viernes, 27 de marzo de 2015

Honduras: Cuatro estudiantes secundarios fueron víctimas del sicariato político

Tegucigalpa ha sido el escenario de cuatro ejecuciones contra estudiantes de educación media que en días anteriores habían elevado sus voces contra reformas educativas que suponen el incremento de cada hora de clases a un lapso de 45 minutos. Los estudiantes se plantaron contra esta medida impuesta por el ministro de Educación, Marlon Escoto, aludiendo que dicho incremento supondría que los jóvenes de las jornadas vespertinas tendrían que salir de noche de sus colegios, exponiéndose a la delincuencia que azota las calles de esa ciudad.

Por esta razón, cientos de alumnos de más de veinte instituciones han mantenido protestas desde hace más de dos semanas en la capital hondureña. En medio de ellas, los estudiantes enfrentaron a la policía con piedras y dos jóvenes resultaron heridos por armas de fuego.

El día martes 24 de marzo, Darwin Josué Martínez Hernández (21), Elvin Antonio García López (19) y Diana Yareli Montoya (21), estudiantes del Instituto Jesús Aguilar Paz, tenían 15 minutos de haber salido de clases y se encontraban charlando en una acera, muy cerca del colegio. Al lugar llegó un grupo de hombres que se trasladaban en un automóvil y sin mediar palabra disparó contra los muchachos. Los jóvenes intentaron correr pero cayeron abatidos por las balas. López y Martínez fallecieron en forma inmediata tras los múltiples impactos, pero la joven Montoya resultó gravemente herida y fue trasladada a un centro hospitalario. No obstante, los más de veinte disparos en su cuerpo le hicieron perder la vida poco después.

Posteriormente, el día miércoles 25 de marzo, el cuerpo de Soad Nicole Ham Bustillo (13), estudiante del Instituto Central Vicente Cáceres, fue hallado en un saco de nylon bajo signos de tortura y estrangulamiento. Se dio a conocer tras el hallazgo que la niña había participado de una jornada de protestas y en ella se había hecho notar en dos ocasiones ante los medios de comunicación. A través de ellos se dirigió enérgica al presidente Juan Orlando Hernández, demandándole atención al caos del sistema educativo: “Ni sillas tenemos, hombre, ¡compren sillas!”, clamó la niña.“¿Por qué Juan Orlando manda a los chepos, por qué no viene a arreglar el peo él mismo?” se preguntó otra vez Nicole ante la presencia del despliegue policial.

Organizaciones sociales descreen de la hipótesis que sugiere que estos jóvenes fueron víctimas de la delincuencia, pues los hechos se suceden en un álgido contexto de lucha política. Lo que salta a la vista es el empeño del Estado hondureño por reprimir y atemorizar a la población a través de las prácticas de sicariato que tienden a multiplicarse en el contexto de los gobiernos del continente.

N&A


Las cinco estrategias del capitalismo contra los movimientos sociales - Silvia Federici

Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción

La reestructuración de la economía mundial ha adoptado cinco estrategias básicas para dar respuesta al ciclo de luchas sociales que entre los años sesenta y los setenta transformaron la organización de la reproducción y las relaciones de clase. Primero, se ha producido una expansión del mercado de trabajo. La globalización ha producido un salto histórico en el tamaño del mundo proletario, tanto mediante un proceso global de «cercamiento» que ha provocado la separación de millones de personas de sus tierras, sus trabajos y sus «derechos consuetudinarios», como mediante el aumento del empleo de las mujeres. No es sorprendente que la globalización se nos aparezca como un proceso de acumulación primitiva, que ha asumido formas variadas. En el Norte, la globalización ha asumido la forma de la deslocalización y la desconcentración industrial, así como de la flexibilización, la precarización laboral y el método Toyota o JIT [Just In Time, «justo a tiempo»].(1) En los antiguos países socialistas, se ha producido la desestatalización de la industria, la descolectivización de la agricultura y la privatización de la riqueza social. En el Sur, hemos sido testigos de la «maquilización» de la producción, la liberalización de las importaciones y las privatizaciones de las tierras. El objetivo, de todas maneras, era el mismo en todas partes. 

Mediante la destrucción de las economías de subsistencia y la separación de los productores de los medios de subsistencia, al provocar la dependencia de ingresos monetarios a millones de personas, incluso a aquellas imposibilitadas para adquirir un trabajo asalariado, la clase capitalista ha relanzado el proceso de acumulación y recortado los costes de la producción laboral. Dos mil millones de personas han sido arrojados al mercado laboral demostrando la falacia de las teorías que defienden que el capitalismo ya no necesita cantidades masivas de trabajo vivo, porque presumiblemente descansa en la creciente automatización del trabajo.

Segundo, la desterritorialización del capital y la financiarización de las actividades económicas, posibilitadas por la «revolución informática», han creado las condiciones económicas por las que la acumulación primitiva se ha convertido en un proceso permanente, mediante el movimiento casi instantáneo del capital a lo largo del planeta, al haber derribado una y otra vez las barreras levantadas contra el capital por la resistencia de los trabajadores a la explotación.

Tercero, hemos sido testigos de la desinversión sistemática que el Estado ha llevado a cabo en la reproducción de la fuerza de trabajo, implementada mediante los programas de ajuste estructural y el desmantelamiento del «Estado de bienestar». Como se ha mencionado anteriormente, las luchas llevadas a cabo durante los años sesenta han enseñado a la clase capitalista que la inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo no se traduce necesariamente en una mayor productividad laboral. Como resultado de esto, surgen ciertas políticas y una ideología que resignifica a los trabajadores como microemprendedores, supuestamente responsables de la inversión en ellos mismos y únicos beneficiarios de las actividades reproductivas en ellos materializadas. En consecuencia se ha producido un cambio en los ejes temporales existentes entre reproducción y acumulación. Los trabajadores se ven obligados a hacerse cargo de los costes de su reproducción en la medida en que se han reducido los subsidios en sanidad, educación, pensiones y transporte público, además de sufrir un aumento de los impuestos, con lo que cada articulación de la reproducción de la fuerza de trabajo ha devenido un momento de acumulación inmediata.

Cuarto, la apropiación empresarial y la destrucción de bosques, océanos, aguas, bancos de peces, arrecifes de coral y de especies animales y vegetales han alcanzado un pico histórico. País tras país, de África a las islas del Pacífico, inmensas áreas agrícolas y aguas costeras ―el hogar y los medios de subsistencia de extensas poblaciones― han sido privatizadas y hechas accesibles para la agroindustria, la extracción mineral o la pesca industrial. La globalización ha revelado, sin lugar a dudas, el coste real de la producción capitalista y de la tecnología lo que hace imposible hablar, tal y como Marx hizo en los Grundrisse, de «la gran influencia civilizadora del capital» que surge de su «apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma» donde «la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solo como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción». (2)

En el año 2011, tras el derrame de petróleo de BP y el desastre de Fukushima ―entre otros desastres producidos por los negocios corporativos―, cuando los océanos agonizan, atrapados entre islas de basura, y el espacio se ha convertido en un vertedero además de en un depósito armamentístico, estas palabras no pueden sonar más que como ominosas reverberaciones.

Este desarrollo ha afectado, en diferentes grados, a todas las poblaciones del planeta. Aun así, como mejor se define el Nuevo Orden Mundial es como un proceso de recolonización. Lejos de comprimir el planeta en una red de circuitos interdependientes, lo ha reconstruido como un sistema de estructura piramidal, al aumentar las desigualdades y la polarización social y económica, y al profundizar las jerarquías que históricamente han caracterizado la división sexual e internacional del trabajo, y que se habían visto socavadas gracias a las luchas anticoloniales y feministas.

El centro estratégico de la acumulación primitiva lo ha conformado el mundo colonial, mundo de plantaciones y esclavismo, históricamente el corazón del sistema capitalista. Lo llamo «centro estratégico» porque su reestructuración ha proporcionado los cimientos y las condiciones necesarias para la reorganización global del mercado de trabajo. Ha sido aquí, de hecho, donde hemos sido testigos de los primeros y más radicales procesos de expropiación y pauperización y de la desinversión más ingente del Estado en la fuerza de trabajo. Estos procesos están perfectamente documentados. Desde principios de los años ochenta, como consecuencia de los ajustes estructurales, el desempleo en la mayor parte de los países del «Tercer Mundo» ha crecido tanto que la USAID (3) [Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] podía reclutar trabajadores ofreciendo tan solo «comida por trabajo». Los salarios han caído de tal manera que se ha comprobado que las trabajadoras de las maquilas tienen que comprar la leche por vasos o los huevos y tomates por unidad. Poblaciones enteras se han visto desmonetarizadas, al mismo tiempo que se les ha arrebatado las tierras para concedérselas a proyectos gubernamentales o a inversores extranjeros. Actualmente, medio continente africano se encuentra bajo emergencia alimentaria (4). En África Oriental, del Níger a Nigeria y hasta Ghana, el suministro de electricidad ha desaparecido, las redes eléctricas nacionales han sido desarticuladas, obligando a aquellos que tienen dinero a comprar generadores individuales cuyo zumbido llena las noches, dificultando el sueño de la gente. La sanidad estatal y los presupuestos de educación, los subsidios a los agricultores, las ayudas para las necesidades básicas, todas ellas han sido desmanteladas, reducidas drásticamente y suprimidas. En consecuencia, la esperanza de vida está descendiendo y han reaparecido fenómenos que se suponía que el capitalismo había borrado de la faz de la tierra hace mucho tiempo: hambrunas, hambre, epidemias recurrentes, incluso la caza de brujas.(5) En aquellos lugares en los que los «planes de austeridad» y la apropiación de tierras no pudieron concluir su tarea, la ha rematado la guerra, abriendo nuevos campos para la extracción de crudo y la recolección de diamantes o coltán. Y en lo que respecta a la población objetivo de esta desposesión, se han convertido en los sujetos de una nueva diáspora, que arroja a millones de personas del campo a las ciudades, que cada vez más se asemejan a campamentos. Mike Davis ha utilizado la frase «planeta de ciudades miseria» en referencia a esta situación, pero una descripción más correcta y vívida hablaría de un planeta de guetos y un régimen de apartheid global.

Si además tenemos en cuenta que, mediante la deuda y el ajuste estructural, los países del «Tercer Mundo» se han visto obligados a desviar la producción alimentaria del mercado doméstico al mercado de exportación, convertir tierras arables y cultivables para el consumo humano en terrenos de extracción mineral, deforestar tierras, y convertirse en vertederos de todo tipo de desechos así como en campo de depredación para las corporaciones cazadoras de genes,(6) entonces, debemos concluir que, en los planes del capital internacional, existen zonas del planeta destinadas a una «reproducción cercana a cero». De hecho, la destrucción de la vida en todas sus formas es hoy tan importante como la fuerza productiva del biopoder en la estructuración de las relaciones capitalistas, destrucción dirigida a adquirir materias primas, «desacumular» trabajadores no deseados, debilitar la resistencia y disminuir los costes de la producción laboral.

Hasta qué punto ha llegado el subdesarrollo de la reproducción de la fuerza de trabajo mundial se refleja en los millones de personas que frente a la necesidad de emigrar se arriesgan a dificultades indecibles y a la perspectiva de la muerte y el encarcelamiento. Ciertamente la migración no es tan solo una necesidad, sino también un éxodo hacia niveles más altos de resistencia, un camino hacia la reapropiación de la riqueza robada, como argumentan Yann Moulier Boutang, Dimitris Papadopoulos y otros autores (7). Esta es la razón por la que la migración ha adquirido un carácter tan autónomo que dificulta su utilización como mecanismo regulador de la reestructuración del mercado laboral. Pero no hay duda alguna de que si millones de personas abandonan su país hacia un destino incierto, a cientos de kilómetros de sus hogares, es porque no pueden reproducirse por sí mismas, al menos no bajo las condiciones necesarias. Esto se hace especialmente evidente cuando consideramos que la mitad de los migrantes son mujeres, muchas con hijos que deben dejar atrás. Desde un punto de vista histórico esta práctica es altamente inusual. Las mujeres son habitualmente las que se quedan, y no debido a falta de iniciativa o por impedimentos tradicionalistas, sino porque son aquellas a las que se ha hecho sentir más responsables de la reproducción de sus familias. Son las que deben garantizar que sus hijos tengan comida, a menudo quedándose ellas mismas sin comer, y las que se cercioran de que los ancianos y los enfermos reciben cuidados. Por eso cuando cientos de miles de ellas abandonan sus hogares para enfrentarse a años de humillaciones y aislamiento, viviendo con la angustia de no ser capaces de proporcionarles a sus seres queridos los mismos cuidados que les dan a extraños en otras partes del mundo, sabemos que algo dramático está sucediendo en la organización del mundo reproductivo.

Debemos rechazar, de todas maneras, la afirmación de que la indiferencia de la clase capitalista internacional frente a la pérdida de vidas que produce el capitalismo es una prueba de que el capital ya no necesita el trabajo vivo. Más cuando en realidad la destrucción a gran escala de la vida ha sido un componente estructural del capitalismo desde sus inicios, como necesaria contrapartida a la acumulación de la fuerza de trabajo, acumulación que inevitablemente supone un proceso violento. La recurrente «crisis reproductiva» de la que hemos sido testigos en África durante las últimas décadas se encuentra enraizada en esta dialéctica de acumulación y destrucción de trabajo. También la expansión del trabajo no contractual y otros fenómenos que deberían ser considerados como abominaciones en un «mundo moderno» ―como las encarcelaciones masivas, el tráfico de sangre, órganos y otras partes del cuerpo humano― deben ser leídas dentro de este contexto.

El capitalismo promueve una crisis reproductiva permanente. Si esto no ha sido más visible en nuestras vidas, por lo menos en muchas partes del Norte Global, es porque las catástrofes humanas que ha causado han sido en su mayor parte externalizadas, confinadas a las colonias y racionalizadas como un efecto de una cultura retrógrada o un apego a tradiciones erróneas y «tribales». Sobre todo durante la mayor parte de los años ochenta y noventa, los efectos de la reestructuración global apenas se notaron en el Norte, excepto dentro de las comunidades de color, o bien se presentaron como alternativas liberadoras frente a la regimentación de la rutina de 9 a 17, si no anticipaciones de una sociedad sin trabajadores.

Pero observado desde el punto de vista de la totalidad de las relaciones capital-trabajo, este desarrollo demuestra el esfuerzo continuo del capital de dispersar a los trabajadores y de minar los esfuerzos organizativos de los obreros dentro de los lugares de trabajo. Combinadas, estas tendencias han abolido los contratos sociales, desregulado las relaciones laborales, reintroducido modelos laborales no contractuales destruyendo no solo los resquicios de comunismo que las luchas obreras habían logrado sino amenazando también la creación de los nuevos comunes.

También en el Norte, los ingresos reales y las tasas de empleo han caído, el acceso a la tierra y a los espacios urbanos ha disminuido, y el empobrecimiento e incluso el hambre se han extendido. Treinta y siete millones de personas en Estados Unidos pasan hambre, mientras que el 50 % de la población norteamericana, según un estudio de 2011 pertenece al segmento de población de «bajos ingresos». Añadamos a esto que la introducción de la tecnología, supuestamente diseñada para ahorrar tiempo, lejos de reducir la duración de la jornada laboral la ha extendido hasta el punto de que en algunos países como Japón se han vuelto a ver personas muriendo por exceso de trabajo, mientras que el tiempo de ocio y la jubilación se han convertido en un lujo. El pluriempleo es, hoy en día, una actividad necesaria para muchos trabajadores en Estados Unidos, mientras que personas de sesenta a setenta años, viendo que les han retirado las pensiones, están regresando al mercado de trabajo. Aún más significativo es el hecho de que estemos siendo testigos del desarrollo de una fuerza de trabajo vagabunda, itinerante, compelida al nomadismo, siempre en movimiento, en camiones, tráileres, autobuses, buscando trabajo allá donde aparezca una oportunidad, un destino que antes se reservaba en Estados Unidos solo a los temporeros que recogían las cosechas de los cultivos industriales, cruzando el país como pájaros migratorios.

Junto con el empobrecimiento, el desempleo, las horas extras, el número de personas sin hogar y la deuda, se ha producido un incremento de la criminalización de la clase trabajadora, mediante una política de encarcelamiento masivo de la clase obrera que recuerda al Gran Encierro del siglo XVII, (8) y la formación de un proletariado ex-lege, constituido por inmigrantes indocumentados, estudiantes que no pueden pagar sus créditos, productores o vendedores de mercancías ilícitas, trabajadoras del sexo. Es una multitud de proletarios, que existen y trabajan en las sombras, que nos recuerda que la producción de poblaciones sin derechos ―esclavos, sirvientes sin contrato, peones, convictos, sans papiers― permanece como una necesidad estructural de la acumulación capitalista.

Especialmente crudo ha sido el ataque producido sobre la juventud, particularmente sobre la de la clase trabajadora negra, potenciales herederos del Black Power, a los que nada les ha sido concedido, ni siquiera la posibilidad de un empleo seguro o del acceso a la educación. Sin embargo también para muchos jóvenes de clase media su futuro está en duda. La educación se consigue a un alto precio, provoca endeudamiento y la probable imposibilidad de devolución de los créditos estudiantiles. La competición por el empleo es dura, y las relaciones sociales son cada vez más estériles ya que la inestabilidad impide la construcción comunitaria. No sorprende pues que, entre las consecuencias sociales de la reestructuración de la reproducción, haya habido un incremento del número de suicidios juveniles, así como un repunte de la violencia contra las mujeres y los niños, incluyendo el infanticidio. Es imposible, entonces, compartir el optimismo de aquellos que, como Negri y Hardt, han argumentado en los últimos años que las nuevas formas de producción creadas por la reestructuración global de la economía ya proveen la posibilidad de formas más autónomas y más cooperativas de trabajo.

Aun así, el asalto a nuestra reproducción no ha pasado incontestada. La resistencia ha adoptado diferentes formas y muchas de ellas se han mantenido en la sombra hasta que se han convertido en fenómenos de masas. La financiarización de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana mediante el uso de las tarjetas de crédito, préstamos, endeudamiento, especialmente en Estados Unidos, debe plantearse desde este punto de vista como una respuesta al declive de los salarios y a un rechazo a la austeridad impuesta por ello, más que simplemente un producto de la manipulación financiera. En todo el mundo, está creciendo un movimiento de movimientos, desde los años noventa; este ha desafiado todas y cada una de las facetas de la globalización ―mediante manifestaciones masivas, ocupaciones de tierras, construcción de economías solidarias y de otros métodos de desarrollo de los comunes. Más importante todavía, la reciente expansión de levantamientos masivos prolongados y movimientos en la estela «Occupy», que a lo largo del último año han barrido gran parte del mundo, desde Túnez y Egipto, pasando por la mayor parte de Oriente Medio, hasta España y Estados Unidos, ha abierto una brecha que permite entrever que la idea de una gran transformación social parece posible de nuevo. Tras años de aparente aceptación de la situación actual, en los que nada parecía capaz de parar los efectos destructores de un orden capitalista en declive, la Primavera Árabe y la expansión de acampadas a lo largo de Estados Unidos, uniéndose a los muchos asentamientos ya formados por la creciente población de sin techo, muestra que los de abajo se están movilizando de nuevo, y que una nueva generación se dirige a las plazas decidida a reclamar su futuro, eligiendo formas de rebelión que pueden potencialmente tender puentes entre las principales brechas sociales.



(Fragmento tomado del Libro Revolución en punto cero - Desde Pág. 166 hasta Pág. 173) El título del artículo NO ES EL ORIGINAL. Fragmento titulado originalmente como Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción. Para acceder al libro completo clic aquí (N&A) 

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1- Sistema de organización fabril que reduce al mínimo los costes de gestión y almacenamiento al producir únicamente la cantidad exacta de mercancías demandadas en un momento preciso. [N. de la T.].

2- Karl Marx, Grundrisse, citado por David McLellan en Karl Marx: Selected Writings, Oxford, Oxford University Press, 1977, pp. 363-364 [ed. cast.: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), Siglo XXI, México, 2007].
3- La USAID es la agencia estadounidense encargada de distribuir la mayor parte de la ayuda exterior de carácter no-militar. En principio independiente, ha sido objeto de duras críticas y acusada de colaboración con la CIA o de ayudar en diversos escenarios a la desestabilización de gobiernos no alineados con las políticas de EEUU. [N. de la T.]

4- Sam Moyo y Paris Yeros (eds.), Reclaiming the Land: The Resurgence of Rural Movement in Africa, Asia and Latin America, Londres, Zed Books, 2005, p. 1.

5- Silvia Federici, «Witch-Hunting. Globalization and Feminist Solidarity in Africa Today», Journal of International Women’s Studies, Special Issue: Women’s Gender Activism in Africa, octubre de 2008.

6- Los cazadores de genes son los modernos piratas de la genética, que recolectan el acervo genético de los pueblos indígenas para descubrir variaciones particulares, negocio de gran potencial para las transnacionales farmacéuticas. [N. de la T.]

7- Yann Moulier Boutang, De l’esclavage au salariat. Èconomie historique du salariat bride, París, Presse Universitaire de France, 1998 [ed. cast.: De la esclavitud al trabajo asalariado: economía histórica del trabajo asalariado, Madrid, Akal, 2006]; Dimitris Papadopoulos, Niam Shephenson y Vassilis Tsianos, Escape Routes Control and Subversion in the 21th Century, Londres, Pluto Press, 2008.


8- Desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII se extendieron por Europa los llamados hospitales generales o casas de trabajo [workhouses], donde eran confinadas forzosamente todas aquellas personas que no eran consideradas productivas (vagabundos, mendigos y pobres en general). Por un lado, el trabajo obligatorio que desempeñaban fue aprovechado en este capitalismo emergente. Por el otro, debido al miedo al encierro en estos centros, las formas de vida que permitían subsistir al margen del trabajo asalariado fueron desapareciendo, lo que allanó el camino a la extensión de la disciplina laboral capitalista necesaria para que se asentara este tipo de trabajo. [N. de la T.] 



jueves, 26 de marzo de 2015

La mujer esclava - René Chaughi

"Era usual en la prensa anarquista dirimir una disputa reeditanto un texto conocido o un autor respetado. En este caso, La mujer esclava de René Chaughi compila las argumentaciones más estables respecto a la cuestión y tuvo una intensa circulación hasta donde llega mi investigación, a fines de los años veinte.  El folleto es recomendado por La Protesta Humana añadiendo que “es la cuestión primordial de la época” y que “mientras la mujer sea objeto de humillación el hombre no puede ser libre”. Si bien fue publicado en español recién en 1907, El Rebelde ya transcribía una traducción fragmentaria en 1899". Laura Fernández Cordero «Queremos emanciparos: anarquismo y mujer en Buenos Aires de fines del XIX» Revista Izquierdas, III, 6 (2010) 

Desde que la humanidad existe la mujer es la esclava del hombre.

Todavía muy cerca del mono originario, armados de colmillos y de zarpas, cubiertos de pelo, las mandíbulas salientes y la frente deprimida, era natural que nuestros prehistóricos antepasados se portaran como bestias salvajes. No dejaban de serlo. Las hembras no eran para ellos más que un botín que se disputaban a la fuerza, y hasta me imagino que se olvidarían de pedir su consentimiento a las azoradas compañeras. Conquistadas en ruda lucha, era necesario que luego pagaran con su trabajo la manutención que les otorgaba el dueño, quien imponía a su sierva toda la labor que a él no le gustaba. Todavía no estamos muy lejos de eso, pues, en la mayoría de los actuales pueblos primitivos, la mujer es considerada y tratada como una bestia de carga.

El hombre antiguo dominaba a su esposa por la violencia; nosotros dominamos a las nuestras por medio de artimañas, que consisten en dejarlas ignorar todo lo que se refiere al matrimonio y a la vida, para pedirles luego un consentimiento falaz. El hombre antiguo consideraba a su compañera como una cosa suya; nosotros la consideramos como nuestra propiedad. Tenía sobre ella derecho de vida y de muerte; nosotros también. Atemorizamos a la joven con contratos inviolables, inventados por nosotros en provecho nuestro; atemorizamos a la esposa con leyes sanguinarias, hechas también por nosotros con el mismo objeto. Es siempre el régimen del rapto y de la violencia convertido en honor por nuestros abuelos.

Al par que nuestras mandíbulas han disminuido y nuestras zarpas se han convertido en uñas, nuestros cráneos se han ensanchado. Ya que pretendemos pensar y razonar, bueno sería que pusiésemos de acuerdo nuestros actos con nuestra razón, abandonando las costumbres heredadas del tiempo de los colmillos y las zarpas. Toda nuestra vida social, y nuestra vida sexual especialmente está formada de tradiciones semi-salvajes. Es necesario que esto acabe.

Buenas almas creen que es justo que la mujer se mantenga en su condición inferior, ya que es más débil. Lógica de salvaje siempre. Si las palabras derecho y deber no estuviesen desprovistas de sentido, habría que decir todo lo contrario: que es necesario imponer más deberes a los fuertes y conceder más derechos a los débiles. Por otra parte, la debilidad de la mujer es relativa: ciertas mujeres son más robustas que ciertos hombres. En algunas especies de animales la hembra es tan fuerte como el macho, y en el combate son más terribles. La debilidad, pues, no corresponde necesariamente a la función materna. Si la mujer es hoy algo más delicada que su compañero, quizá esto sea el resultado de una larga división del trabajo: él guerreando y cazando, ella cuidando de la casa y de los pequeños. La fuerza muscular no tiene ninguna importancia en la vida social contemporánea; no puede ser un motivo de desigualdad. Cada día más se impone la energía nerviosa, el cerebro pensando y queriendo. ¿Acaso el sistema nervioso de la mujer no es capaz de elaborar en pensamiento y en voluntad tanto como el del hombre? ¿Por ventura se cree que debe ser tenido en tutela? Ni pensarlo siquiera. Como todos los seres vivientes, la mujer tiene en sí recursos propios. Que se le deje entrar en la vida y desarrollarse a su gusto. Ella sola es el juez de lo que puede y debe hacer.

Siempre sucedió lo mismo. Los nobles no querían que los burgueses se emanciparan, porque se consideraban superiores. Los burgueses hoy no quieren que los trabajadores se liberten; también se creen superiores. Los militares quieren sobreponerse a los civiles, y los curas a los laicos. Los civilizados miran con desprecio a los salvajes, sin reparar que la distancia que les separa solo es un accidente de la evolución general. Cada pueblo se cree superior a los demás. Cada uno de nosotros créese ser más sincero que el resto de los hombres. La idea que tiene el hombre respecto a su superioridad sobre la mujer, no tiene fundamentos sólidos. Es una ilusión nacida del deseo de dominar.

Sobre todas las cosas está el deseo de dominar. Con la simple lectura del código se nota que son los hombres los que han hecho las leyes. La manera como hablan los legisladores de los hechos y de los deberes de cada uno de los esposos, la manera opuesta de considerar el adulterio en cada caso, y la manera como tratan a la madre y al hijo natural, son verdaderamente encantadoras. Desenvuélvese un egoísmo tan ingenuo que casi desarma la indignación. El poder legal del marido casi no tiene límites y el de la esposa es nulo. Ella le pertenece; pero él a ella no. Que la mujer sea feliz o desgraciada depende de la buena voluntad del hombre; pues la ley que la ha entregado no la defiende. A decir verdad, la mujer, al igual que en las edades prehistóricas, está considerada, no como una persona, sino como una propiedad. Para que el amor pueda nacer y durar entre el esclavo y la cierva, son necesarias circunstancias excepcionales. La mayoría de las veces no hay amor; hay solo el cambio de dos deseos momentáneos, o quizá peor, brutalidad de una parte y sumisión de otra. En materia de matrimonio la propiedad es la violencia.

Para salir de este estado humillante de cosa poseída, la mujer busca cada día más a libertarse de la tutela del hombre, viviendo de su propio trabajo. Pero se encuentra con el patrono arrogante que, como precio a trabajos más penosos, le ofrece un salario para morirse de hambre.

Para no morirse, muchas mujeres buscan refugio en la prostitución. ¡Si al menos estuviesen seguras, obrando así, de evitar el suicidio!

Cada vez que la mujer quiere emanciparse, cuando de simple cosa quiere convertirse en persona, el hombre pone todo su esfuerzo para impedirlo. No quiere que ella desarrolle sus facultades para convertirse en su igual. Los diputados no quieren mujeres electoras ni elegibles; los magistrados no quieren que las mujeres cursen derecho; los médicos no quieren que las mujeres estén agregadas a la facultad u ocupen alguna cátedra. En las bellas artes los alumnos se oponen a las entradas de las alumnas. Pues bien, a pesar de todas las ridiculeces y dificultades de todo género, un buen número de mujeres cursan las ciencias, las letras y las artes, y algunas veces con mejor provecho que los hombres.

No hay para qué ocultarlo; en el fondo el hombre desdeña a la mujer, y la amabilidad que aparenta en su presencia es una abominable hipocresía destinada a enmascarar la condición de esclava en que la tiene sujeta.

Tal desdén se refleja hasta en el lenguaje. Para significar todos los seres de nuestra especie decimos: el hombre, los hombres, la humanidad. La mujer está comprendida también a título inferior, y por lo mismo ni se la nombra.

Cuando afirma haber separado a la mujer de la vida social por la delicadeza de su organismo, el hombre miente. Si esto fuera verdad, el hombre se habría encargado de todos los trabajos penosos y repugnantes, dejando para su compañera los trabajos fáciles, y en primer lugar el estudio. No lo ha hecho, porque no ha querido. Desde el origen de las sociedades, todos los esfuerzos del hombre se han dirigido a impedir que la mujer se instruya. ¿Por qué? Porque un esclavo que se instruye, deja de ser un buen esclavo.

La educación que se da a la joven es una educación servil. No se preocupan de desarrollar sus aptitudes, sino de formarla para que tenga un dueño, Se la enseña lo justo para que no haga muchas faltas de ortografía y para que no parezca cursi en una conversación; se consiente en adornar su espíritu con algunas artes que distraigan; se la concede meter ruido en el piano, ya que esto no es peligroso para la prerrogativas del hombre. Pero se guardan mucho de hacerle conocer las ciencias, que le abrirían los ojos sobre las mentiras religiosas o sociales, fundamentos de su servilismo; no quieren que se interese en la vida pública, que observe la sociedad frente a frente, ni que se forme sobre las instituciones ideas que podrían muy bien rebelarla.

Se la encierra en casa, entre la cocina y las labores; se atonta su inteligencia con lecturas perniciosas; se degrada su carácter para que obedezca. ¡Obedecer! Es lo que desde un principio se esfuerzan en imponerle como norma de toda su vida. Al mismo tiempo atácase su sentido moral con exhortaciones que llaman virtuosas y en realidad son degradantes. Se hace creer a la joven que es vergonzoso amar libremente a un joven y ser madre sin haber cumplido las ceremonias establecidas; en cambio se le hace creer que no es denigrante el venderse a un viejo mientras se cumplan las ceremonias. Escondiéndole la verdad, reglamentando sus lecturas, se la ultraja: se le hace la injuria de suponer que, entregada a sí misma, sería incapaz de sostenerse; considérasela, con el criterio cristiano, un ser impuro. Degradado en su cuerpo, y lo que es peor, en su cerebro, la mujer es víctima de todas las supersticiones y de todos los prejuicios.

Pues bien, nosotros queremos para la mujer, como para el hombre, una educación esencialmente científica. Las ciencias, y sobre todo las naturales, son indispensables a la mujer; por de pronto para limpiar su cerebro de todas las estupideces que la entorpecen; luego como la mujer alumbra y cría, necesita conocer su organismo, saber lo que es la vida, el amor, la muerte. ¿Cómo ha de cuidar un niño, si ignora la anatomía, la fisiología y la medicina? Yo quisiera que todas las jóvenes y los jóvenes también, pasaran unos dos años o tres en los hospitales y aprendiesen el arte de curar y el respeto al dolor humano. Esto valdría más que los cursos de piano para las unas y el servicio militar para los otros.

Esclava desde tantos siglos, la mujer conserva las costumbres de esclava, el pensar de esclava, los gustos de esclava. Observadla: en la más honesta encontraréis trazas de venalidad, hasta con su marido. Al ofrecerla un vestido nuevo o un regalo cualquiera, veréis que se torna más amable; esto es vergonzoso. Como todos los esclavos, aplaude el éxito, y, al mérito modesto, prefiere las medianías que consiguen notoriedad. Tiene una necesidad malsana de bien parecer, de atraer las miradas; un deseo perverso de dominar, de humillar. Como a los salvajes, le gustan las cosas doradas, las pedrerías, la compostura inútil y embarazosa; horas enteras se pasan frente a los escaparates de las joyerías, mirando cosas feas, pero brillantes; cúbrense de collares, brazaletes, sortijas, pendientes, cintas y de un sin número de cosas que no tienen razón de ser, pero que cuestan muchísimo, agravando con esto la lucha por la vida.

Su tocado es, ante todo, antihigiénico y contraproducente. Lleva plumas en la cabeza, como los salvajes –y como los generales–; como los salvajes gusta de las pinturas corporales; pinta sus ojos, sus labios, sus mejillas; como los salvajes, se deforma y se mutila; agujerea sus orejas para colgar objetos, y gracias a que ha perdido la costumbre de agujerearse los labios y la nariz. Comprime sus pies con zapatos extravagantes, que la imposibilita caminar naturalmente; comprime sus pulmones y su estómago con el corsé, comprometiendo así su salud y la de los hijos que tendrá... ¡si puede! Pero esto poco le importa: en los cerebros que están deprimidos por la esclavitud, la vanidad es más fuerte que todo.

Es necesario que esto acabe. Es necesario que la mujer tome conciencia de sí misma, se canse de su estado presente, se niegue a ser por más tiempo ora una muñeca, ora una sirvienta y siempre una propiedad. Es necesario que sepa que no hay dignidad posible ni moralidad sino en la libertad, en la plena posesión de sí misma. Quiera ser libre, y lo será. La libertad de la mujer sería una gran revolución cuyas consecuencias no pueden calcularse. Sería el fin de las religiones, que sólo subsisten por ella, y por ella tienen aún al hijo y al hombre. Sería el fin de las guerras, que las mujeres detestan porque en ellas perecen tantos maridos e hijos. La adaptación de la mujer a las tareas modestas ha tenido algo de bueno, ya que le ha hecho perder las costumbres brutales y el gusto del homicidio. La mujer instruida, entrando en la vida social, sería el medio más eficaz para la pacificación y el desarme, y no las palabras hueras de los déspotas. Sería el fin de la prostitución, del relajamiento mercenario y vil. Sería el fin del reino de la violencia y del aplastamiento de los débiles por los fuertes. Sería el advenimiento de la piedad y de la bondad.

La mujer libre es una humanidad nueva que se levanta.
 

René Chaughi




Folleto de 8 páginas, número 14 de la Biblioteca de «Salud y Fuerza» (revista neo-malthusiana ilustrada)

«Imprenta de SALUD Y FUERZA, Villarroel, 7.»


sábado, 21 de marzo de 2015

Venezuela: Primer caso de desaparición forzada en madurismo ¿Dónde está Alcedo Mora?

Alcedo Mora desapareció el 27 de febrero. La última vez que fue visto, se encontraba en las cercanías de una plaza de la ciudad de Mérida, en el estado andino fronterizo que lleva el mismo nombre. Pertenecía al Partido de la Revolución Venezolana (Grupo Ruptura – Tercer Camino), un partido no inscrito de la izquierda no chavista y que fue otrora el aparato político del grupo guerrillero FALN. Trabajaba como funcionario adscrito a la Secretaría de la Gobernación del Estado Mérida y según informaciones que suministran sus familiares y amigos, el dirigente político había denunciado pocos días antes de su desaparición que tras una fuerte discusión con sus jefes, le habían advertido que contra él pesaba una orden de detención por parte del Sebin, cuerpo de inteligencia del Estado venezolano. Según comunicó Alcedo, se trataba de una represalia por haber elevado denuncias de corrupción en la petrolera estatal PDVSA. Pidió entonces a sus allegados mantenerse en alerta. No obstante, la información oficial por parte del Estado es que ninguna orden de captura pesaba sobre Alcedo Mora. En este sentido, aquella información suministrada por Alcedo debe considerarse como un gesto intimidatorio que sobre él formuló su jefe, el Secretario de la Gobernación de Mérida, Luis Martínez. Es este funcionario quien debería brindar información sobre el paradero del hombre que intentó amedrentar.

El caso de Alcedo Mora perfila como el primer caso de desaparición forzada en el marco de un gobierno que se dice “socialista” y que para quienes vivimos en Venezuela no representa más que otra traición histórica a las aspiraciones libertarias del colectivo. Y es que si algo ha caracterizado al gobierno chavista es precisamente el hecho de ser especialmente severo para con quienes desde sus filas se creyeron el cuento de que habría revolución. Una de las primeras advertencias se hizo contra un grupo de jóvenes que tomando la palabra de Hugo Chávez -quien invitaba a derribar viejos símbolos y a ‘descolonizarnos’- se fueron hasta la plaza en la que se erguía la estatua de Cristóbal Colón, le hicieron un juicio popular, lo declararon genocida y derribaron la efigie para entre música, risa y baile arrastrarla hasta donde estaba encerrado Chávez encabezando un acto político con las comunidades indígenas. La respuesta fue la más brutal represión. Luego de eso, mucha agua ha corrido y siempre han sido los movimientos sociales, los indígenas, campesinos y obreros los que han sufrido con mayor vehemencia las políticas represivas del chavismo. Casos emblemáticos son los de la huelga de los obreros de Sanitarios Maracay, que desató la furia represora del gobierno de Chávez y le costó la vida a tres dirigentes sindicales de la Unión Nacional de Trabajadores que acabaron siendo víctimas del sicariato político, una realidad que del mismo modo padecen los dirigentes campesinos del Frente Ezequiel Zamora. Otro caso que evidencia la brutalidad del Estado venezolano es el del genocidio a cuenta gotas que recae sobre el pueblo indígena yukpa que lucha porque los convenios con China y Rusia no sigan arrebatándoles su territorio y el agua que les surte a ellos y a las ciudades vecinas.

En el marco de este estado de cosas, una crítica formulada desde la izquierda autónoma puede traer consecuencias mucho más brutales de las que ha acarreado para muchos activistas de la ultraderecha el encabezar y hacer parte de revueltas burguesas como las denominadas ‘guarimbas’. Mientras el artífice de las revueltas Leopoldo López se encuentra, según las palabras del Presidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello, ‘en resguardo’, Alcedo Mora ha sido DESAPARECIDO.

La desaparición de este dirigente popular es así funcional a la política del miedo que ejerce el gobierno chavomadurista para acallar la crítica que presiente podría hacer mella en sus ya profundamente debilitadas bases de apoyo popular. Y en este sentido, el crimen institucional garantiza la sumisión de quienes ven en ello una advertencia. Y esta advertencia parece funcionar, pues ninguno de los corporizados “medios comunitarios” ni ninguno de sus "aguerridos comunicadores" se atreve a elevar el grito por Alcedo Mora.


N&A 


jueves, 19 de marzo de 2015

Revolución del Espíritu (1919) - Gustav Landauer

A lo largo de la Primera Guerra Mundial, Gustav Landauer había tomado una consistente posición anti-guerra. A comienzos de 1918, comenzaron en Alemania huelgas masivas contra la guerra. Los escritos de Landauer rápidamente tuvieron popularidad, especialmente su publicación de 1911, Por el Socialismo. A fines de Octubre de 1918, rompieron motines navales en Kiel, y en Noviembre se formaron asambleas de obreros y de soldados. Mientras la mayoría Social Demócrata proclamó una república, anticipándose a los socialistas radicales, liderados por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Landauer fue a Bavaria, donde el socialista independiente, Kurt Eisner, había ya proclamado una república social. Landauer se unió al anarquista Erich Mühsam (1868-1934) en el apoyo a un Consejo Revolucionario de Trabajadores que abogaba por una democracia directa de consejos obreros de amplia base en oposición a la democracia parlamentaria. Al contrario de los Marxistas radicales involucrados en el movimiento de consejos, que llamaron a la “dictadura del proletariado”, Landauer argumentó que los consejos debían incluir a todos los miembros de la comunidad y llamó a “la abolición del proletariado como clase distinta” ­(Eugene Lunn, Prophet of Community: The Romantic Socialism of Gustav Landauer, Berkeley: University of California, 1973, pág. 301). En Enero de  1919, la revuelta “Espartaquista” fue aplastada en Berlín, y Liebknecht y Luxemburg fueron asesinados por las fuerzas militares. El movimiento del consejo revolucionario siguió en Bavaria, con Landauer adoptando un rol activo. Eisner fue asesinado en Febrero de 1919. Los Social Demócratas intentaron establecer un nuevo gobierno en Marzo de 1919 y apoyaron la represión violenta de las protestas callejeras. Cuando tres manifestantes fueron asesinados por las fuerzas de seguridad con la aprobación de los Social Demócratas, Landauer comentó, “En toda la historia natural no conozco criatura más repulsiva que el Partido Social Demócrata” (como lo cita Lunn, pág. 321). El gobierno Social Demócrata se retiró a Nuremberg y en Abril de 1919 fue declarada en Munich una República de los Consejos. Landauer participó en la República de los Consejos, pero duró por solo una semana; los Comunistas tomaron entonces el poder después de un intento de golpe por parte de las tropas leales al gobierno Social Demócrata. ­Al comienzo Landauer ofreció su apoyo a los Comunistas, que éstos rechazaron, pero cuando fue claro que su intención era adoptar los métodos autoritarios de los Blocheviques, Landauer retiró su oferta. Dos semanas más tarde fue golpeado brutalmente y baleado hasta la muerte por tropas reaccionarias enviadas por el gobierno central Social Demócrata en Berlín para aplastar la revolución Bávara. Cientos de otras personas fueron también masacradas. El ministro de defensa nacional Social Demócrata, Gustav Noske, felicitó al comandante de las tropas por el “discreto y completamente exitoso modo en que ha conducido usted sus operaciones en Munich” (como lo cita Lunn, pág. 340).

Los siguientes extractos son del prólogo a la segunda edición de Por el Socialismo, que Landauer escribió en Munich a comienzos de Enero de 1919 mientras aún había esperanzas de genuina transformación revolucionaria por líneas anarquistas comunitarias. La traducción de David j. Parent es de la editorial Telos Press (St. Louis, 1978).

El gobierno ha colapsado; el socialismo es la única salvación. Ciertamente éste no resultó del florecimiento del capitalismo; es el heredero y el hijo repudiado esperando en la puerta tras la cual se pudre el cadáver de su padre no natural. Tampoco puede el socialismo ser añadido al bello cuerpo de la sociedad como cumbre de riqueza nacional y una suntuosa economía; debe ser creado casi de la nada en medio del caos. Desesperado llamé al socialismo; pero de esa desesperación rescaté gran esperanza y dichosa resolución, y la desesperanza que yo y mis semejantes cargamos en nuestros corazones no se ha vuelto una condición permanente.  Que aquellos que ahora deben comenzar la labor de construcción no carezcan de esperanza, de un deseo de trabajar, de conocimiento, y de una creatividad duradera.

Todo lo dicho aquí acerca del colapso aplica por completo solo a Alemania en el presente y a las naciones que, voluntariamente o no, han compartido su destino. Como se dijo, no es el capitalismo como tal el que ha colapsado por virtud de su inmanente imposibilidad, sino el capitalismo de un grupo de naciones, que actúan en conjunto con autocracia y militarismo, y que han sido arruinadas por el capitalismo administrado liberalmente de otra región militarmente más débil y capitalistamente más fuerte, en final conjunción con la erupción volcánica de la ­ira popular de su propio pueblo. No predeciré cuándo y en qué forma ocurrirá el colapso del otro representante más astuto del capitalismo y el imperialismo. Las causas sociales necesarias para que ocurra cualquier revolución están presentes en todas partes. Sin embargo, la necesidad de liberación política, la única razón para que una revolución se mueva hacia un fin y se vuelva más que una revuelta, tiene fuerza variable en aquellos países que han experimentado revoluciones políticas democráticas. Lo siguiente parece ser evidente: mientras más movilidad política libre existe en un país, y mayor la adaptabilidad de las instituciones del gobierno a la democracia, más terrible e improductiva, sin embargo, será la lucha cuando la adversidad, la injusticia y la degradación social finalmente generen el fantasma de una revolución y, en consecuencia una demasiado real guerra civil, si no se toman los pasos para establecer el socialismo inmediatamente...

Pues la revolución puede solo ser política. No obtendría el apoyo de las masas esclavizadas si éstas no desearan también liberarse de la opresión social y de la penuria económica. Sin embargo, la transformación de las instituciones sociales, de las relaciones de propiedad, del tipo de economía, no pueden venir por vía de la revolución. En estos asuntos, los actos desde abajo solo pueden sacudir, destruir y abandonar algo; los actos desde arriba, incluso por parte de un gobierno revolucionario, pueden solo abolir y comandar, mientras que el socialismo debe construirse, erigirse, organizarse desde un nuevo espíritu. Este nuevo espíritu prevalece poderosa y ardientemente en la revolución. Los robots se vuelven personas. Las personas frías, sin imaginación, se encienden de entusiasmo. El status quo completo, incluyendo las opiniones, positivas y negativas, es puesto en duda. La razón, que antes solo se centraba en el interés egoísta, se vuelve pensamiento racional y miles de personas se sientan o caminan inquietos en sus cuartos, por primera vez en sus vidas forjando planes para el bienestar común. Todo se vuelve accesible a los buenos. El increíble milagro es traído al ámbito de la posibilidad. La realidad que de otro modo está oculta en nuestras almas, en las estructuras y ritmos del arte, en las estructuras de fe de la religión, en el sueño y el amor, en miembros danzantes y miradas con fulgor, ahora presiona por su plenitud. Sin embargo, el tremendo peligro sigue siendo que el viejo  modo rutinario y la imitación vacía tomen posesión de los revolucionarios y les convierta en radicales superficiales y sin cultura, con retórica resonante y gestos violentos, quienes ni saben, ni quieren saber, que la transformación de la sociedad puede solo venir en el amor, el trabajo, y el silencio.

Ignoran además otro asunto, a pesar de las experiencias de  revoluciones pasadas. Todas estas revoluciones fueron una gran renovación, un refresco burbujeante, un punto alto de las naciones; pero sus resultados permanentes fueron leves. En últimas trajeron un cambio solo en la forma de des-empoderamiento político. La libertad, madurez, honesto orgullo, auto-determinación política y una coherencia orgánica, corporativa de las masas, desde un espíritu unificador, de asociaciones voluntarias en la vida pública – esto solo puede lograrse mediante un gran ajuste, mediante la justicia económica y social, mediante el socialismo.

¿Cómo podría haber un bien común de comunidades verdaderas en nuestra era, en la que el cristianismo afirma la igualdad de todos los hijos del hombre, en origen, derechos y destino; cómo podría haber una vida pública libre, empapada del espíritu abarcador y dinámico de las personas progresivas entusiastas, si la esclavitud, el desheredamiento y el ostracismo persisten en cualquier forma y disfraz?

La revolución política que lleva al espíritu al poder y le torna en imperativo e implementación decisiva, puede despejar la vía para el socialismo, para un cambio de condiciones por medio de un espíritu renovado. Pero los decretos pueden, a lo más, incorporar a las personas como esclavos del gobierno en una nueva economía de tipo militar; el nuevo espíritu de justicia debe crear sus propias formas de economía. La idea debe abrazar las necesidades del momento dentro de su visión de amplio rango y darles forma enérgicamente. Lo que antes era solo un ideal, es realizado por el trabajo de la renovación nacida de la revolución.

La necesidad de socialismo está aquí. El capitalismo está colapsando. Ya no funciona. La ficción de que el capital funciona ha explotado como burbuja; lo único que atraía al capitalista a este tipo de trabajo, a este riesgo de su fortuna y el liderazgo y administración de la empresa, llámese el lucro, ya no le atrae. La era de la habilidad lucrativa del capital, del interés y la usura, se acabó; los dementes lucros de guerra eran una danza de la muerte. Si nosotros no hemos de perecer en nuestra Alemania, de perecer real y literalmente, la única salvación es el trabajo, real trabajo hecho, realizado y organizado por un espíritu altruista, fraternal. Deben desarrollarse nuevas formas de trabajo, libres de un tributo pagable al capital, creando sin cesar nuevos valores y nuevas realidades, cosechando y transformando los productos de la naturaleza para las necesidades humanas. La era de la productividad del trabajo está comenzando; de otro modo habremos llegado al final de la línea.

La tecnología ha puesto las fuerzas naturales, tanto largamente conocidas como recién descubiertas, al servicio de las personas. Mientras más personas cultiven la tierra y transformen sus productos, más rica la cosecha. La humanidad puede vivir con dignidad y sin cuidado. Nadie necesita ser esclavo de nadie, nadie necesita ser excluido y desheredado. El trabajo, el medio de vida, no necesita volverse un arduo tormento. Todos pueden vivir en apertura de espíritu, alma, juego, y dios.

Las revoluciones y su dolorosamente larga y opresiva pre-historia nos enseñan que solo la más extrema angustia, solo la sensación de total desesperación lleva a las masas a la razón, a la razón que, para sabios y niños, siempre viene naturalmente; ¿qué horrores, ruinas, penurias, flagelos, plagas, conflagraciones y salvajes crueldades hemos de esperar, si aún en esta hora fatídica, la razón, el socialismo, el liderazgo espiritual y la conformidad con el espíritu no entran en las mentes de las personas?

…Nuestra revolución puede y debe distribuir las tierras a gran escala. Puede y debe crear una nueva y revitalizada población en los campos, pero ciertamente no puede dar dicha a la clase capitalista en el trabajo y la empresa. Para los capitalistas, la revolución es solo el final de la guerra: colapso y ruina. Los capitalistas, sus administradores industriales y sus comerciantes pierden no solo sus ingresos sino también perderán sus materias primas y su mercado mundial. Aún más, el componente negativo del socialismo está ahí y no hay poder que pueda removerlo de la tierra: la completa, hora a hora poca disposición creciente de los trabajadores, de hecho  su inhabilidad psíquica, a seguir contratándose a sí mismos bajo condiciones capitalistas.

El socialismo, entonces, debe ser construido; debe ser puesto en operación en medio del colapso, en condiciones de angustia, crisis, improvisaciones. Gritaré ahora desde los tejados cómo desde la necesidad más grande la más grande virtud debe establecerse, y las nuevas corporaciones de trabajo desde la caída del capitalismo y las urgentes necesidades de las masas vivientes. No fallaré en reprender a los proletarios de la industria, quienes se consideran a sí mismos los únicos trabajadores, por su estrechez de mente, la salvaje obstinación, intransigencia y crudeza de su vida intelectual y emocional, su responsabilidad e incapacidad de una positiva organización económica y de liderazgo de emprendimientos. Al absolver a las personas de la culpa y declararlas criaturas de condiciones sociales uno no les vuelve productos de la sociedad distintos del que son, mientras el nuevo mundo será construido no con las causas de las personas sin con las personas mismas.

… El socialismo es posible y necesario en toda forma de economía y tecnología. No tiene uso para la tecnología industrial y mercantil del capitalismo ni para la mentalidad que produjo esta monstruosidad. Ya que el socialismo debe comenzar y ya que la realización del espíritu y la virtud nunca es masiva y normal sino que resulta solo del auto-sacrificio de los pocos y de la nueva aventura de los pioneros, el socialismo debe liberarse de la ruina de la pobreza y la dicha en el trabajo. Por el socialismo debemos volver a la vida rural y a una unificación de la industria, la producción artesanal y la agricultura, para salvarnos y aprender la justicia y la comunidad. Lo que Piotr Kropotkin nos enseñó sobre los métodos de cultivación intensiva de los suelos y la unificación del trabajo intelectual y manual en su importante y ahora famoso libro Campos, Fábricas y Talleres, como también la nueva forma de cooperativa de crédito y monetaria deben ser probadas ahora en nuestra más drástica necesidad y con placer creativo.
La necesidad requiere, voluntariamente pero bajo la amenaza de la hambruna, un nuevo comienzo y construcción, sin los cuales estamos perdidos.

Permítanme una última palabra, la más seria. Si convertimos la mayor de las penurias en la mayor de las virtudes y transformamos el trabajo de emergencia vuelto necesario por la crisis en el comienzo provisional del socialismo, nuestra humillación se abonará   a nuestro honor. Ignoremos el asunto de cómo nuestra república socialista, surgiendo de la derrota y la ruina, se parará entre las naciones victoriosas y los poderosos países dedicados actualmente al capitalismo. No mendiguemos, no temamos nada, no nos estremezcamos. Actuemos entre las naciones, como Job activado por su sufrimiento, abandonado por dios y el mundo para servir a dios y al mundo. Construyamos nuestra economía y las instituciones de nuestra sociedad de modo que podamos regocijarnos en el trabajo y la vida digna. Una cosa es cierta: cuando las cosas vayan  bien con nosotros en la pobreza, cuando nuestras almas estén a gusto, las personas pobres y honorables en todas las otras naciones, en todas ellas seguirán nuestro ejemplo. Nada, nada en el mundo tiene un poder de conquista tan irresistible como el que tiene la bondad. Eramos políticamente retrasados, éramos los lacayos más arrogantes y provocadores; el daño que resultó para nosotros con la inevitabilidad del destino nos ha indignado contra nuestros amos, nos movió a la revolución. Entonces de un solo golpe, es decir del que nos golpeó a nosotros, asumimos el liderazgo. Hemos de liderar la vía al socialismo; ¿cómo más podríamos liderar que por medio del ejemplo? El caos está aquí. Nuevas actividades y agitación están en el horizonte. Las mentes están despertando, las almas se alzan a la responsabilidad, las manos toman la acción. Que la revolución traiga un renacer. Que, dado que necesitamos nada más que personas nuevas y no corrompidas que se levanten de la oscuridad y las profundidades desconocidas, que estos renovadores, purificadores, salvadores no falten en nuestra nación. Que viva la revolución, y que crezca y ascienda a nuevos niveles en duros y maravillosos años. Que las naciones se empapen con el nuevo y creativo espíritu de nuestra tarea, de las nuevas condiciones, de las prístinas, eternas e incondicionales profundidades, el nuevo espíritu que realmente crea las nuevas condiciones. Que la revolución produzca religión, una religión de acción, vida, amor, que haga felices a las personas, les redima y supere situaciones imposibles. ¿Qué importa la vida? Moriremos pronto, todos morimos, no vivimos en absoluto. Nada vive sino lo que hacemos de nosotros, lo que hacemos con nosotros. La creación vive; no la criatura, solo el creador. Nada vive sino la acción de las manos honestas y de la gestión de un puro, genuino espíritu.  

Gustav Landauer


Traducción al castellano por @rebeldealegre 

Tomado del blog rebeldealegre 

Acerca de mi juicio: ¿Lucha de clases u odio de clases? - Errico Malatesta

"Un hermoso texto de Malatesta que habíamos compartido antes a través de la Biblioteca Anarquista. Es una traducción paralela a la que ya existía en el Archivo Errico Malatesta. Para complementar al amor desplegado en el artículo, es bueno recordar la profundidad espiritual del maestro anarquista italiano, según las palabras de Rudolf Rocker en el segundo tomo de su autobiografía "En la Borrasca": «Me lo había imaginado siempre un hombre de talla gigantesca, como Bakunin. Mi sorpresa no fue pequeña cuando vi ante mí a un hombre bajo, algo flaco, cuya apariencia física no correspondía de ningún modo a mis presentimientos. Sin embargo, aun cuando Malatesta no era el gigante que había creado mi imaginación, su rostro de finos contornos, expresivo, causó una profunda impresión en mí. La soberbia cabeza con el negro cabello frondoso y los ojos vivos, chispeantes, de los que irradiaba tanta bondad de corazón como energía indomable, hacía que fuese inolvidable para el que le ha visto una vez. El rostro pálido, cuya expresión varonil era realzada más aún por la corta y tupida barba, mostraba decisión tranquila y una rica vida espiritual interior. Se sentía a la primera mirada la energía secreta de una personalidad de gran aliento, que no se perdía nunca en cuestiones accesorias y tenía siempre en vista un gran objetivo» 

Le expresé al jurado en Milán algunas ideas acerca de la lucha de clases y el proletariado que provocaron críticas y asombro. Es mejor que vuelva a aquellas ideas.

Protesté con indignación contra la acusación de incitación al odio; expliqué que en mi propaganda siempre he buscado demostrar que los males sociales no dependen de la maldad de un amo u otro, un gobernador u otro, sino más bien de los amos y los gobiernos como instituciones; por lo tanto, la solución no radica en cambiar de gobernantes, sino que es necesario demoler el principio mismo mediante el cual dominan los hombres sobre los hombres; también expliqué que siempre he resaltado que los proletarios no son individualmente mejores que los burgueses, como lo demuestra el hecho de que un trabajador se comporte como un simple burgués, y aún peor cuando llega por algún accidente a una posición de riqueza y mando. 

Tales declaraciones fueron distorsionadas, falsificadas, puestas en aspecto desfavorable por la prensa burguesa, y la razón es clara. El deber de la prensa pagada, para defender los intereses de la policía y los tiburones, es ocultarle al público la verdadera naturaleza del anarquismo y buscar acreditar el cuento de que los anarquistas están llenos de odio y de que son destructores; la prensa hace esto por deber, pero tenemos que reconocer que a menudo lo hacen de buena fe, por pura y simple ignorancia. Desde que el periodismo, que alguna vez fue una vocación, se descompuso en mero trabajo y negocio, los periodistas han perdido no sólo su sentido ético, sino también la honestidad intelectual de abstenerse de hablar de lo que no saben. 

Olvidémonos de escritorzuelos, entonces, y hablemos de aquellos que difieren de nosotros en sus ideas y, a menudo sólo en su forma de expresar las ideas, pero aún siguen siendo nuestros amigos, porque apuntan sinceramente al mismo objetivo que nosotros. 

El asombro en esta gente es completamente inmotivado, tanto es así que yo tiendo a pensar que es fingido. No pueden ignorar que he venido diciendo y escribiendo estas cosas durante cincuenta años, y que las mismas cosas han sido dichas por cientos y miles de anarquistas, en mi propio tiempo y antes que yo. 

Hablemos más bien del desacuerdo. 

Existen personas “orientadas-al-trabajador”, que consideran que tener manos callosas es algo divinamente imbuido de todos los méritos y todas las virtudes; protestan si alguien se atreve a hablar de las personas y de la humanidad, sin jurar en el nombre sagrado del proletariado.

Ahora, es verdad que la historia ha hecho del proletariado el principal instrumento del próximo cambio social, y que aquellos que luchan por el establecimiento de una sociedad en la que todos los seres humanos sean libres y estén dotados de todos los medios para ejercer su libertad, deben depender principalmente del proletariado. 

Puesto que hoy el acaparamiento de los recursos naturales y del capital creado por el trabajo de generaciones pasadas y presentes es la principal causa de la sumisión de las masas y de todos los males sociales, es natural que aquellos que no tienen nada estén, de forma más directa y clara, interesados en compartir los medios de producción, y sean los principales agentes de la necesaria expropiación. Por eso dirigimos nuestra propaganda con mayor particularidad a los proletarios, cuyas condiciones de vida, por otro lado, les hace a menudo imposible levantarse y concebir un ideal superior. Sin embargo, este no es motivo para convertir al pobre en un fetiche simplemente porque es pobre; ni es una razón para alentarlo a creer que es intrínsecamente superior, y que alguna condición que con seguridad no provenga de su mérito o su voluntad, le da el derecho a hacer mal a los demás porque los otros le hicieron mal a él. La tiranía de las manos callosas (que en la práctica sigue siendo la tiranía de algunos que ya no tienen las manos callosas, aunque alguna vez las tuvieran), no sería menos dura y malvada, y no conllevaría males menos durables que la tiranía de los guantes. Tal vez sería menos ilustrada y más brutal: eso es todo.

La pobreza no sería la cosa horrible que es, si ésta no produjera embrutecimiento moral, como también daño material y degradación física, cuando se prolonga de generación en generación. El pobre tienen defectos distintos a aquellos producidos en las clases privilegiadas por la riqueza y el poder, pero no mejores. 

Si la burguesía produce a unos Giolitti y Graziani y una larga sucesión de torturadores de la humanidad, desde los grandes conquistadores hasta los ruines patrones ávidos y chupasangres, ésta también produce a unos Cafiero, Reclus y Kropotkin, y a la multitud de personas que, en toda época sacrificaron sus privilegios de clase por un ideal. Si el proletariado ha dado y da tantos héroes y mártires a la causa de la redención humana, también produce a las guardias blancas, a los matarifes, a los traidores de sus propios hermanos, sin los cuales la tiranía burguesa no podría durar un solo día.

¿Cómo puede el odio ser elevado a un principio de justicia, a un ilustrado espíritu de demanda, cuando es claro que el mal está por todas partes, y que depende de causas que van más allá de la voluntad y responsabilidad individual? 

Que haya tanta lucha de clases como uno desee, si por lucha de clases entendemos la lucha de los explotados contra los explotadores por la abolición de la explotación. Esa lucha es una forma de elevación moral y material, y es la principal fuerza revolucionaria en la que se pueda tener confianza.

Que no haya odio, sin embargo, porque el amor y la justicia no pueden surgir del odio. El odio trae la venganza, el deseo de estar sobre el enemigo, una necesidad de consolidar la propia superioridad. El odio sólo puede ser el cimiento de nuevos gobiernos, si uno gana, pero no puede ser la base de la anarquía. 

Lamentablemente, es fácil comprender el odio de tantos desdichados cuyos cuerpos y sentimientos son atormentados y rentados por la sociedad: sin embargo, tan pronto como el infierno en que viven es iluminado por un ideal, el odio desaparece y se asoma un ardiente deseo de lucha por el bien de todos. 

Por esta razón no pueden hallarse personas que realmente odien entre nuestros compañeros, aunque hay muchos retóricos del odio. Son como el poeta, que es un padre bueno y pacífico, pero que canta sobre el odio, porque esto le da la oportunidad de componer buenos versos... o tal vez malos. Hablan de odio, pero su odio está hecho de amor.

Por esta razón los amo, incluso cuando me insultan.


Errico Malatesta


Traducción al castellano e introducción por @rebeldealegre 
Tomado del blog rebeldealegre