímenes que se supone debe de combatir la globalización. Ellas son las que, a través de sus luchas y resistencias, más han contribuido a «valorizar» el trabajo de sus hijos y de las comunidades, desafiando las jerarquías sexuales sobre las que se ha desarrollado el capitalismo, y las que han forzado a los Estados a aumentar sus inversiones en la reproducción de la mano de obra.3 También se han convertido en las principales defensoras del uso no capitalista de los recursos naturales (tierras, agua, bosques) y de la agricultura orientada a la subsistencia, interponiéndose como consecuencia en la mercantilización de la «naturaleza» y la destrucción de los comunes aún existentes.4

Esta es la razón por la que la globalización en cualquiera de sus formas capitalistas ―ajuste estructural, liberalización del comercio, guerras de baja intensidad― es en esencia una guerra contra las mujeres; una guerra especialmente devastadora para las mujeres del «Tercer Mundo», pero que socava la forma de vida y la autonomía de todas las mujeres proletarias del mundo, incluyendo las que viven en los «avanzados» países capitalistas. De esto se desprende que la condición económica y social de las mujeres no se puede mejorar sin luchar contra la globalización capitalista y sin una deslegitimación de las agencias y de los programas que sustentan la expansión global del capital, comenzando por el FMI, el Banco Mundial y la OMC. Por ello, cualquier intento de «empoderar» a las mujeres «generizando» estas agencias no solo será improductivo, sino que producirá por fuerza un efecto mistificador, que posibilitará a estas agencias la cooptación de las luchas que llevan a cabo las mujeres contra la agenda neoliberal y por la construcción de una alternativa no capitalista.5


Globalización: un ataque a la reproducción


Para comprender por qué la globalización supone un ataque contra las mujeres debemos hacer una lectura «política» de este proceso como una estrategia diseñada y dirigida a la rendición del «rechazo al trabajo» de la fuerza de trabajo mediante la expansión global del mercado laboral. Es la respuesta a un ciclo de luchas que, desde los movimientos anticolonialistas, pasando por el Black Power, hasta los movimientos feministas y obreros de los años sesenta y setenta, desafiaron la división internacional del trabajo y provocaron no solo una crisis histórica de beneficios sino también una revolución social y cultural. Las luchas de las mujeres ―contra la dependencia de los hombres, por el reconocimiento del trabajo doméstico, contra las jerarquías raciales y sexuales― supusieron un aspecto clave en esta crisis. Por lo que no es casual que todos los programas asociados a la globalización señalen a las mujeres como objetivo principal. 

Los Programas de Ajuste Estructural (PAE), por ejemplo, pese a su promoción como herramientas para la recuperación económica, han destruido los modos de subsistencia de las mujeres, haciendo imposible que se reproduzcan ellas y sus familias. Uno de los objetivos principales de los PAE es la «modernización» de la agricultura, es decir, la reorganización de la misma en base al comercio y la exportación. Lo que conlleva un aumento del terreno dedicado a los cultivos comerciales y que más mujeres, las principales agricultoras de subsistencia del mundo, se vean desplazadas. Las mujeres también se han visto desplazadas por el retraimiento del sector público que ha provocado el desmantelamiento de los servicios sociales y del empleo público. También aquí las mujeres han sido las que han pagado el precio más alto no solo porque han sido las primeras en resultar despedidas sino también porque la falta de acceso a la asistencia sanitaria y al cuidado infantil marca para ellas la diferencia entre la vida y la muerte.6

La creación de las «cadenas de montaje globales», con talleres en los que se trabaja en condiciones de semiesclavitud (sweatshops)7 a lo largo y ancho del planeta y que se alimentan del trabajo de mujeres jóvenes, también forma parte de la guerra contra las mujeres y la reproducción social. Es cierto que la posibilidad de trabajar en la industria del mercado global puede representar una oportunidad de adquirir mayor autonomía para algunas mujeres.8 Pero incluso aunque esto fuese verdad, es una autonomía que las mujeres pagan con su salud y con la imposibilidad de tener una familia debido a las largas jornadas de trabajo y a las terribles condiciones laborales en las zonas de libre comercio. Es una ilusión suponer que el trabajo en estas áreas industriales pueda ser una buena solución temporal para las mujeres en edad de casarse. Muchas de ellas terminan malgastando sus vidas encerradas en estas fábricas-presidio, e incluso aquellas que las abandonan arrastran secuelas físicas. 

Como en el caso de las mujeres jóvenes que, en Colombia o Kenia, trabajan en la industria de las flores, que tras años e incluso meses de trabajo se quedan ciegas o desarrollan enfermedades mortales debido a la constante exposición a fumigaciones y pesticidas.9 

Otra evidencia de la guerra que las agencias internacionales mantienen contra las mujeres, especialmente en el Sur, es el hecho de que tantas de ellas se hayan visto forzadas a migrar hacia el Norte, donde, a menudo, el único empleo que encuentran es el de trabajadoras domésticas. De hecho, son las mujeres del Sur las que hoy en día cuidan de los niños y de las personas mayores en muchos países de Europa y Estados Unidos, un fenómeno que algunos han descrito como el desarrollo de la «maternidad global» y de los «cuidados globales».10 

En su proceso de consolidación, la nueva economía mundial depende seriamente de la desinversión estatal en el proceso de reproducción social. Tan crucial es la disminución de los costes laborales para los benefi cios de la nueva economía global que, en los lugares en los que la deuda y el reajuste estructural no han sido sufi cientes, las guerras han completado esta tarea. En otros textos he argumentado por qué muchas de las guerras habidas en los últimos años en el continente africano emergen claramente de las políticas de ajuste estructural, que exacerban los confl ictos y excluyen a las elites locales de cualquier otro modo de acumulación que no sea el pillaje y el saqueo. Pero aquí lo que quiero recalcar es el hecho de que gran parte de las guerras contemporáneas se dirigen a destruir la agricultura de subsistencia y en consecuencia su objetivo son las mujeres. Esto es cierto tanto en la «lucha contra la droga», que sirve para destruir los cultivos de pequeños campesinos, como en el caso de las guerras de baja intensidad y las «intervenciones humanitarias». 

Aparte, existen otros fenómenos derivados del proceso globalizador que tienen consecuencias devastadoras en las mujeres y en la reproducción: la contaminación medioambiental, la privatización del agua ―última misión encomendada al Banco Mundial que arrogantemente predice que las guerras del siglo XXI serán las guerras por el agua―, la deforestación y exportación de bosques enteros.11 

Existe una lógica en los regímenes laborales actuales que retrotrae a los tiempos de la etapa colonial, en los que los trabajadores se consumían produciendo para el mercado global y a duras penas se reproducían. 

Todas las estadísticas demográfi cas que miden la calidad de vida en los países «ajustados» son elocuentes respecto a este punto. Habitualmente muestran: 

 • Un aumento de la mortalidad y una reducción de la esperanza de vida (cinco años al nacer para los niños en África).12

• La ruptura de estructuras familiares y de comunidades, lo que provoca un aumento de los niños que viven en las calles o que trabajan como esclavos.13


• Un incremento en el número de refugiados, en su mayoría mujeres, desplazados debido a la guerra o a políticas económicas.14


• Una expansión de zonas chabolistas inabarcables cuyo crecimiento es alimentado por la expulsión de los campesinos de sus tierras.

• Un aumento de la violencia contra las mujeres a manos de sus familiares, de las autoridades gubernamentales y de las tropas en combate.15

También en el «Norte» la globalización ha arrasado con las políticas económicas que sostienen la vida de las mujeres. En Estados Unidos, supuestamente el ejemplo más exitoso de neoliberalismo, el sistema de asistencia social ha sido desmantelado ―en especial el fondo AFCD que afecta directamente a mujeres con niños a su cargo.16 Gracias a esto se ha pauperizado la vida de aquellas familias cuya cabeza es una mujer, y ahora las mujeres de la clase obrera deben tener más de un empleo para sobrevivir. Mientras tanto el número de mujeres en prisión no ha dejado de aumentar; así prevalece una política de encarcelamientos masivos, lo que es coherente con el regreso de economías de tipo colonial incluso en el corazón del mundo industrializado.
 


Luchas de mujeres y movimiento feminista internacional 



¿Cuáles son las implicaciones que conlleva esta situación para los movimientos feministas internacionales? La primera respuesta que debemos dar es que las feministas no solo deben apoyar e impulsar la cancelación de la «deuda del Tercer Mundo» sino también involucrarse en las campañas de reparación, con el objetivo de que devuelvan a las comunidades devastadas por los ajustes estructurales los recursos que les han arrebatado. A largo plazo las feministas debemos darnos cuenta de que no podemos esperar ninguna mejora en nuestras vidas por parte del capitalismo. Por lo que hemos podido ver, tan pronto como los movimientos anticoloniales, de derechos humanos y feministas obligaron al sistema a hacer concesiones, este reaccionó con la respuesta equivalente a la de un ataque nuclear. 

Si la destrucción de nuestros medios de subsistencia es indispensable para la supervivencia de las relaciones capitalistas, este debe convertirse en nuestro campo de batalla. Debemos unirnos a las luchas que sostienen las mujeres del Sur que han demostrado que las mujeres pueden sacudir incluso los regímenes más opresivos.17 Un buen ejemplo son las Madres de la Plaza de Mayo de Argentina, quienes durante años han desafiado uno de los regímenes más represivos del mundo, en un momento en el que nadie en el país se atrevía a levantar la voz.18 Otro caso similar es el de las proletarias/indígenas de Chile quienes, tras el golpe militar de 1973, se unieron para garantizar la alimentación de sus familias ―organizaron cocinas comunales y durante este proceso adquirieron conciencia de sus necesidades y su fuerza como mujeres.19 

Estos ejemplos muestran que el poder de las mujeres no proviene de arriba, no lo otorgan las instituciones globales como las Naciones Unidas, sino que debe construirse desde abajo y que solo a través de la autoorganización podrán las mujeres revolucionar sus vidas. De hecho, las feministas harían bien en tener en cuenta que las iniciativas de las Naciones Unidas en favor de las mujeres han coincidido con los ataques más devastadores contra ellas en todo el planeta, y que la responsabilidad de los mismos recae sobre las agencias miembro de las Naciones Unidas: el Banco Mundial, el FMI, la OIT y, por encima de todo, el Consejo de Seguridad de la ONU. Frente al feminismo fabricado por la ONU, con sus ONG, sus proyectos «generadores de ingresos» y sus relaciones paternalistas con los movimientos locales, se levantan las organizaciones de base que las mujeres han construido en África, Asia y Latinoamérica, para luchar por servicios básicos (carreteras, escuelas, clínicas), para resistir los ataques gubernamentales contra la venta callejera ―uno de los modos primordiales de subsistencia de las mujeres― y para defenderse mutuamente de los abusos de sus maridos.20 

Como cualquier otra forma de autodeterminación, el movimiento de liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específi cas, que comienzan por el control de los medios de producción y subsistencia. Como Maria Mies y Veronika Bennholdt-Thomsen razonan en The Subsistence Perspective (2000), este principio cuenta no solo para las mujeres del «Tercer Mundo» que han sido las principales protagonistas de luchas territoriales por la recuperación de tierras ocupadas por terratenientes,21 sino que también es importante para las mujeres de los países industrializados. Hoy en día en Nueva York, las mujeres se oponen a las apisonadoras para defender sus huertos urbanos, fruto de un enorme trabajo colectivo que ha unido a comunidades enteras, y revitalizado vecindarios anteriormente considerados zonas catastróficas.22 

Pero la represión a la que se han enfrentado estos proyectos muestra que necesitamos una movilización feminista contra la intervención estatal en nuestra vida cotidiana al igual que frente a la política internacional. Las feministas también debemos organizarnos contra la brutalidad policial, el reforzamiento del aparato militar y, sobre todo, contra la guerra. Nuestro primer y más importante paso debe ser oponernos al reclutamiento de mujeres en los ejércitos, hecho tristemente aceptado con el apoyo de algunas feministas en nombre de la igualdad y la emancipación de las mujeres. 

Tenemos que aprender mucho de esta desafortunada política. La imagen de la mujer uniformada, conquistando la igualdad con los hombres mediante el derecho a matar, es la imagen de lo que la globalización puede ofrecernos: el derecho a sobrevivir a expensas de otras mujeres y de sus hijos, cuyos países y recursos necesita explotar el capital corporativo. 

Silvia Federici 



 1- Me refi ero a las actividades promovidas por la ONU en benefi cio de la emancipación de las mujeres, incluyendo las cinco Global Conferences on Women [Conferencias Globales de Mujeres] y la Women’s Decade [Década de las Mujeres] (1976-1986). Véanse los siguientes textos: Naciones Unidas, From Nairobi to Beij ing, Nueva York, Naciones Unidas, 1995; The World’s Women 1995: Trends and Statistics, Nueva York, Naciones Unidas, 1995; The United Nations and the Advancement of Women: 1945-1996, Nueva York, Naciones Unidas, 1996; Mary K. Meyer y Elizabeth Prugl (eds.), Gender Politics in Global Governance, Boulder, Rowman and Litt lefi eld Publishers, 1999. Mujeres, globalización y movimiento internacional de mujeres.

2-Christa Wichterich, The Globalized Woman: Reports from a Future of Inequality, Londres, Zed Books, 2000; Marilyn Porter y Ellen Judd (eds.), Feminists doing Development: A Practical Critique, Londres, Zed Books, 1999.
 
3-Véase, por ejemplo, la lucha de las welfare mothers en Estados Unidos en la década de los sesenta, que supuso el primer terreno de negociación entre el Estado y las mujeres en lo tocante a los temas reproductivos. Con esta lucha las mujeres que recibían la Aid to Families With Dependent Children transformaron este subsidio en el primer «salario para el trabajo doméstico». Véase el texto de Milwaukee County Welfare Rights Organization, Welfare Mothers Speak Out, Nueva York, W. W. Norton Co., 1972.
 
4- Sobre las luchas de las mujeres contra la deforestación y la mercantilización de la naturaleza, véanse (entre otros) Filomina Chioma Steady, Women and Children First: Environment, Poverty, and Sustainable Development, Rochester (VT), Schenkman Books, 1993; Vandana Shiva, Close to Home: Women Reconnect Ecology, Health and Development Worldwide, Filadelfi a, New Society Publishers, 1994; Radha Kumar, The History of Doing: An Illustrated Account of Movements for Women’s Rights and Feminism in India 1800-1990, Londres, Verso, 1997; Yayori Matsui, Women in the New Asia: From Pain to Power, Londres, Zed Books, 1999.

5 Véase un relato de la manera en la que el Banco Mundial prestó mayor «atención al género» como resultado de las críticas realizadas por ONG en los escritos de Josett e L. Murphy, Gender
Issues in World Bank Lending, Washington DC, The World Bank, 1995

6 Meredith Thursten (ed.), Women and Health in Africa, Trenton, Nueva Jersey, Africa World Press, 1991; Folasode Iyun, «The Impact of Structural Ajustment on Maternal and Child Health in Nigeria
», en Gloria T. Emeagwali (ed.), Women Pay in Price: Structural Ajustment in Africa and Caribbean, Trenton, Africa World Press, 1995.
 
7 Un sweatshop es un taller, tienda o fábrica «de sudor» [sweat] donde los empleados trabajan en condiciones pésimas de seguridad, retribución y derechos durante largas jornadas laborales.
Estos talleres pueden ser clandestinos o no, pertenecer directamente a una multinacional, producir para una o para la exportación. No hay una traducción exacta en castellano aunque se suele utilizar maquila, término utilizado en El Salvador, Guatemala, Honduras y México. [N. de la T.]
 
8 Susan Joekes, Trade Related Employement for Women and Industry and Services in Developing Countries, Génova, UNRISD, 1995.

9 Wichterich, Globalized Woman, op. cit., pp. 1-35.
 
10 Arie Hochschild, «Global Care Chains and Emotional Surplus Value», en W. Hutt on y Anthony Giddens (eds.), Global Capitalism, Nueva York, The New Press, 2000.

11 Shiva, Close to Home, op. cit.
 
12 Naciones Unidas, The World’s Women 1995, op. cit., p. 77.
 
13 Bernard Schlemmer (ed.), The Exploited Child, Londres, Zed Books, 2000.
 
14 Se ha duplicado el número de personas desplazadas dentro de sus propios países entre 1985 y 1996, de 10 a 20 millones de personas; Roberta Cohen y Francis M. Deng, Masses in Flight: The Global Crisis of Internal Displacement, Washington DC, Brookings Institution Press, 1988, p. 32. Sobre este tema véase también Macrae y Zwi, War and Hunger. Rethinking International Responses to Complex Emergencies, Londres, Zed Books, 1994.
 
15 Naomi Neft y D. Levine, Where Women Stand: An International Report on the Status of Women in 140 Countries, 1997-1998, Nueva York, Random House, 1997, pp. 151-163.
 
16 Mimi Abramovitz, Regulating the Lives of Women: Social Welfare Policy From Colonial Times to the Present, Boston, South End Press, 1996.

17 En los momentos de mayor depauperación son las mujeres las que mantienen y cuidan a los niños y a los mayores, mientras que sus compañeros masculinos son más propensos a abandonar a sus familias, beberse los salarios y verter sus frustraciones en sus compañeras. Según las Naciones Unidas, en muchos países incluyendo Kenia, Ghana, Filipinas, Brasil y Guatemala, pese a que los ingresos de las mujeres son mucho más bajos que los de los hombres, en los hogares cuya cabeza de familia es una mujer se dan menos casos de malnutrición infantil. Naciones Unidas, The World’s Women, op. cit., p. 129.
 
18 Jo Fisher, Out of the Shadows: Women, Resistance and Politics in South America, Londres, Latin America Bureau, 1993, pp. 103-115

19 Ibidem, pp. 17-44 y 177-200.
 
20 Elizabeth Jelin, Women and Social Change in Latin America, Londres, Zed Books, 1990. Véase también Carol Andreas, Why Women Rebel: The Rise of Popular Feminism in Peru, Westport, Lawrence Hill Company, 1985.
 
21 Elvia Alvarado, Don’t be Afraid Gringo: A Honduran Woman Speaks From the Heart, Nueva York, Harper and Row, 1987.

22 Bernadett e Cozart, «The Greening of Haarlem» en Peter Lamborn Wilson y Bill Weinberg (eds.), Avant Gardening: Ecological Struggle in the City and the World, Nueva York, Autonomedia, 1999; Sarah Ferguson, «A Brief History of Grassroots Greening in the Lower East Side» en Peter Lamborn Wilson y Bill Weinberg (eds.), Avant Gardening…, op. cit., 1999


Ensayo tomado del Libro Revolución en punto cero  Texto Nº8  (Año 2001) 

 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Emma Watson: El angelical rostro del patriarcado internacional al servicio del capitalismo


El feminismo entendido como un movimiento contra la dominación del patriarcado y por la completa igualdad y emancipación social, constituye una gran amenaza para el capitalismo y las clases dominantes de todo el mundo. Es por ello que organismos de la burguesía y el patriarcado internacional representados en la ONU, han fichado a Emma Watson- popularmente conocida por interpretar a Hermione Granger en la saga Harry Potter – como embajadora de buena voluntad de la ONU y rostro principal de HeForShe (Él por ella), campaña que se estrenó el pasado sábado 20 de septiembre en la sede de Naciones Unidas de New York, mediante un vitoreado discurso protagonizado por la conocida actriz que se propagó fulminantemente por las redes sociales. 


El discurso de Emma Watson 


Emma Watson luego de saludar a sus excelencias, al presidente de la asamblea y a los distinguidos invitados, presenta la campaña HeForShe, dirigiéndose especialmente a los hombres pero con la intención de que todos y todas nos unamos. Acto seguido, desarrolla el discurso manifestando que durante los últimos seis meses como embajadora de buena voluntad de la ONU, ha observado que existe la errónea idea de que el feminismo es sinónimo de odiar a los hombres. Emma acierta en dicho apunte. Lamentablemente, muchas personas piensan que el feminismo significa odiar a los hombres, y no solo eso, también una parte importante de la sociedad cree equivocadamente que el feminismo consiste en una especie de machismo desde el campo femenino, cuando el feminismo, como bien apunta Emma Watson, es, entre otras cosas, una teoría política, económica y social de la igualdad de sexos. Sin embargo, Emma Watson en ningún momento del discurso critica profundamente la desigualdad y la dominación contra las mujeres.

Emma erige el discurso sobre la siguiente premisa: el feminismo es, por definición, -afirma- creer que tanto hombres como mujeres deben tener igualdad de derechos y oportunidades. Es así como la ONU inteligentemente promociona, a través de la popular actriz, la ética meritocrática de igualdad de oportunidades, característica fundamental de las sociedades neoliberales, que en otras palabras significa que todas y todos debemos tener las mismas oportunidades para ‘surgir’ y ‘triunfar’, aplastando a los y las demás a través de relaciones de competencia y dominación.

La igualdad de oportunidades, piedra angular en el discurso de Emma Watson, está en sintonía con el liberalismo criminal dominante en la ONU. Es la "igualdad" liberal de ser igualmente dominados por el capitalismo y el Estado. Es la igualdad jurídica de las revoluciones burguesas, es decir, la misma falsa igualdad que han criticado millones de feministas desde la época en que se viera a la luz el libro Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de Mary Wolstonecraft. 

El discurso de Emma Watson ha sido previamente diseñado por un grupo de representantes de las clases dominantes a través de la ONU. No es casualidad que la actriz británica considere la igualdad de género como un derecho humano, lógica burguesa para con el Estado y en sintonía con el capitalismo y el reformismo gubernamental, como bien advierte la feminista Silvia Federici en el libro Revolución en punto cero: 

Existe [en las conferencias sobre materia de género de la ONU] una clara tendencia a considerar los problemas a los que se enfrentan las mujeres como un asunto de «derechos humanos» y a intentar priorizar las reformas legales como las herramientas básicas de la intervención gubernamental. 

Dicha discursiva, propicia - siguiendo con Federici- (…) al abrigo de las conferencias internacionales promovidas por las Naciones Unidas, (…) una  perspectiva [que] no consigue desafiar el orden económico mundial que es la raíz de las nuevas formas de explotación que sufren las mujeres. También la campaña de denuncia de la violencia contra las mujeres, que ha despegado en los últimos años, se ha centrado en la violencia física y la violación en el entorno doméstico en línea con las directrices de la ONU. Pero ha ignorado la violencia inherente al proceso de acumulación capitalista, la violencia de las hambrunas, las guerras y los programas de contrainsurgencia, que han allanado a lo largo de los años ochenta y noventa el camino para la globalización económica. 

En este contexto, mi primer objetivo es mostrar que la globalización del mundo económico ha causado una enorme crisis dentro de la reproducción social de las poblaciones de África, Asia y Latinoamérica, y que sobre estas bases se ha asentado una nueva división internacional del trabajo que se aprovecha del trabajo de las mujeres de estas regiones en beneficio de la reproducción de la mano de obra «metropolitana». 

Esto significa,- continuando con Silvia Federici- que las mujeres de todo el mundo están siendo «integradas» en la economía mundial como productoras de mano de obra no solo a nivel local sino también para los países industrializados, además de producir mercancías baratas para la exportación global. Defiendo que esta reestructuración global del trabajo reproductivo abre una crisis dentro de las políticas feministas, ya que introduce una nueva división entre las mujeres que debilita la posibilidad de una solidaridad feminista global y amenaza con reducir el feminismo a un mero vehículo para la racionalización del orden económico mundial. 

Por si quedaban dudas de la complicidad del discurso de Emma Watson con el capitalismo criminal, la actriz queda en absoluta evidencia cuando cita a la genocida Hillary Clinton como ejemplo para el desarrollo de las ideas feministas en la ONU. ¿Sabrá Emma Watson que Hillary Clinton es una criminal cuyo feminismo consiste básicamente en bombardear a todos por igual, hombres y mujeres sin discriminación, para imponer regímenes funcionales a los intereses de la burguesía internacional? También resulta bastante decidor que Emma Watson, además de nombrar a la líder criminal de EEUU, cita al padre del conservadurismo británico, Edmund Burke, a quien llama 'estatista' como sinónimo de buen hombre. 


Emma Watson y el feminismo heteropatriarcal 


Emma Watson, después de levantar ante el auditorio en New York y para el mundo, las ideas funcionales a las clases dominantes de falsa igualdad, prosigue hábilmente intentando sanear y adornar su discurso paseándose por lugares comunes de la sociedad patriarcal: Que los hombres tienen miedo a parecer femeninos y que las mujeres son rechazadas por realizar tareas consideradas masculinas. Y que tanto los hombres como las mujeres sufrimos producto de las relaciones de desigualdad de género. Sin embargo, Emma Watson ‘olvida’ un punto fundamental en la construcción histórica de la crítica feminista: que las mujeres de clases explotadas son doblemente oprimidas, tanto por el patriarcado como por el capitalismo. También olvida que el patriarcado no es meramente un problema de índole cultural en la convivencia sino que las desigualdades de sexo se agudizan y fortalecen a la vez que se desarrolla el capitalismo y la expansión del Estado contra las sociedades. A pesar de lo anterior, Emma Watson acierta cuando dice que: 

Yo creo que es correcto que yo pueda ser capaz de tomar decisiones sobre mi propio cuerpo, tras lo cual recibe una justa ovación.

Emma también acierta cuando exclama: 

¡Hombres!, me gustaría aprovechar esta oportunidad para hacerles llegar una invitación formal: La igualdad de género también es vuestro problema. 

Sin embargo a lo largo del discurso, Emma Watson en ningún momento cuestiona la heteronorma propia de las sociedades patriarcales. Tampoco menciona la igualdad para gais y lesbianas ni para lo considerado trans. Emma Watson se mantuvo siempre acorde con las posturas tradicionales de la familia patriarcal, defendiendo el rol del padre y la madre dentro de una relación heterosexual. ¿Qué igualdad es aquella donde no se reconoce ni con un mínimo guiño a las millones de personas que se relacionan fuera de los cánones de la pureza mariana matrimonial hombre/mujer?

También considero un punto interesante en la conversación de Emma cuando afirma que: 

Es hora de que veamos a los géneros como un espectro en vez de como un juego de polos opuestos. Debemos parar de desafiarnos los unos a los otros. 

De esto podemos pensar varias cosas pero destaco dos: Por un lado, considero un aporte al debate imaginar los géneros como un 'espectro', si es que por espectro entendemos una gama de múltiples colores, un espacio multiforme, no limitado ni sometido a imposiciones. Por otra parte, si entendemos el sentido de la palabra 'espectro' como un conjunto de colores que se complementan entre sí, Emma Watson no se estaría apartando mucho de la visión heteronormalizada de las relaciones entre las personas. Y, lamentablemente, la segunda opción es la que más toma peso si es que consideramos el total del discurso de la actriz de la saga Harry Potter, y si a eso le sumamos que el nombre de la campaña es Él por ella, me atrevo a afirmar que el discurso de Emma Watson está profunda y completamente contaminado por la falacia patriarcal de la complementariedad entre los géneros. 


A modo de conclusión 


El feminismo de Emma Watson es el sueño americano, la búsqueda del dorado, el colonialismo, la sociedad de las mercancías, el egoísmo sistémico, el sálvate si puedes, el darwinismo social: La lucha por la sobrevivencia, el rechazo al apoyo mutuo y la negación de la autogestión. Dicho de otro modo, el feminismo de los salones del poder de la ONU, que promociona Emma Watson, es el no-feminismo, ya que aboga por la "igualdad" de ser igualmente dominados y explotados por el Estado, el patriarcado y el capital, y no por la igualdad social entendida como una relación horizontal en libertad.

Emma Watson con su angelical rostro -según los cánones de belleza de la cultura occidental-, humaniza las intenciones de las clases dominantes para  extender el capitalismo por el planeta y la mercantilización de las relaciones sociales bajo la excusa de "progreso y libertad". No es casualidad que Emma critique la escasa escolarización en África. Allí irá la ONU, pero no con escuelitas feministas ni películas de Harry Potter sino que con bombas y ejércitos coordinados por el Consejo de Seguridad para imponer una democracia "libre", mercantil y sangrienta, y por supuesto, liberal, y con ello, extender el desarrollo del capitalismo en la faz de la tierra.

En resumen, la ONU a través de la actriz Emma Watson, defiende espectacularmente el feminismo liberal-burgués de toda la vida: aquel que defiende la igualdad jurídica ante Estado sin cuestionar las diferencias de clase, raza y sexo. Es el feminismo de la paridad en los puestos de Poder en las instituciones burguesas como ministerios y parlamentos. Es el feminismo de la mayor participación de mujeres en las gerencias de empresas capitalistas. Es el feminismo por la inclusión de mujeres en los ejércitos y las policías, entre otras estructuras de dominación del capitalismo y el patriarcado. 


Para finalizar, creo muy oportuno recordar estos importantes apuntes de la compañera Silvia Federici: 


El poder de las mujeres no proviene de arriba, no lo otorgan las instituciones globales como las Naciones Unidas, sino que debe construirse desde abajo y que solo a través de la autoorganización podrán las mujeres revolucionar sus vidas. De hecho, las feministas harían bien en tener en cuenta que las iniciativas de las Naciones Unidas en favor de las mujeres han coincidido con los ataques más devastadores contra ellas en todo el planeta, y que la responsabilidad de los mismos recae sobre las agencias miembro de las Naciones Unidas: el Banco Mundial, el FMI, la OIT y, por encima de todo, el Consejo de Seguridad de la ONU. Frente al feminismo fabricado por la ONU, con sus ONG, sus proyectos «generadores de ingresos» y sus relaciones paternalistas con los movimientos locales, se levantan las organizaciones de base que las mujeres han construido en África, Asia y Latinoamérica, para luchar por servicios básicos (carreteras, escuelas, clínicas), para resistir los ataques gubernamentales contra la venta callejerauno de los modos primordiales de subsistencia de las mujeres y para defenderse mutuamente de los abusos de sus maridos. (Silvia Federici- Revolución en punto cero) 

Silvia Federici es profundamente consciente de la necesidad de la autogestión y concluye:

Como cualquier otra forma de autodeterminación, el movimiento de liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específicas, que comienzan por el control de los medios de producción y subsistencia.(Ibíd.)












Literatura recomendada: 


Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas - Silvia Federici 

El Calibán y La Bruja - Silvia Federici

El antifeminismo de Rafael Correa: Los límites de los gobiernos “progre”-  Cristina Gil

Margaret Thatcher, Carme Chacón y el feminismo de Estado - Todo Por Hacer

Teresa Claramunt, La Virgen Roja Barcelonesa - María Amalia Pradas Baena



lunes, 22 de septiembre de 2014

Errico Malatesta: ¿El Lenin de Italia? - Luigi Fabbri



A propósito de la actitud malatestiana frente al problema de la violencia, debo agregar alguna otra cosa, que contribuirá a iluminar mejor la figura del hombre. Más adelante trataré de exponer ordenadamente las ideas de Malatesta, y por tanto también las relativas a la violencia. Aquí me limito a decir el germen de su pensamiento al respecto: que nadie tiene derecho a imponer por la fuerza, con la violencia o la amenaza de la violencia, a los otros, bajo ningún pretexto (ni siquiera con el de hacerles el bien), las propias ideas, el modo de vivir y organizarse, los sistemas, las leyes, etc. Y de esto deriva la lógica consecuencia del derecho de los pueblos y de los individuos a rebelarse contra los gobiernos y los patronos, que, en substancia (decía), es un «derecho de legítima defensa» contra las imposiciones coercitivas de los segundos, que ejercen sobre los primeros su opresión y explotación por medio de la violencia y con la amenaza de la violencia o, lo que es lo mismo, con la presión del hambre. De aquí la necesidad de la violencia revolucionaria contra la violencia conservadora de la actual organización política y económica de la sociedad.

Malatesta no separaba, sin embargo, esta necesidad del uso de la violencia de su premisa de la negación de la violencia coercitiva — al contrario de lo que hacen todos los revolucionarios —. No creía útil siquiera ahora, incluso lo reputaba el peor mal, violentar la libertad ajena para doblegarla a la propia, a los propios métodos, a la propia disciplina especial. La revolución deberá liberar al pueblo de todas las imposiciones gubernativas y patronales, no crearle imposiciones nuevas. Y la misma libertad para todos reclamaba desde hoy, sea en la órbita del movimiento revolucionario, sea en las relaciones con el ambiente externo. La revolución se hace, no podría ser de otro modo, «con la fuerza», pero no puede ser hecha hacer «por la fuerza».

Pero estas ideas se encuadraban tan poco y mal en la leyenda del Malatesta «jefe» de complots y de tumultos, a que más arriba he hecho en parte alusión, que a su llegada a Italia, en l9l9, no fueron pocos los que en todo campo se apresuraron a ver en él -— los reaccionarios temiéndolo y los revolucionarios esperándolo —, el «Lenin de Italia». Por mucho que el apelativo, en especial entonces, pudiese parecer lisonjero, puso de inmediato en el mayor embarazo a Malatesta y le hizo temer también una peligrosa desviación de ideas entre sus compañeros, pues hasta algunos de éstos habían dejado escapar de los labios o de la pluma algunas expresiones al respecto. Un anarquista italiano, prófugo en América del Sur, Aldo Aguzzi, hubo de contar tiempo atrás, en una conferencia suya en Montevideo, inmediatamente después de la muerte de Malatesta, el episodio de su primer encuentro con éste, que se liga directamente a lo que voy diciendo. Merece la pena que lo refiera lo más textualmente que me sea posible:

«Yo era entonces un muchacho, salido hacía poco tiempo del Partido socialista junto a todos «los socios del círculo juvenil de Voghera, con los que habíamos fundado, fuera del partido, un «grupo juvenil subversivo») No éramos anarquistas, sino algo semejante a lo que son todavía muchos comunistas, es decir, adversarios de los reformistas y entusiastas de Rusia. Me creía ya «casi anarquista», pero en realidad no sabía sino muy poco de anarquía, pues se puede decir que la única diferencia que veía entre un anarquista y un socialista, era que el primero quiere la violencia y el otro, no. Era necesario decir esto para explicar lo que ocurrió en mí».

A principios de 1920 vino a Voghera, llamado por el grupo anarquista local, Errico Malatesta con otros compañeros suyos (Borghi, D'Andrea, etc.). Malatesta habló en un salón de las escuelas elementales. Se me pidió que le presentara y lo presenté saludando en él al Lenin de Italia, al que, superando a los socialistas, nos conduciría a la revolución como en Rusia. Después de mi charla subió él a la tribuna, agradeció al público que no cesaba de aclamarlo... con el título que yo le había endilgado y, después de haber tratado de muchas otras cosas, en un cierto punto se puso a hablar de la definición que yo había hecho de él. En verdad no me trató mal, incluso me hizo algún cumplimiento; pero explicó que no podía, no quería ni debía ser un Lenin. En resumen, por lo que puedo resumir a doce años de distancia, teniendo en cuenta también la confusión mía en aquel momento, he aquí lo que dijo:

«El muchacho que me presentó debe ser sincero y entusiasta y tal vez ha creído causarme un placer diciendo que soy vuestro Lenin. Creo que no es anarquista, como no lo seréis seguramente cuantos habéis acogido su grito. Él y vosotros sois revolucionarios, comprendéis que los viejos métodos reformistas no valen ya, tal vez habéis perdido la fe en vuestros jefes socialistas, y entonces buscáis un hombre que os inspire confianza y os lleve a la revolución. Muchas gracias por la confianza, pero os equivocáis. Tengo todo el deseo de hacer vuestro bien y también el mío, pero soy un hombre como todos los demás, y si me convirtiese en vuestro jefe no sería mejor que aquellos que ahora repudiáis. Todos los jefes son iguales, y‚ si no hacen lo que vosotros deseáis, no es siempre porque no quieren, sino también porque no pueden. Tratándose además de la revolución, ésta no es un hombre el que puede hacerla: debemos hacerla todos juntos».

«Yo soy anarquista, no quiero obedecer, pero sobre todo no puedo mandar. Si me convirtiese en vuestro Lenin como desea aquel «muchacho», os llevaré al sacrificio, me haré vuestro amo, vuestro tirano; traicionaré mi fe, porque no se haría la anarquía, y os traicionaré a vosotros, porque con una dictadura os cansaríais de mí, y yo, vuelto ambicioso y tal vez convencido de cumplir un deber, me rodearía de policías, de burócratas, de parásitos, y daría vida a una nueva casta de opresores y de privilegiados por la cual seríais explotados y vejados como lo sois hoy por el Gobierno y por la burguesía».

Recuerdo que Malatesta dijo también: «Si realmente me queréis, no tenéis que desear que me convierta en vuestro tirano». Pero muchos detalles y frases se me escapan ahora. Luego explicó cómo se debía «hacer» la revolución. Recuerdo entre otras cosas que habló de «ocupar las fábricas», de armamento del pueblo, de constitución de núcleos armados, etc., expresándose con calma, con más calma que los propios reformistas del lugar... A decir verdad, el público quedó un tanto desilusionado (y un poco también yo) porque Malatesta no respondía al tipo que se había imaginado. Pero el hecho es que, después de aquella conferencia, yo había comprendido lo que era la anarquía y lo que quieren los anarquistas, y me hice uno de ellos...

Este episodio, semejante a tantos otros — repito que por un instante la leyenda del «Lenin de Italia» tuvo curso incluso entre algunos que habían sido y se creían anarquistas —, muestra muy bien el equívoco originado por la incomprensión de la personalidad y de las ideas de aquellos que estaban fuera del ambiente más estrictamente suyo. Este equívoco, por la fuerza del contraste, provocó en muchos el paso de una incomprensión a la incomprensión opuesta. Cuando finalmente Malatesta logró hacer comprender lo diverso que era de lo que tantos creían, por un lado los reaccionarios y los enemigos de mala fe vieron en el Malatesta real una ficción y lo atacaron con violencia inaudita como a un lobo que se vistiese con la piel del cordero;  por el lado opuesto, los revolucionarios más afectados por el autoritarismo y los amantes de la violencia por la violencia, los bolchevistas y los bolchevizantes, lo creían cambiado y vieron en él, como hemos dicho ya, un tolstoiano. La prensa comunista bolchevista, que en un primer período lo había cubierto de flores, acabó con su habitual fraseología estereotipada hablando de él como de un contrarrevolucionario, pequeño-burgués, etc.

Sin embargo, Malatesta era siempre el mismo. Si había un hombre en Italia que podía, después de cincuenta años de lucha constante, repetir el elogio del poeta Giuseppe Giusti: «no me he doblegado ni vacilado», era él. Sus palabras de los mítines de 1920 eran las mismas de toda su propaganda pasada desde el año 1872. Aquel «pequeño-burgués» había combatido medio siglo a la burguesía pequeña y grande, y se había ganado siempre su vida como obrero con el sudor de su frente. Aquel viejo «contrarrevolucionario» no había hecho otra cosa desde niño que propagar y preparar la revolución. Aquel «tolstoiano» había sido y continuaba siendo el predicador de todas las rebeldías, invitaba a los obreros a ocupar las fábricas y a los campesinos las tierras, incitaba «con calma» al pueblo a armarse y a los revolucionarios a preparar las bandas armadas, y (hoy que ha muerto se puede decir) donde ha podido, hasta el último momento, no se limitaba a incitar a los otros, sino que ponía él mismo las manos en la masa, no mezquinando a los voluntarios ni su ayuda ni su participación directa.


Tomado del Libro La Vida de Malatesta de Luigi Fabbri